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marcadosPensamos que en términos estratégicos, no hay incapacidad ni irracionalidad instrumental en la mayor parte de las políticas de estos gobiernos. Avanzar hacia el socialismo, hacerlo irreversible, no es posible sin destruir el capitalismo, es decir, hacerlo inviable. Toda la política económica de los últimos años ha sido consistente con este fin: se trata de ir asfixiando lentamente a la empresa privada, controlando sus precios, limitándole el acceso a los insumos y bienes de capital, encareciendo la mano de obra e impidiéndole los despidos por cualquier razón, expropiándola arbitrariamente y sin compensación; finalmente, destruyendo la moneda y convirtiéndola de hecho en no convertible. ¿Que esto ha implicado un alto costo social y va a implicar uno todavía mayor? No importa, porque es parte del objetivo. Cuando la gente, desesperada, trate de rebelarse, no habrá posibilidad de protestar, ni de regresar a una economía de mercado; será la oportunidad de profundizar aún más el socialismo de miseria.

Naturalmente, las capacidades de gestión en el vasto aparato estatal que ha construido el actual régimen son variables. Pero no se puede negar que algunos de los altos jerarcas (tanto venezolanos como sus asesores cubanos) son inteligentes y hábiles para lograr sus fines, como lo era Chávez, aunque uno esté en desacuerdo con ellos. Otro factor que produce una impresión de incapacidad es el desvío de fondos para repartir a otros países, para las campañas electorales o para el simple enriquecimiento personal. Muchas veces las políticas no se ejecutan o los proyectos no se terminan simplemente porque los fondos desaparecieron, y no por una especial incapacidad de la gestión.

Es cierto que el socialismo de tipo soviético termina por fracasar tarde o temprano dadas sus limitaciones intrínsecas, la mayoría de las veces sin siquiera haber llegado al poder. Pero en algunos casos, que en el siglo XX lograron abarcar a un tercio de la población mundial, logra imponerse sobre la sociedad y se hace tan difícil de desalojar que dura décadas en el poder, destruyendo millones de vidas a su paso.

La caracterización del régimen venezolano actual es en gran parte una tarea por hacer. Por eso es necesario profundizar en algunos temas y aspectos que requieren más discusión, como los siguientes:

1- La palabra “socialismo” tiene muchas acepciones. Al hablar de “socialismo de miseria” nos referimos al modelo cubano de origen soviético, porque, independientemente del grado de desarrollo relativo de las diferentes economías que lo han practicado, tiene algunos rasgos comunes como centralización de la economía, monopolio de un partido único, fusión Estado-partido-sociedad-fuerzas armadas, monopolio de los medios de comunicación, y otros aspectos. En el caso de Venezuela, el rentismo petrolero ha sido un medio favorable para acumular el poder, porque ha facilitado el modelo de dominación a partir del monopolio estatal de los medios de producción.

2-Tanto Chávez como sus herederos han tomado como modelo, más aún, se han subordinado, al régimen cubano. Aunque un marxista “humanista” negaría la condición de “socialista” de ese régimen, el hecho es que se trata de uno de los modelos de socialismo, el que pretende ser una etapa para llegar al comunismo. El hecho de que existan en esos regímenes corrupción, grandes desniveles de ingreso, relaciones mercantiles toleradas o ilegales, no impide que su discurso legitimador sea el del socialismo, entendido en los términos del grupo dominante, es decir, dictadura del partido camuflada como dictadura del proletariado. En ese sentido, aunque el régimen cubano sea, desde el punto de vista de las “relaciones de producción” muy diferente al de sus modelos europeos o asiáticos, su modelo de dominación, por cierto muy eficaz, es el bolchevique.

3- A pesar de la existencia de espacios y prácticas “capitalistas” parciales en esos regímenes, el núcleo estratégico para el grupo en el poder es el control total sobre la vida de los habitantes y su movilización permanente, como han destacado los estudiosos del totalitarismo. Los autoritarismos no comunistas del siglo XX, como las dictaduras latinoamericanas, reprimían a sus enemigos y desmovilizaban a la población, en lugar de movilizarla hacia una utopía.

La tesis que hemos manejado en otros trabajos (que pueden verse en este blog) es que el actual régimen venezolano es un autoritarismo electoral, pero lo es porque no ha podido implantar el modelo totalitario, o porque tiene una estrategia de irlo implantando gradualmente, para disminuir las resistencias. Es bien conocido el debate acerca de si tal o cual régimen ha sido plenamente totalitario (algunos años del nazismo, algunos del estalinismo y del maoísmo, casi nadie se lo atribuye al fascismo). Un híbrido interesante, y que ya tiene mucha influencia en Venezuela, es el régimen chino, que va transitando al capitalismo sin ceder en lo más mínimo el monopolio del partido y el control de los medios de comunicación. La trampa en la podríamos encontrarnos es terminar por aceptar un modelo tipo chino porque es “menos malo” que el cubano.

En todo caso, los planes explícitos y las políticas a desarrollar por el gobierno en los próximos meses y años deberán ser analizadas para detectar qué dirección está imprimiendo a la sociedad venezolana.

 

10762VenezuelaEn los últimos días se han presentado numerosos análisis sobre las elecciones del 8 de diciembre en Venezuela, que consideran factores importantes como el contexto económico, las condiciones de la competencia, los niveles de abstención y el impacto de sus ambiguos resultados en el futuro inmediato. A pesar de la indudable validez de estos análisis, ellos parecen quedarse en el plano de la racionalidad instrumental de los sujetos individuales y colectivos, que planean estrategias, se organizan para ejecutarlas y evalúan los resultados para corregir el rumbo. El gran ausente es el mundo de las emociones, como si los analistas se hubieran esforzado por censurar su alegría o decepción por los resultados, para generar un discurso neutro y “objetivo”, ajeno a las turbulencias afectivas que, sin duda, afectaron a dirigentes, ciudadanos comunes y analistas, tanto durante la campaña electoral como, sobre todo, en el momento crucial del conteo de los votos.

En vida de Chávez, la estrategia política era inseparable de su dimensión emocional, y ambas eran magistralmente conducidas por el caudillo para reforzarse mutuamente: toda decisión sobre políticas públicas era acompañada de un relato histórico-afectivo en el cual se señalaban claramente héroes y villanos, pero sobre todo víctimas y victimarios, estimulando la compasión por unos y el odio hacia los otros, relato que culminaba identificando cada política pública con una reivindicación de los primeros y un castigo a los segundos.

Maduro intentó imitar las palabras del relato, pero él mismo terminó por darse cuenta de que ellas por sí solas carecían de la potencia necesaria para reanimar el fervor revolucionario, porque eran inseparables de la persona misma del difunto presidente; oírlas en la voz de Maduro hacía más cruel el contraste entre el original y la copia. Es quizás por ello que, acorralado por la pérdida de popularidad que indicaban los sondeos, decidió huir hacia adelante, sustituyendo su discurso inefectivo por decisiones impactantes que removieron emociones ya casi olvidadas.

Son algo simplistas las explicaciones que atribuyen el aumento de la aprobación del gobierno en las últimas semanas a una especie de incorregible carácter consumista y rentista de los venezolanos, como si fueran cobayas de laboratorio que responden a un estímulo con una respuesta condicionada. En la avalancha de saqueos -legitimados o no por el gobierno- hubo algo más que deseos adquisitivos: se trató de una revancha contra los “explotadores”, hasta el punto de que muchos de los participantes en los tumultos se llevaban, o compraban, objetos que no habían creído necesitar o, cuando se agotaron los más codiciados, terminaban por conformarse con los de escaso valor, pero no querían perderse el acto mismo de participar en el castigo que el gobierno había impuesto desde arriba; más allá de la obvia racionalidad económica de apropiarse sin costo -o a uno muy bajo- de mercancías que se convierten en reserva de valor ante la inflación, el saqueo legitimado fue un ritual de reencuentro emocional de las bases decepcionadas con el discurso redentor de la revolución.

Aunque se formaron largas filas de espera para acceder a los productos rebajados de precio, el carácter de ellas era radicalmente distinto de las que se hacen para obtener los productos básicos. Liberarse aunque sea por pocas horas, como en un cuento de hadas, de las apremiantes leyes del mercado, alivió la sensación de pérdida de libertad que acompaña siempre a la escasez: después de meses de incertidumbre sobre la presencia o no de bienes básicos en el mercado, de centenares de horas dedicadas a hacer filas para obtenerlos, de impotencia ante los aumentos cotidianos pero inexplicables de los precios, la invitación a apropiarse de aquellos objetos no esenciales, dedicados a mejorar la calidad de vida de quienes han resuelto el problema de la subsistencia, significaba una reivindicación del derecho de cada uno a escapar, unas pocas horas al día, del reino de la necesidad para administrar sus pequeñas y privadas parcelas de libertad. Libertad negada por las horas perdidas en interminables retrasos del tránsito; por las largas esperas en los hospitales, las oficinas públicas o los bancos, sin posibilidad alguna de renunciar a ese trabajo, ese servicio, ese subsidio, esa promesa, y por lo tanto de escapar a las exigencias de la necesidad.

Esta tentación de liberarse momentáneamente de las presiones de una economía inflacionaria no fue exclusiva de los sectores populares; entre los aspirantes al mágico regalo de un precio ajeno al mercado se contaron muchos de clase media, que no dejan de sentir la misma asfixia ante el creciente bloqueo de las expectativas que por mucho tiempo formaron parte de su identidad. Pero, si por algunos días la emoción predominante fue el alivio, no sólo por las acciones del gobierno sino más aún por sus promesas de extender el control de precios a todo el universo económico, poco a poco retornaron a la superficie otras emociones que habían permanecido latentes: la ira, el resentimiento y el miedo.

Al contrario de lo que algún discurso opositor radical quisiera, la ira y el resentimiento no son propiedad exclusiva de los chavistas, ni el miedo lo es de los opositores. En los últimos quince años estas emociones se han entreverado y circulado como una corriente alterna entre los polos que hoy constituyen nuestra sociedad. Si bien es cierto que el discurso de Chávez y sus sucesores se alimenta en gran parte de las dos primeras emociones, y las ha utilizado para potenciar el impacto de sus políticas, el chavista de base también teme a los opositores, como han recordado frecuentemente quienes tratan de excusar las tendencias autoritarias del régimen; el golpe de abril de 2002 y el impacto de la huelga general de ese mismo año sobre la población se aducen como prueba de un pretendido carácter reactivo de la agresividad política oficial, y de la desconfianza que impide a muchos oficialistas descontentos consumar su ruptura con el régimen.

Y por su parte, la ya larga cadena de fracasos, así sean relativos, de los intentos opositores por desplazar o al menos frenar el avance del proyecto totalitario alimenta la ira y el resentimiento de sus bases. Cuando se cree que la razón, el conocimiento, los “valores” y el bien están de nuestro lado, se hace más difícil comprender, y menos aceptar, que ese enemigo al que despreciamos se nos imponga una y otra vez, y sepa manipular hábilmente las instituciones para aparentar que obedece a las reglas de un juego limpio.

Y no hay un terreno donde esta paradoja se exprese con más intensidad que en el electoral. En efecto, el sistema electoral venezolano es un ejemplo casi perfecto de lo que Andreas Schedler ha llamado la manipulación de las instituciones democráticas, y especialmente de las elecciones, por el autoritarismo electoral. Desde el proceso electoral de 2006, los opositores de base se han visto enfrentados a un doble mensaje proveniente de sus líderes: sí, es cierto que el Consejo Nacional Electoral está parcializado a favor del gobierno, y hará todo lo posible por arrancar cualquier victoria de nuestras manos, pero debemos participar en este proceso sesgado porque no tenemos alternativa, y además hay una pequeña isla de neutralidad técnica en la que se detiene la capacidad de manipulación del régimen.

Se enfrenta así el opositor de base a algo muy parecido al “doble vínculo” de Bateson, en el que sus mismos dirigentes están atrapados; debo votar, pero es muy probable que mi voto sea robado o ignorado; pero, de todas maneras, debo seguir votando. Esta tensión entre una esperanza tenue y una frustración segura (porque, aunque se obtengan victorias parciales, ellas siempre estarán teñidas por el ventajismo y la manipulación) se traduce en unos casos en apatía, en otros en rabia y casi siempre en resentimiento, no sólo contra el adversario, sino contra el propio campo y hasta sí mismo.

El opositor que, distanciándose momentáneamente de sí mismo, se observa como lo haría un espectador, puede llegar a sentir una profunda indignación por la manera en que una y otra vez se somete a la intrusión del proyecto totalitario en sus derechos políticos y cívicos, su libertad y hasta su vida cotidiana, tolerando situaciones que nunca habría imaginado poder soportar. La conciencia de que es el miedo el que impulsa esta sumisión agrava la ira y el resentimiento, al enfrentar, en otro terreno pero con la misma intensidad, a la persona con los límites de su libertad. Por más humillantes que sean las restricciones impuestas por el régimen, el principio de realidad obliga a la prudencia, el silencio o la retirada ante un poder cada vez más arrollador. Y de allí que, de tanto en tanto, la ira se convierte en acicate para acciones o proyectos que, no por ser desesperados o poco realistas pierden su intensa atracción, ya que responden a una necesidad profunda de creerse libres, de soñar que se puede enfrentar la realidad para cambiarla. La indignación que producen hechos como la manipulación descarada de las cifras por la presidenta del Consejo Nacional Electoral, al presentar los recientes resultados electorales, parece indicar que ellos y otros similares operan como provocaciones para manipular, ya no las emociones de sus seguidores, sino las de sus adversarios.

Para concluir, no se trata de recomendar que pongamos nuestras emociones a un lado y nos comportemos como seres pretendidamente racionales, sino de reconocer el papel que ellas juegan en toda estrategia política. Desde octubre de 2012 en adelante, el dos veces candidato de la oposición, Henrique Capriles, parece haber comprendido la importancia de esta dimensión, tanto en su aspecto constructivo como destructivo, y ha tratado de canalizarla. Sin embargo, las emociones negativas parecen hoy estar predominando sobre aquellas que favorecen el diálogo y la convivencia entre los ciudadanos.

Por Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas

Las tensiones se han podido contener hasta el presente por la unanimidad acerca de la meta prioritaria: garantizar la reelección de Chávez. Sin embargo, esto se hace mucho más difícil al decidir las candidaturas para las elecciones regionales, como se pudo observar cuando el presidente designó, en medio de un discurso, a Francisco Ameliach como candidato a la gobernación del estado Carabobo. Algunos de los asistentes a la concentración protestaron airadamente, ya que apoyaban a otro líder chavista, el alcalde Rafael Lacava. La respuesta de Chávez fue característica: “Yo he dicho Ameliach para la gobernación de Carabobo. …Ustedes verán pero por encima de eso está Chávez el 7 de octubre, para la presidencia de Venezuela, ahí nos jugamos la vida.”

Si bien en el PSUV y su periferia se producen debates, denuncias, conflictos y competencias por el liderazgo, ellos involucran sobre todo a los niveles bajos y medios, pero al llegar a la cúpula el debate encuentra su techo en la imposibilidad de criticar a quien carga, por ser el líder único, con la mayor responsabilidad por los aciertos y errores del partido y del Estado. Ello hace que las tensiones y disputas que vienen ascendiendo desde las bases adquieran, al llegar a ese nivel, un carácter horizontal, enfrentando entre sí a facciones que, por lo demás, no están autorizadas a tratar sus diferencias en forma pública y abierta. Esta ficción de unanimidad bajo el manto de la lealtad absoluta al líder máximo se encuentra, desde mediados de 2011, amenazada por la forma opaca en que se ha manejado la información sobre su enfermedad, y sobre todo por la negativa a considerar siquiera la hipótesis de su retiro. El dilema de los herederos potenciales es que deben prepararse para una lucha por el poder con sus propios compañeros sin reconocer que lo están haciendo, y en un horizonte de tiempo indeterminado: si se adelantan pueden ser estigmatizados por el líder; pero si esperan demasiado pueden ser superados por las intrigas más eficaces de sus rivales. Dado este conjunto de incertidumbres, se puede prever que una eventual ausencia definitiva de Chávez desemboque en grandes dificultades para la gobernabilidad interna del PSUV y sus aliados, y por ende de la sociedad como un todo.

Esta tensión entre unicidad y diversidad puede evolucionar hacia diferentes trayectorias: una posibilidad es que el proceso de imposición de la hegemonía del proyecto en forma irreversible siga avanzando, aun contra la resistencia de diversos actores sociopolíticos, gracias al uso eficiente de mecanismos como el control cada vez mayor de los medios de comunicación, la identificación de la Fuerza Armada con el proyecto del presidente, el manejo clientelista de la renta petrolera, y el aprovechamiento de la identificación cuasi religiosa de amplios sectores populares con la persona de Chávez. La otra posibilidad es que la resistencia de actores internos y externos al movimiento, aunada al desgaste de las prácticas que hasta ahora han sido exitosas, pueda detener o al menos frenar el avance del proyecto hegemónico.

Por Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas

El presidente Chávez propuso en enero de 2011 la constitución del Gran Polo Patriótico, alianza articuladora de diversos sectores sociales para incorporarse a la decisiva campaña electoral presidencial de 2012. La alianza también intenta responder a algunos problemas que han afectado la lealtad de los sectores populares hacia el partido, como el excesivo poder de algunos dirigentes, quienes, según el mismo Chávez, imponen “sus lealtades personales por encima de los auténticos liderazgos populares”. El presidente aparecía como protector de las bases,  pero al mismo tiempo criticaba los procedimientos electorales internos como las elecciones primarias, a las que atribuía el alejamiento de la cotidianidad y la separación respecto del pueblo. Esta tendencia a buscar alternativas a las elecciones por la base fue puesta en práctica de inmediato, al designar las autoridades partidistas por el método de cooptación en el primer trimestre de 2011. En cuanto al GPP, el equipo promotor encargado de la convocatoria a las bases fue designado por el presidente sin consultas formales. Desde el inicio mismo de la promoción del GPP comenzaron a manifestarse las tensiones. En el interior del PSUV la contradicción más importante se manifestaba entre militantes de base y directivos del partido, muchos de los cuales son también altos funcionarios. Si para algunos militantes de base el Polo se vio como una nueva oportunidad de democratizar al PSUV, haciendo suyas las palabras del presidente, estas expectativas se frustraron, como lo muestra la desaparición del Polo en el discurso de la campaña electoral.

Por Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas

Un primer ejemplo de la tensión entre la unicidad a la que aspira el proyecto y la diversidad de sus componentes es el intento frustrado de crear al PSUV como partido único de la revolución. Poco después de su victoria en las elecciones de 2006, Chávez anunció la creación de dicho partido, al que convocaba a todos sus aliados a unirse, con el argumento de que los partidos dividían al pueblo, ya que sus votos en realidad eran “de Chávez” y no de ellos. Algunos, como Podemos, el PPT y el PCV se mostraron reticentes a renunciar a su identidad política y organizativa; la respuesta de Chávez fue acusar a estas organizaciones de potenciales aliados de la oposición y por lo tanto cercanos a la traición. La posibilidad de contar con aliados autónomos y con cierta capacidad de crítica no era imaginable. Los partidos que se negaron a disolverse pagaron un alto precio: perdieron posiciones de poder cuando buena parte de sus gobernadores, alcaldes y diputados desertaron para incorporarse al PSUV.

Tanto PODEMOS como, más gradualmente, el PPT se fueron acercando a posiciones opositoras, mientras el PCV, a pesar de las descalificaciones y la división inducida de la que fue objeto, se mantuvo como aliado casi incondicional, lo que le ha permitido sobrevivir. No ocurrió lo mismo con los dos primeros, ya que al acercarse la campaña electoral de 2012 se estimularon nuevas divisiones en ambos partidos, impulsadas por grupos partidarios del presidente. A nadie sorprendió que el Tribunal Supremo de Justicia decidiera a favor de estos grupos, con lo que las siglas y símbolos de ambos partidos pasaron a engrosar la alianza electoral oficialista. Uno de los métodos característicos de los autoritarismos competitivos, el uso de poderes nominalmente independientes para perseguir a la oposición por medios formalmente legales, se volcaba ahora sobre los antiguos aliados.

La meta de unificar al chavismo en un solo partido fue lentamente abandonada. Actualmente, algunos de los pequeños partidos que habían aceptado disolverse para integrarse al PSUV siguen existiendo y forman parte de la nueva alianza electoral, el Gran Polo Patriótico, pero carecen de autonomía o son irrelevantes. ¿Fue entonces el intento de crear el partido único un fracaso para Chávez? No necesariamente, si se considera que el resultado del proceso fue intensificar su control personal sobre el movimiento y sus aliados, mostrarles el costo potencial de la pretensión de autonomía, y ratificar que son imposibles “terceras vías” entre la incondicionalidad absoluta y el pase a la oposición, es decir, a la traición. La misma retórica utilizada para concentrar el poder frente a la sociedad se aplicó hacia el interior del movimiento.

Por Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas

Venezuela ha sido presentada por algunos académicos  que comparten este enfoque   como uno de los casos más representativos de autoritarismo electoral. Nuestra hipótesis al respecto es que el gobierno chavista encarna un tipo de populismo autoritario que bien puede comprenderse como una deriva de lo que Juan Linz llamó “totalitarismo imperfecto” (defective totalitarianism), para dar cuenta de regímenes que constituyen una fase transitoria de un sistema político cuyo despliegue hacia el totalitarismo ha sido impedido y tiende, por consiguiente, a convertirse en algún otro tipo de régimen autoritario.

Pero este autoritarismo electoral no lo aplica el chavismo sólo fuera de su patio; es decir, hacia la sociedad venezolana,  sino también en el propio. En efecto, muchos de los mecanismos de manipulación dirigidos a controlar a la sociedad en su conjunto también están presentes en la relación entre la dirigencia chavista y sus partidarios, en la que no es concebible la diversidad interna. Las inevitables luchas por el poder y los debates políticos e ideológicos internos tienen un techo insuperable: el Presidente-comandante. Es por ello que la democracia interna del PSUV es limitada, incompleta o inauténtica, rasgos característicos de los autoritarismos electorales. La identificación de la crítica con la deslealtad o la traición hace que diferir públicamente del caudillo sea extremadamente arriesgado. La diferencia de opiniones se asimila a la traición, territorio de fronteras difusas al que se puede llegar sin darse cuenta, y del que sólo se regresa a costa de grandes humillaciones. Por eso los debates en el núcleo más cercano al caudillo derivan hacia intrigas palaciegas, en las que el factor decisivo es el acceso al “oído del Rey”; este es uno de los rasgos “sultanistas” del régimen. En esas luchas internas, los competidores deben conciliar el hecho de la diversidad interna con el mito de la unidad indisoluble alrededor del líder.

A esta tensión se suma aquella entre las demandas de participación democrática de las bases y la ambigüedad del discurso chavista sobre la democracia representativa. Ella ha sido acusada de ser el origen de los males del sistema político venezolano en las últimas décadas, por lo que se le opuso la democracia “participativa y protagónica”; pero al mismo tiempo, el régimen alega como fuente de legitimidad los numerosos procesos electorales realizados, que en su mayoría lo han ratificado. La demanda de participación de las bases y de celebración de elecciones justas, no manipuladas por la dirigencia, es un tema constante en los foros de discusión de los órganos del partido.

Por Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas

Según sus creadores, la revolución bolivariana llegó para quedarse. A propósito del reto electoral de octubre de 2012 su dirigencia, en la voz de Aristóbulo Istúriz, vicepresidente de la Asamblea Nacional, insistió en el carácter “irreversible” de la revolución, razón por la cual el Presidente Chávez debe ser reelecto “en forma contundente” de modo de lograr la “hegemonía” política e ideológica, una vez culminada  la etapa de transición hacia el socialismo.

De las palabras claves de este discurso oficial, irreversibilidad, hegemonía y reelección,  se desprende la tensión más importante que  atraviesa  al  chavismo: mantener y consolidar definitivamente la revolución, haciéndola inexorable, en un contexto que le obliga a medirse en las urnas periódicamente corriendo el riesgo de perder lo ganado.  El primer eje de esta tensión, la irreversibilidad del proceso y su necesidad de hegemonía incontestable, orienta claramente  la perspectiva de unanimidad social y política a la que ha aspirado el régimen en estos largos años de su existencia. Copar todos los espacios y teñirlos de un solo color ha sido su norte.  El segundo,  la inevitabilidad de la confrontación electoral a la que está sometido gracias a la presión democrática que sobre él se ejerce, tanto  puertas adentro como puertas afuera, le obliga a transitar el camino eleccionario,  pero interponiendo toda clase de obstáculos a sus oponentes a fin de resolver la tensión a su favor.

Ingresar a la liza electoral, enfrentar al “enemigo” en ella y derrotarlo, constituyen barreras  que  inevitablemente deben vencerse. Esta suprema necesidad explica la  recurrencia, por parte del chavismo, a mecanismos capaces de asegurar su sobrevivencia en la perspectiva de lo que, en los últimos años,  una corriente académica ha denominado autoritarismo electoral o autoritarismo competitivo.  Este  concepto ha sido diseñado para  calificar a aquellos regímenes en los cuales, a fin de contrarrestar la posibilidad de resultados  perturbadores e inciertos,  las competencias electorales están  sujetas a una  manipulación  tan severa, amplia y sistemática por parte del Estado que dichos regímenes no pueden llamarse democráticos, tal como ha sostenido Andreas Schedler, uno de los principales exponentes de esta corriente.

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