Feeds:
Entradas
Comentarios

Gasolinera-Cupet.-Foto-angelicamorabeals2.blogspot.com_.jpg

Recientemente se ha producido una escasez de gasolina de alto octanaje en Cuba. La noticia es sorprendente si se toma en cuenta que el parque automotor de ese país es relativamente pequeño y la cantidad de automóviles que requieren de esa gasolina es todavía menor. Pero sobre todo sorprende porque se tiende a suponer que Cuba, por ser un socio político y económico privilegiado, debería tener una alta prioridad en las exportaciones petroleras de Venezuela, aun si, como se sabe, no las paga en dinero sino en servicios a precios inflados. Puede entonces suponerse que si PDVSA no envía esa gasolina a Cuba, no es porque no quiera sino porque no puede: la situación de esa empresa, bien conocida en todo el mundo, es tan grave que la lleva a incumplir sus compromisos con su primer aliado.

Pero tras estas sorpresas surge una duda quizás más importante: ¿Por qué la élite dirigente cubana, a la cual se suele atribuir una relación de fuerte influencia, para no decir dominio, sobre la venezolana, ha permitido que su principal fuente de divisas se deteriore hasta ese punto? ¿No estaría en el interés de esa élite que Venezuela hubiera conservado la productividad de la industria, aumentado sus exportaciones, generando flujos de divisas para contribuir al crecimiento económico? Más allá del tema estrictamente petrolero, la economía venezolana en su conjunto vive una caída sin precedentes, con graves repercusiones sociales y políticas que también afectan a Cuba.

En las últimas décadas, los subsidios y donaciones provenientes de Venezuela han sido decisivos para el funcionamiento de la economía cubana y para la estabilidad de su régimen político; el agotamiento de ese flujo implica varias consecuencias negativas, como un aumento del descontento y las protestas estimulado, en parte, por carencias materiales inmediatas, pero también por el temor a una repetición de algunas de las restricciones que caracterizaron al “período especial”, producido también por la pérdida de una importante fuente de subsidios externos. A ello se suma que, a diferencia del caso del derrumbe de la URSS, proceso histórico en el cual Cuba no tenía la menor posibilidad de influir, la caída de Venezuela ocurre después de muchos años de tutelaje por la nomenklatura cubana.

En el ámbito de las relaciones internacionales, las consecuencias son igualmente graves: el país que, gracias al carisma de Chávez y a su nutrida chequera, se había convertido en cabeza de puente para la expansión de la influencia castrista en América Latina, es ahora el “hombre enfermo” de la región, incapaz de seguir sosteniendo con recursos y propaganda a sus aliados “progresistas”, y es objeto de la preocupación y la censura de los gobiernos regionales.

Dados todos estos costos, ¿por qué, entonces, no ha podido el régimen cubano impedir el deterioro de su par venezolano?

Una primera hipótesis sería que la supuesta tutela ejercida por los dirigentes cubanos sobre los venezolanos es más mito que realidad, y que la capacidad del chavismo para destruir al país y poner en riesgo su propia continuidad en el poder es tan grande que ni siquiera los aliados más influyentes, y más perjudicados por esa destrucción, han sido capaces de frenarla. Sin embargo, esta aparente autonomía del régimen venezolano pareciera limitarse a lo económico, porque en lo político, militar y policial la influencia cubana es omnipresente.

Otra posibilidad es que la dirigencia cubana no tenga nada que ofrecer en términos de políticas públicas para una economía de mucha mayor dimensión y complejidad, con una diversidad de actores dentro y fuera del Estado, y con intensas relaciones comerciales con el mundo. Sin dudar que existan en Cuba economistas competentes, su marco de referencia es el de un Estado propietario de la casi totalidad de los medios de producción, que toma decisiones burocráticas sobre todas las actividades económicas. Un ejemplo de esta debilidad es la efímera presencia como asesor, durante algunos meses de 2014, del economista Orlando Borrego, cuyos principales méritos en un currículum más bien gris son su amistad con el Che Guevara y su paso por el ministerio de la industria azucarera en los años sesenta. Presentado con gran entusiasmo por Maduro, su asesoría pareció no tener mayores efectos y pronto desapareció del discurso oficial. Y en cuanto al aspecto específicamente petrolero, Cuba tampoco tiene capacidad de asesorar a Venezuela.

Un factor que puede frenar la eficacia de una posible asesoría cubana es la existencia de facciones en pugna en el interior del chavismo. La conducta vacilante y hasta errática de Maduro en el campo económico, con anuncios de medidas que luego no se efectúan, y con políticas que se contradicen unas a otras, puede estar reflejando un equilibrio inestable entre facciones que no permite decidir un rumbo, porque éste podría afectar los intereses vitales de alguno de los grupos y privilegiar a otros. Ante el peligro de contribuir más a la división del chavismo, es posible que el régimen cubano se haya abstenido de hacer recomendaciones imperativas que, de ser seguidas, implicarían el riesgo de un posible fracaso que podría debilitar a su facción preferida o su propia influencia.

Por otra parte, aun en medio de su debacle, el régimen venezolano sigue aportando subsidios y petróleo, así sea en cantidades menores. Esto llevaría a pensar que, al menos en la etapa actual, el objetivo político compartido entre ambos regímenes, la consolidación de un régimen autoritario con vocación totalitaria, tiene prioridad sobre la viabilidad de la economía. Como se ha repetido innumerables veces, la miseria generalizada de la población, si bien puede crear un fuerte descontento subjetivo, se convierte en un medio de sujeción por la vía de la distribución de alimentos y otros bienes escasos. El régimen cubano avanzó muy rápidamente hacia el control total del Estado y la sociedad, lo que le ha permitido (al menos hasta ahora) arrancar de raíz el descontento, la protesta y la organización autónoma de la sociedad mientras son todavía incipientes. Esto le permite un cierto margen de flexibilidad para introducir tímidas reformas hacia el reconocimiento de mecanismos de mercado, sin temer que ellas puedan desestabilizar su control político sobre la población.

El caso venezolano es un recorrido en el sentido contrario: partiendo de una sociedad con un fuerte sector estatal pero donde todavía existen amplios sectores donde predominan los mecanismos de mercado, el régimen ha venido tratando, desde su inicio, de reducir la diversidad de actores en lo económico y político, tomando (al principio vagamente, luego explícitamente) como modelo el “socialismo del siglo XXI”, que en sus rasgos fundamentales es el mismo socialismo totalitario del siglo XX.

Como se sabe, en Venezuela esa tarea está lejos de ser cumplida en lo económico, tanto por la resistencia de los partidos opositores y la sociedad civil, como por la incapacidad de gestión del chavismo, que en lugar de fortalecer al sector económico público lo ha venido liquidando. Y si bien en lo político se ha avanzado más en el proyecto totalitario por la vía de la creciente concentración de poderes y la cooptación del sector militar, tampoco se ha podido lograr la institucionalización del partido único ni de las organizaciones ciudadanas como correas de transmisión de las órdenes del Estado.

No sería descartable entonces la hipótesis de que la situación económica y social de Venezuela sea vista por ambos regímenes como oportunidad más que como amenaza: la de someter a la población a un racionamiento generalizado y condicionado a la lealtad política, a través de los CLAP, mientras se toman decisiones políticas escandalosas, que logren provocar reacciones desesperadas o irracionales de la oposición y la sociedad civil, que servirían de excusa para intensificar el autoritarismo del régimen y eliminar adversarios políticos.

En ese sentido, podría considerarse como una acción racional de la dirigencia cubana, en términos estratégicos, permitir la profundización de la crisis económica y política venezolana, ya que se sabe capaz de manipular hábilmente las situaciones de pobreza y escasez para atribuírsela a enemigos externos, y hacer de la guerra contra este enemigo la justificación para reprimir y descalificar a los opositores. Sería entonces un sacrificio temporal de ingresos con el fin de garantizar la consolidación de su cabeza de puente, ahora casi única, en la región, esperando tiempos mejores.

Por lo demás, ya Venezuela no parece ser la única carta de Cuba para reactivar su economía: la diversificación de los socios comerciales, con sus avances y retrocesos, parece haber tenido un éxito político antes que los económicos: la puesta en sordina de cualquier crítica a las violaciones de derechos humanos a cambio de la promesa de buenos negocios.

Las hipótesis que hemos discutido parten de suponer un mínimo de racionalidad en los actores políticos, pero es sabido que ese supuesto no es absoluto, y hay momentos en los cuales dichos actores parecen actuar contra su propio interés, sea por una percepción equivocada de la realidad, sea por una confianza exagerada en su propia capacidad política. Después de todo, los grandes imperios fueron perdiendo sus colonias a pesar de sus esfuerzos por mantener un modelo que había dejado de ser sustentable en lo económico y lo político.

Fueron –o son- semejantes a esos parásitos que en nuestra región llamamos matapalos, cuya estrategia de vida consiste en ir rodeando con sus raíces a otro árbol, alimentándose de él hasta que la víctima muere, dejando un vacío que ningún otro árbol podrá llenar, y les hace perder su sustento. La relación entre Cuba y Venezuela podría terminar como un manojo de raíces sin sustento alrededor de un espacio vacío.

Un número reciente de la revista Nueva Sociedad incluye un artículo sobre Venezuela, cuya identificación está en el enlace (por un error técnico, la revista aparece como si fuera de 2011, pero obviamente corresponde a este año). Algunos amigos lo han compartido en Facebook, y muchos de ellos saben quién es el autor del artículo, Benjamin Reichenbach; pero no es necesario saber quién es para leerlo y formarse una opinión sobre el mismo. En mi caso, aunque reconozco que algunas de sus ideas son válidas, esta opinión es bastante desfavorable, sobre todo porque pienso que el autor muestra un conocimiento muy inadecuado de la sociedad venezolana, que le hace repetir una serie de mitos y prejuicios difundidos en los últimos años.

En síntesis, mi argumento es que el autor se permite darle lecciones a la oposición venezolana, basándose en informaciones incompletas o sesgadas.

Plantea un análisis de coyuntura política como el que se podría hacer en un país relativamente democrático y relativamente “normal”. Prácticamente no habla del inmenso poder de los militares; apenas toca superficialmente el tema de la corrupción y el narcotráfico enquistados en el gobierno. No se diga de los presos políticos, las arbitrariedades judiciales, las torturas, las OLP. Pareciera creer que el gobierno de Maduro todavía es un interlocutor válido. Pero lo peor es que repite el nuevo lema de los apologistas del chavismo: la crisis no es responsabilidad del chavismo ni del modelo socialista, sino que es una expresión de la crisis de la Venezuela rentista de siempre, como si esta fuese comparable a aquellas: “La crisis actual es una crisis de este modelo rentístico que se ha consolidado durante el último siglo en la mentalidad de la sociedad venezolana. De este modo, es una continuación de la crisis de fines de las décadas de 1980 y 1990.”

Lo que no dice es que el chavismo profundizó el rentismo hasta niveles nunca antes vistos, ni siquiera cuando éste era casi inevitable, en los inicios de la explotación petrolera. No es una continuación, sino una alocada profundización, totalmente evitable, del rentismo. Nada obligaba al chavismo a ser más rentista, teniendo el apoyo popular y los recursos para emprender otra vía. Es como decir que el fracaso del Socialismo del Siglo XXI se reduce a la “mentalidad” rentista de la sociedad venezolana.

Aunque esta es la afirmación que me parece más grave, a lo largo del texto hay muchas otras muestras de la insuficiente o deformada información que el autor utilizó para escribirlo. Entre otras, las siguientes:

“Aparentemente, la MUD tenía una idea errónea de la evolución de los acontecimientos políticos y esperaba que el gobierno reconociera y dejara trabajar a la mayoría parlamentaria sin mayores concesiones.”

Es decir, dejar trabajar a la mayoría parlamentaria sin mayores concesiones, que es el deber mínimo de todo gobierno republicano, debía ser negociado por la oposición. Entonces es culpa de la oposición que el gobierno no respete el resultado electoral, la división de poderes, ni la Constitución.

“Resulta asombroso, sobre todo, que no haya habido ningún intento de la dirigencia de la MUD de negociar condiciones con el oficialismo inmediatamente después de las elecciones parlamentarias, para aprobar juntos leyes que alivien la crisis social de la población.”

Lo que resulta asombroso es que el autor olvide que lo primero que hizo el oficialismo, aún antes de instalarse la nueva Asamblea, fue designar en forma ilegal e inconstitucional nuevos magistrados del Tribunal Supremo, totalmente comprometidos con el gobierno, para bloquear cualquier iniciativa legal de la Asamblea Nacional entrante. La negociación para aprobar leyes juntos se hace en el parlamento, en forma abierta y pública, y no como una concesión del gobierno a una oposición que, de paso, es mayoría. Y la oposición sí propuso leyes para aliviar la crisis social de la población, que el oficialismo rechazó sin dialogar ni negociar y el TSJ invalidó como “inconstitucionales”. Entre ellas se encuentran la Ley de Bono para Alimentos y Medicinas a Pensionados y Jubilados, la Ley de Otorgamiento de Títulos de Propiedad a Beneficiarios de la Gran Misión Vivienda Venezuela y otros Programas Habitacionales del Sector Público y la Ley Especial Para Atender la Crisis Nacional de Salud.

“Como no fue factible ni la renuncia ni la enmienda, durante el mes de abril la MUD recogió las primeras firmas para iniciar el revocatorio y a comienzos de mayo entregó al cne un total de 1,8 millones.[…]…rápidamente quedó en claro que el cne podría aprovechar el tardío accionar de la MUD para demorar el proceso.“

El autor ignora que si la MUD recogió las firmas en abril, fue porque había solicitado iniciar el proceso desde el 9 de marzo, momento en que empezaron las maniobras dilatorias del CNE. Y por lo demás, los plazos legales, si se hubieran seguido de acuerdo a lo establecido, eran más que suficientes para convocar el referéndum, como ocurrió con otros que fueron convocados y realizados en pocos meses. ¿Es que acaso el autor, o alguien, puede creer que si la solicitud se hubiera hecho el 11 de enero el CNE no habría retardado también el referéndum? Una vez más, la acción ilegal, autoritaria y sesgada del árbitro electoral… es culpa de la oposición!

“Ante este nuevo escenario [La suspensión del revocatorio], considerado por la oposición una ruptura del orden constitucional,…”

“Considerado por la oposición”. El autor, que se permite opinar y juzgar a todos los actores a lo largo del artículo, aquí se vuelve tímido y no se atreve a decir si está o no de acuerdo con que es una ruptura del orden constitucional.

“La consecuencia sería un aumento de las protestas sociales. El Ejército se hallará entonces ante el interrogante de si debe actuar violentamente contra la propia población o desobedecer las órdenes.”

¿Se vería ante ese interrogante? ¿Será que el autor no ha visto lo que hacen los militares contra la población desde hace ya bastantes años? ¿Será que no ha leído los informes de organizaciones serias sobre la violación constante de los derechos humanos y de la represión contra las protestas? ¿Será que nunca ha oído hablar de las OLP?

“La MUD deberá ofrecer determinadas garantías al presidente Maduro si desea un traspaso de mando en paz.”

Aquí el autor acepta con toda tranquilidad el chantaje que el régimen viene haciendo desde que perdió la mayoría: no importa que ustedes hayan ganado la AN, ni importaría que ganaran el referéndum, porque si ustedes tratan de llegar al poder legalmente, incendiaremos el país para impedirlo. El autor está reconociendo implícitamente el carácter dictatorial del régimen, pero además recomienda a la oposición que acepte la inutilidad de luchar por la vía electoral, pacífica y democrática para lograr el cambio político, y se resigne a negociar el derecho ganado a través del voto.

El autor dedica toda una sección a lo que llama “El desprecio de la MUD por el chavismo descontento”. Según él, la oposición ha hecho gestos, como el retiro de los retratos de Chávez y Bolívar (no de Bolívar, sino de una versión sectaria y politizada de la imagen de Bolívar) “…para que el gobierno se cierre en lugar de abrirse.” “Los dirigentes de la MUD deben responder en qué medida están distanciados de este pasado [la Cuarta República] y por qué no representan solamente a las clases sociales más altas”.

El autor por lo visto no conoce la composición de clase de la mayor parte de los militantes de los partidos de la oposición y de buena parte de sus dirigentes, ni que los dos partidos más importantes de la oposición no existían en ese pasado, ni tampoco que el crecimiento de la oposición en los últimos años (de un mínimo de 24,2 por ciento en marzo de 2014 a un 52,8 por ciento en diciembre de 2016) , sólo se ha podido alimentar de ex chavistas decepcionados, porque su base de apoyo de clases “medias y altas” no ha cambiado.

“La MUD no ha convencido suficientemente a estos electores [los ni-ni] y la polarización entre el PSUV y la MUD hace difícil que terceras fuerzas, como el Movimiento al Socialismo (mas) o Marea Socialista, se posicionen como actores que tiendan puentes entre los dos bandos.”

Si la MUD no hubiera convencido suficientemente a esos electores, simplemente no habría crecido como lo ha venido haciendo en los últimos años. El autor debería leer, por ejemplo, la encuesta de Infobarómetro hecha en noviembre y publicada en diciembre de 2016: ella muestra que el porcentaje de personas que se consideran “neutrales” ha venido bajando desde un 31,5 por ciento en noviembre de 2015 a 14.8 por ciento un año después, paralelamente al crecimiento de la oposición. (http://www.biendateao.com/encuesta-venebarometro-19-5-venezolanos-come-una-vez-al-dia-45-5-come-dos-veces/)

Pero en cualquier caso, sería culpa de la MUD que Marea Socialista no tienda puentes, como si ese grupo fuera simplemente un actor reactivo frente a la acción de la MUD, y no tuviera sus razones propias para no tender esos puentes. En cuanto a la mención del MAS, demuestra un desconocimiento notable, ya que todo el mundo en Venezuela sabe que lo que queda de ese partido es un cascarón vacío. Más le habría valido hablar de Avanzada Progresista, partido que representa a muchos ex-chavistas y hasta tiene un precandidato presidencial dentro de la MUD.

“Además, si bien la crisis política del país se expresa en la decadencia económica y social, la crisis del gobierno de Maduro tiene, en el fondo, menos que ver con la inflación y la escasez de alimentos que con la confianza que las bases han perdido en que los líderes políticos puedan solucionar estos problemas.”

¿Será que el autor nos está insinuando que, si la población tuviera esperanza en la solución de sus problemas, la inflación y la escasez de alimentos serían más tolerables? ¿Será que piensa que la crisis sería menor si la gente siguiera diciendo, como antes, “Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo”? Sí, seguramente las colas y las muertes por falta de medicamentos serían más tolerables.

El autor repite uno de los mitos difundidos en todos estos años por el chavismo:

“Para muchas personas se hizo más fácil e incluso posible por primera vez el acceso a la atención médica, a prestaciones sociales y a instituciones educativas.”

Sí, ¡por primera vez! Repetir este mito, que ha sido muchas veces demostrado como falso, demuestra un desconocimiento grave de la historia venezolana de los últimos sesenta años. Es la repetición de que antes de Chávez el pueblo era totalmente ignorado, que ningún pobre tenía derecho a la alimentación, la salud ni la educación, que era imposible competir contra AD y COPEI, y otros mitos semejantes, sin darse cuenta de que si eso fuera cierto, sería inexplicable la legitimidad que durante muchos años tuvo el régimen iniciado en 1958.

“ Si bien Chávez se empeñó en reducir la dependencia venezolana del petróleo, en los 14 años de su mandato presidencial sucedió lo contrario: un fortalecimiento extremo de esa dependencia.”

¿En qué se basa eso de decir que Chávez “se empeñó” en reducir esa dependencia, si teniendo tanto poder y tantos recursos hizo todo lo contrario? Claro, es que no fue culpa de él sino de la mentalidad rentista de esos corruptos venezolanos, que sólo quieren que les repartan renta en vez de trabajar. El pobre Chávez termina siendo entonces una víctima de esa sociedad que no lo merecía.

Otra visión distorsionada es la que tiene sobre la oposición, cuando dice, por ejemplo:

Al mismo tiempo, la oposición venezolana le ha hecho fácil al gobierno que la ubique como derecha. Cuando Lilian Tintori festeja con Mauricio Macri su victoria electoral en Argentina y VP busca lazos con los republicanos en Estados Unidos y el Partido Popular de España, su movimiento no puede esperar que se lo considere como fuerza de izquierda o centroizquierda, incluso cuando, para sorpresa general, fue aceptado en 2014 dentro de la Internacional Socialista (junto con los socios AD, MAS y UNT).”

Primero, pareciera que para que una oposición sea legítima tiene que ser de izquierda, como si ser “de derecha” no fuera una posición legítima en un sistema político pluralista. Pero más allá de eso, es obvio que Lilian Tintori tiene el derecho de “festejar” con quien quiera, y no se ha reunido solamente con gobernantes y partidos “de derecha”, sino de todas las tendencias democráticas, en su campaña contra la prisión injusta e ilegal de Leopoldo López. Y en todo caso, LT no puede ser sinónimo de “la oposición”, ya que obviamente hay en ella muy diversas tendencias.

Una afirmación que provocaría risa por lo absurdo es:

“La MUD obliga constantemente a los partidos que la componen a tener un discurso unificado, dominado por conservadores y liberales.”

Eso de que la MUD “obligue” a los partidos a tener un discurso unificado es poco creíble sabiendo que esa alianza tiene dificultades incluso para ponerse de acuerdo en temas tácticos y coyunturales. Por el contrario, hay debates y diferentes posiciones entre las cuales puede haber conservadoras y liberales, pero están lejos de ser las únicas.

Un tema, aunque secundario, que muestra la ignorancia del autor sobre Venezuela y la necesidad de buscar fuentes más confiables es esta afirmación sobre Ramos Allup:

“Por lo demás, todos los partidos deberían, en pos de una mayor credibilidad, fortalecer los mecanismos de democracia interna. Quien dentro de un partido no ha sido elegido nunca democráticamente –tal es el caso de Ramos Allup como secretario general de ad– se caricaturiza a sí mismo, al no contar con legitimación dentro de su propia fuerza, cuando critica la falta de democracia en el país.”

¿Quién le dijo al autor que HRA nunca fue elegido democráticamente en su partido? ¿Y por qué le creyó sin tomarse el trabajo de verificar esta afirmación? Por lo demás, no sería mala idea que el autor estudiara la historia de la selección de las autoridades en el chavismo, empezando por el MVR y luego en el PSUV y la alianza llamada Polo Patriótico.

En síntesis, aunque el autor pueda tener buenas intenciones en sus paternales consejos a la oposición, y por supuesto tiene todo el derecho a emitir sus opiniones, sería recomendable que las basara en un conocimiento aunque sea un poco más profundo sobre la sociedad venezolana y sus actores políticos.

No quisiera que lo siguiente se tome como un argumento “ad hominem”, sino al contrario: no considero que el autor dice lo que diga porque tenga algún interés oculto, ni sea un criptochavista, no. El problema es que esa visión insuficientemente informada puede perjudicar la ejecución eficaz del rol institucional que el autor desempeña en Venezuela.

 

 

bibl-humanidadesBiblioteca de la Facultad de Humanidades de la UCV, que en 1965 era uno de los salones de clases de primer año de sociología y antropología.

En la UCV

En noviembre de 1965 entré a la UCV para estudiar sociología. La opción por esa carrera significa casi siempre una cierta distancia frente a la sociedad en que se vive, a la que se quiere comprender más allá de las ideas recibidas. La observación de desigualdades, injusticias y conflictos sociales, la atención a debates políticos con posiciones radicalmente opuestas y algunas lecturas no convencionales me habían llevado a esperar que fuera posible entender la sociedad con instrumentos “científicos”. Esta esperanza no se basaba en algún conocimiento específico ni en la lectura de textos sociológicos, sino en la promesa que ofrecía el nombre de la disciplina. No tenía modelos de rol, porque había muy pocos sociólogos en Venezuela (la primera promoción databa de 1957). Jamás había oído de la existencia de Durkheim, Weber o Parsons, aunque sí de Marx, en términos condenatorios o elogiosos, pero más como fundador de una doctrina política que como científico social.

El primer año de la carrera incluía, entre otras, una materia políticamente “neutral”, cuyo nombre he olvidado, en la que debíamos aprender técnicas básicas de investigación como hacer fichas y resúmenes. Pero el profesor era casi una caricatura del cmhuadro estalinista y su pensamiento dogmático: uno de nuestros primeros trabajos fue fichar “El materialismo histórico”, de F.V. Konstantinov, de la Academia de Ciencias de la URSS. Así se aseguraba de que los nuevos estudiantes conocieran el marxismo de la fuente más autorizada y ortodoxa. Esa fue una vertiente de mi primer encuentro con esa teoría en su forma más dogmática (y aburrida).

Sin embargo, afortunadamente (¿o no?) hubo otra totalmente distinta. Alfredo Chacón, recién llegado de Francia, era el profesor de Introducción a la Antropología. De una seriedad y distancia que intimidaban, no hacía la menor concesión a nuestra ignorancia, y sus clases parecían dar por supuesto un nivel mayor que el que teníamos (por eso su primer examen parcial fue una verdadera hecatombe). Antes de entrar en los temas específicamente antropológicos, comenzaba la materia con una discusión filosófica sobre el carácter de las ciencias sociales, basada sobre todo (pero no únicamente) en algunos capítulos de “Las ciencias humanas y la filosofía”, de Lucien Goldmann.

Aunque no sé si todavía perdura el uso de su libro en los cursos introductorios de sociología de nuestras universidades públicas o si ya fue olvidado, Goldmann (1913-1970) era uno de los autores de referencia en el debate marxista de la postguerra en Francia. lucien-goldmannNo era sociólogo en sentido estricto, sino un cruce entre filósofo e historiador de las ideas: su obra fundamental, “El Dios Oculto”, pretendió encontrar una analogía estructural entre la situación de la nobleza de toga en la sociedad francesa del siglo XVII y la estructura del teatro de Racine y de los Pensamientos de Pascal. Pero lo más interesante de Goldmann era su lucha por reivindicar una ciencia social dialéctica, para lo cual se inspiraba sobre todo en el primer Lukacs, el joven que había escrito “Historia y Conciencia de Clase”, libro irreverente y audaz, y no el Lukacs posterior que se sometió al estalinismo.

En “Las ciencias humanas y la filosofía” Goldmann subrayaba “la identidad parcial entre el sujeto y el objeto del conocimiento” y la necesidad de integrar en el estudio de los hechos sociales la historia de las teorías sobre ellos y, a la inversa, estudiar los hechos de conciencia a la luz de su entorno histórico. Hoy esto nos puede parecer más que obvio, pero muestra que Goldmann buscaba abrirse un camino “dialéctico” ante lo que veía como el objetivismo tanto del marxismo mecanicista como de la teoría sociológica clásica.

Las cincuenta y tantas páginas del capítulo titulado “El método en las ciencias humanas” contienen una especie de síntesis de su pensamiento: a partir de las premisas mencionadas, critica a Durkheim, Weber y Lukacs, a los dos primeros por abordar el problema de la objetividad en forma no dialéctica, y al tercero por creer que ella sería una consecuencia de la “conciencia límite” del proletariado, idea que a Goldmann parece “excesiva”. Habiendo dispuesto de los fundadores, Goldmann hace una crítica de la “sociología universitaria” de la época, a la que califica de ahistórica, para finalmente insistir en la unidad entre vida material y pensamiento, y concluir en la necesidad de que las ciencias sociales, reconociendo esa unidad, sean dialécticas.

Esta lectura tuvo un gran impacto sobre mí, y creo que también sobre muchos otros estudiantes de sociología, porque sentaba las bases de dos dogmas que iban a acompañar mi pensamiento por muchos años: primero, que la sociología académica estaba irremisiblemente limitada, si no invalidada, por su rechazo al enfoque dialéctico, derivado de su condición de pensamiento que expresaba la visión del mundo de la burguesía, y segundo, que si bien algunos marxistas habían caído en desviaciones de interpretación, Marx mismo estaba por encima de toda crítica (esto no era dicho explícitamente, pero el único autor no criticado en esas páginas era Marx).

Y esto no era dicho con la pesadez y didactismo de los manuales, sino con una argumentación brillante y erudita que se paseaba por las principales corrientes y autores del siglo XIX y XX, y especialmente por algunas teorías sociológicas importantes. Una vez superada con esfuerzo la falta de familiaridad con todo un campo del conocimiento que apenas comenzaba a explorar, el texto de Goldmann reclamó para el marxismo los mapas mentales que me iban a orientar en el territorio de la sociología y de las ciencias sociales en general, creando una desconfianza de entrada hacia autores que no había leído, y peor aún, hacia la disciplina misma en la que me iba a formar.invesgigaciones-dialecti001

Pero esta lectura también tuvo un aspecto positivo: me mostró que podía existir un marxismo más profundo y matizado que el de los manuales; a partir de ese momento me convertí en “fan” de Goldmann y busqué sus otros libros. Cuando veo mi viejo ejemplar de “Investigaciones dialécticas” (traducido por Eduardo Vásquez y editado por la UCV en 1962), intensamente subrayado, detecto una pasión intelectual que había olvidado y que pocas veces he vuelto a sentir.

(Terminemos con el contexto de una vez, para poder pasar a la narración).

II. Revolución y decepción

xx-congresoLas apostasías frente al marxismo no son nada nuevo, sobre todo después de la llegada al poder de sus representantes más radicales, quienes construyeron un modelo de revolución a partir de la experiencia bolchevique y, con variantes, lo fueron aplicando en sociedades muy diversas. Ya en la década de los treinta comenzaron a aparecer voces de antiguos entusiastas del experimento soviético que, decepcionados, denunciaron el contraste entre la propaganda y la situación real del pueblo que se creía redimido. Algunos, como Trotsky, renegaron del estalinismo manteniéndose fieles al marxismo; pero muchos vieron en esa forma de totalitarismo las consecuencias inevitables de la teoría marxista. El proceso se aceleró a partir del XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, cuando se escuchó de la propia boca del máximo jerarca del socialismo mundial la confirmación de los rumores que, hasta entonces, los comunistas rechazaban como invenciones del enemigo.

Sin embargo, la revelación de los crímenes del régimen sirvió para echar toda la responsabilidad sobre los hombros de un individuo, Stalin. Así, los intérpretes soviéticos de una teoría que da prioridad a los procesos objetivos de la historia y a la acción colectiva le hicieron sufrir una extraña contorsión para no tener que reconocer que la tiranía que denunciaban tenía bases materiales e institucionales “objetivas”, y por lo tanto no podía ser obra de un solo hombre.

hungary-56-armed-workersAl trauma de las revelaciones de Kruschev se añadió el de la insurrección húngara de octubre del mismo año, cuya despiadada represión mostró que los herederos repudiaban al causante, pero no la herencia, la cual no dudaron en conservar a sangre y fuego; este nuevo golpe al mito de la superioridad moral del socialismo marxista sobre el capitalismo produjo una nueva erosión de su prestigio, que no fue mayor porque el contexto de la Guerra Fría logró contener hasta cierto punto la disidencia interna en los partidos comunistas, que temían ser acusados de colaboración con la OTAN, la CIA y otros símbolos de la ferocidad del imperialismo. Sin embargo, muchos de los dirigentes comunistas que habían asistido al malhadado congreso volvieron a sus países con una fisura en la coraza de convicciones que hasta entonces les había permitido vivir en un mundo coherente, cerrado y movido por una fe inquebrantable en el futuro comunista de la humanidad. Gradualmente, y en especial desde los años sesenta, se fueron diversificando las interpretaciones nacionales del marxismo, y disminuyó la autoridad antes indiscutida de la URSS en la interpretación de los textos sagrados; la ruptura china y el eurocomunismo fueron apenas dos manifestaciones de esta diversidad, a la cual contribuyeron, hacia el final de esa década, los movimientos juveniles y la extrema izquierda de inspiración maoísta, muchas veces tan críticos de la ortodoxia soviética como de las instituciones del Estado capitalista. Las disidencias como el trotskismo y el anarquismo, que habían languidecido durante varias décadas, vieron crecer su influencia, probando que se podía ser marxista, e incluso comunista radical, sin formar parte de la Iglesia soviética. En este sentido, el redescubrimiento de la obra de Gramsci y la revalorización del concepto de hegemonía proporcionaron una base de apoyo a quienes exploraban vías no rupturistas al socialismo.

III. El huracán revolucionario y su espejismo

Mientras tanto, en una América Latina subordinada a uno de los polos de la Guerra Fría, los partidos comunistas luchaban entre la ilegalidad y la indiferencia de su teórica base de apoyo, la clase obrera, en muchos países seducida por los populismos y reformismos nacionalistas. A veces enfrentados, a veces aliados con los partidos “progresistas”, veían la llegada al poder como una aspiración casi inimaginable en el corto plazo, dado el estrecho control que ejercían los Estados Unidos sobre la dinámica política de la región. Sin embargo, también se había consolidado una fuerte influencia del marxismo sobre sectores intelectuales como profesores universitarios, artistas, escritores y periodistas, que le daban una influencia mayor que la esperable de esos partidos minúsculos; incapaces de lograr la hegemonía sobre la clase obrera, dependían paradójicamente de estos sectores pequeñoburgueses para tener presencia en el debate político.

Como suele suceder, un hecho inesperado cambió las referencias del pensamiento y la acción marxistas en América Latina: la revolución cubana rompió todas las expectativas de las izquierdas y derechas de la región, al mostrar que era posible un cambio radical de orientación primero nacionalista-populista, pero que rápidamente evolucionó hacia un marxismo que en aquel momento parecía irreverente por desafiar la ortodoxia comunista, caracterizada por la obediencia a las orientaciones globales del PCUS, según las cuales la tarea prioritaria era defender a la Unión Soviética como cuna del socialismo y el futuro comunismo, amenazada por las fuerzas reaccionarias de los EEUU y su instrumento mortal, la OTAN.Fidel Castro and Osvaldo Dorticós.

La revolución cubana contribuyó a revivir la pasión revolucionaria aprendida en los libros y las luchas cotidianas, haciendo creer que la toma del poder y la superación del capitalismo estaban más cerca de lo que se creía; pero también acarreó profundas divisiones, tanto en los partidos comunistas como en los reformistas que alojaban en su seno a sectores radicales. La admiración sin límites (y quizás la envidia) que provocaban la revolución cubana y sus dirigentes llevó en forma natural a la imitación de un proceso exitoso convirtiéndolo en un modelo infalible para olvidar tantos años de pasividad.

La exitosa guerrilla cubana, en la que se impuso la acción audaz de una vanguardia sobre un ejército formal sin justificación teórica más allá de reivindicaciones nacionalistas y populistas, se iba a convertir, paradójicamente, en una fuente inagotable de polémicas teóricas que pusieron en cuestión algunas premisas básicas del marxismo ortodoxo: la base obrera (especialmente, la urbana) de la revolución, el carácter indispensable de un partido comunista para guiar a esa clase hacia la toma del poder, la subordinación del aparato armado al partido, y la orientación teórica del marxismo procesado y digerido por la Academia de Ciencias de la URSS.

IV. Las minorías poderosas: derrotas y virajes

Más allá de la evolución interna del poder revolucionario y de la sociedad cubana en general, de los cuales ignoro casi todo, me interesa el impacto intelectual que tuvo la revolución en la izquierda latinoamericana y especialmente en la venezolana; pero al mismo tiempo, me llama la atención el impacto desproporcionado que tuvieron pequeñas élites políticas e intelectuales sobre esas sociedades, donde llegaron a desafiar al poder establecido, a pesar de no contar, en la mayoría de los casos, con bases reales de apoyo popular. Esta desproporción entre el arraigo social y el impacto político reafirma, por una parte, que en determinadas coyunturas las minorías apasionadas e ideologizadas pueden afectar, quizás más negativa que positivamente, a las sociedades donde actúan; y que el control de ciertas instituciones claves, como la educación y la cultura, por esas élites puede ser la fuente de transformaciones políticas significativas. Sin embargo, y paradójicamente, el marxismo ortodoxo podría reclamar su reivindicación al constatar que (con la sola excepción de Nicaragua) ninguno de los procesos revolucionarios emprendidos como consecuencia e imitación del caso cubano tuvo éxito en tomar el poder, ratificando así que, si bien lograron desestabilizar, en algunos casos gravemente, las estructuras de poder reinantes, no fueron capaces de construir la nueva sociedad a la que aspiraban.

Podría explicarse, en buena medida, la pérdida de hegemonía (aunque no de activa presencia) del marxismo en los medios intelectuales de muchos países de América Latina como una consecuencia de esta derrota continental. El choque de las premisas inspiradas por la revolución cubana con una realidad que se resistía a someterse a las teorías no podía menos que sacudir la confianza en las propias bases intelectuales de la acción pretendidamente transformadora. Claro que era posible, y muchos tomaron esa vía, regresar parcialmente a la ortodoxia y tratar allendede acercarse al poder en el marco de las instituciones democrático-liberales, con el fin de impulsar la transformación revolucionaria utilizando los recursos del Estado “burgués”.
Pero también surgieron corrientes más eclécticas, que trataron de combinar las aspiraciones igualitarias del socialismo con el respeto a la legalidad y las instituciones existentes, entre ellas el mercado, como formas graduales, evolutivas y pacíficas de aproximarse a una sociedad menos desigual, a la manera de los países socialdemócratas más avanzados. Finalmente, otros fueron más allá y se convirtieron en defensores del capitalismo, el mercado y las instituciones liberales, renegando abiertamente de su pasado marxista. Las circunstancias específicas de cada país dieron matices diferentes a estos procesos, lo que hace difícil generalizar explicaciones sobre este viraje gradual desde una intelectualidad predominantemente marxista en los años sesenta y setenta, a una pluralidad de corrientes que abarca todo el espectro de las izquierdas y derechas.

Las páginas siguientes describen, como hemos anunciado, sólo una experiencia subjetiva entre muchas, que pueda contribuir a una reflexión comparativa con las de otros latinoamericanos que vivieron situaciones y opciones semejantes.

Continuará… en unos días, para no cansar.

 

communism-157634_1280INTRODUCCIÓN

Esta serie de micro-ensayos entrelazados surge de la necesidad de reexaminar algunos aspectos de la compleja relación entre los intelectuales de izquierda latinoamericanos y la revolución cubana, desde sus inicios hasta el presente. Pero no se trata de hacer aportes originales a su interpretación, ya que hay personas mucho más calificadas para hacerlo, sino de reflexionar sobre el contexto histórico en el que se produjo la adhesión de muchos jóvenes latinoamericanos al mito revolucionario, acercándolos al marxismo o incitándolos a reinterpretarlo a la luz del mito. Y esa reflexión sobre el contexto no es sino un primer paso indispensable para el verdadero objetivo final de este proyecto, presentar un testimonio personal y subjetivo de cómo un joven estudiante de sociología venezolano de la segunda mitad de los años sesenta se convirtió, junto con muchos de sus compañeros, en un “intelectual de izquierda”; cuáles fueron el contexto nacional e institucional, las influencias intelectuales y personales que conformaron a ese sujeto, las consecuencias que trajo esa identidad para su trayectoria intelectual y política, y la influencia que el sujeto tuvo a su vez sobre otras personas, especialmente estudiantes, para reproducir esa identidad con la ayuda (¿o la complicidad?) de las instituciones educativas. Finalmente, se tratará de describir cómo se produjo el proceso contrario, que llevó de una identidad como intelectual de izquierda a otra mucho más fluida e incluso ambigua, en la que la distinción izquierda-derecha se hace incómoda para describir a ese sujeto que alguna vez se consideró postmarxista pero que ya no cuenta –afortunadamente, quizás- con un marco estable de referencias teóricas que sirva para explicar todos los fenómenos macro y microsociales.

  1.  Del juicio histórico sobre un líder a desde dónde se le juzga

A raíz de la muerte de Fidel Castro, frente a la virtual unanimidad de los marxistas del mundo en elogiar sus logros y minimizar sus “errores”, en el grupo mucho más diverso de quienes lo adversaron se han reavivado viejas polémicas: algunos quieren mostrar su precedencia en identificar al régimen castrista como tiránico, para así sentirse superiores frente a los que tardaron más en hacerlo; y estos, la mayoría antiguos izquierdistas de diferentes matices, se defienden alegando su derecho a cambiar de opinión y explicando sus posiciones anteriores como producto de opciones morales basadas en el nacionalismo, el antiimperialismo, la defensa de los desposeídos, la lucha contra las injusticias y desigualdades, opciones de las que no reniegan sino que ahora enmarcan en la valoración de la democracia representativa y los derechos individuales, que el marxismo les había enseñado a menospreciar.

Pero algo que tienen en común los contrincantes es su desprecio hacia quienes se han mantenido fieles al marxismo, doctrina que les lleva a apoyar regímenes antidemocráticos siempre que se presenten como seguidores teóricos y prácticos de esa tradición. La cuestión es que muchos de quienes hoy critican a los marxistas lo fueron una vez, y sus críticas y desprecio se aplican a quienes ellos fueron antes de “abrir los ojos” (metáfora repetida incansablemente). Pasar del marxismo al antimarxismo sin hacerse algunas preguntas básicas, sin profundizar en el proceso por el cual los amigos de antes ahora son enemigos y viceversa, entraña el peligro de extraviar la propia identidad en el camino.

Para quien ha sido siempre liberal, derechista o simplemente centrista, su identidad política se ha mantenido dentro de un marco relativamente estable de referencias filosóficas y teóricas, que en muchos casos maneja en forma intuitiva y no problematizada, porque no ha tenido que defenderlo ante sí mismo. Ello no quiere decir que este marco le proteja de la misma desviación que ha afectado a los marxistas: defender regímenes represivos y excluyentes e ignorar sus violaciones de los derechos humanos siempre que ellos se identifiquen formalmente con la defensa del mercado y los principios liberales.

En cambio, el ex-marxista, como quien abandona una religión (no en vano muchos han destacado los rasgos religiosos del marxismo), ha pasado por una difícil ruptura que le exige condenar lo que admiraba y aceptar, si no puede admirar, lo que condenaba. Quien emprende esta “conversión” debe decidir qué puede conservar, qué debe desechar y qué debe redefinir de su identidad anterior, para no sentirse como un simple apóstata, pero sobre todo para defenderse de las críticas de sus antiguos correligionarios, el primero de los cuales es él mismo. Una conversión que no pueda legitimarse ante su propio sujeto no sólo debilita la capacidad de defenderla frente a otros, sino que puede derivar en una identidad incompleta, frágil, porque se han dejado atrás valores y formas de enfocar la realidad que se habían convertido en una segunda naturaleza, y puede quedar la sospecha de que se trate de una conversión superficial, pragmática u oportunista. A estas dificultades se agrega la necesidad de reflexionar sobre las responsabilidades asumidas, conscientemente o no, al apoyar y justificar regímenes dictatoriales por su afinidad ideológica con ellos, y al difundir y promover teorías e interpretaciones que ahora considera no sólo equivocadas sino perniciosas.

(Continuará mañana)

mcm_-estudiantes3I

El pasado 3 de noviembre fue, a diferencia de lo esperado poco antes, un día excesivamente normal. ¿Puede algo ser excesivamente normal? Eso afirmaba, durante la huelga general de 2002-2003, el entonces hombre de confianza del chavismo, José Vicente Rangel, para minimizar los efectos del paro, y desde entonces la expresión ha sido apropiada por el discurso opositor cada vez que se quiere subrayar el contraste entre una situación denunciada y la supuesta normalidad que, según el oficialismo, habría en el país.

Pero algo puede ser excesivamente normal si se está esperando que suceda algo extraordinario; en este caso, la normalidad produce decepción y si aquella es notable, visible, innegable, la decepción se hace mayor: es un exceso de normalidad no deseada.

El 3 de noviembre debía haber sido uno de esos días extraordinarios, porque era la fecha para la que la oposición agrupada en la Mesa de Unidad Democrática había anunciado una gran protesta nacional contra la suspensión indefinida del referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro, protesta que culminaría en Caracas con una movilización hacia el palacio de Miraflores, sede del poder ejecutivo. La promesa de llegar a Miraflores se fue dibujando en forma gradual y confusa, con avances y retrocesos, declaraciones ambiguas y polémicas en el seno de la MUD, pero se había convertido en la identidad de esa movilización, su anzuelo para renovar el entusiasmo de las masas cansadas de marchar sin resultados.

No importa que la mayoría de los líderes y sus seguidores en realidad no creyeran que era posible acercarse a esa casona decimonónica con ínfulas de palacio, porque sabían perfectamente que ella iba a estar rodeada de cuerpos armados formales e informales que alzarían una barrera inexpugnable frente a los manifestantes. El solo hecho de plantearse “ir a Miraflores” funcionaba como un mecanismo simbólico de compensación frente al despojo de la esperanza centrada en una remoción pacífica y legal del presidente. Porque la última vez que la oposición se acercó, aun sin llegar, a Miraflores, se produjo una matanza que, como dirían algunos politólogos, “elevó el costo de la represión” y proporcionó la excusa para el golpe que se había planificado contra Chávez. Para muchos ciudadanos decepcionados por la frustración de la vía legal, “ir a Miraflores” significaba revivir la fantasía de volver a vivir ese día y medio en el que se creyó solucionado para siempre el “problema Chávez”, porque algunos militares tuvieron “las bolas” de derrocarlo.

Sin embargo, se atravesó el diálogo y la MUD, ante la solicitud explícita, por no decir chantaje abierto, del representante papal, se resignó a postergar la movilización para contribuir al mejor desarrollo de las conversaciones. En efecto, el enviado de la Santa Sede advirtió a los dirigentes de la MUD: «Mi miedo es que haya muertos en la manifestación del jueves. Y si hay muertos, el diálogo, ¿qué diálogo es?» Lejos de pensar en recomendar al gobierno que ejerciera control sobre sus cuerpos armados para que evitaran asesinar a manifestantes, el delegado del vaticano echó sobre los hombros de la oposición la responsabilidad de evitar los muertos, cuando ella es precisamente la parte desarmada del conflicto.

Es conocida la ola de descontento, decepción e improperios que produjo esta decisión de la MUD, percibida por buena parte de sus seguidores como una muestra de cobardía o, en el mejor de los casos, un grave error político. Los intentos de justificación racional de la decisión de incorporarse al diálogo y para ello suspender la movilización, por bien argumentados que fueran, se encontraron frente a una explosión de frustraciones y desconfianza que había sido contenida mientras existía la esperanza de cambio por medio del revocatorio; y la puesta en escena del inicio del diálogo, que dio un papel protagónico al presidente, no hizo más que intensificar esos sentimientos.

La decisión no sólo provocó las esperadas tensiones entre los partidos de la MUD, que llevaron al partido Voluntad Popular a no participar en el proceso de diálogo, sino que puso en un dilema a los actores que habían venido reclamando una actitud más atrevida y radical de la alianza; entre ellos se encontraban algunos grupos y dirigentes que habían promovido con fuerza la movilización hacia Miraflores, quienes ahora se encontraban en un dilema: de aceptar e identificarse con la decisión de la MUD, perderían parte de la identidad que los diferenciaba, a los ojos de sus seguidores, de aquella organización; pero si insistían en mantener la marcha, corrían el riesgo de que ella, al carecer de la militancia y organización de los principales partidos opositores, se convirtiera en una muestra de debilidad y carencia de bases reales de apoyo.

Buena parte del movimiento estudiantil opositor, formalmente independiente de los partidos políticos aunque muchos de sus dirigentes pertenezcan a ellos, aportó una salida imperfecta al dilema, al convocar a una marcha cuya trayectoria no era precisa, pero explícitamente no incluía acercarse a Miraflores porque, a decir del líder de la movilización, Hasler Iglesias, “no pueden ir solo los estudiantes. El día que se plantee esa movilización deberá ser acompañada por todos los sectores sociales y políticos del país.” Esto significaba un reconocimiento tácito de que sin la MUD no pueden hacerse movilizaciones masivas que logren algún impacto mediático o político. La marcha, como era previsible, logró una convocatoria modesta, y culminó en la nunciatura apostólica, donde se entregó un documento al nuncio. Algunos dirigentes de la oposición, como Freddy Guevara, dirigente de Voluntad Popular, y María Corina Machado, de Vente Venezuela, acompañaron a los estudiantes, gesto que les permitía reafirmar su diferenciación con el resto de la MUD a la vez que les evitaba aparecer como responsables o convocantes de una movilización tan débil.

II

El 3 de noviembre, ya a las seis de la mañana el repartidor de agua potable comenzaba su jornada distribuyendo botellones de veinte litros sin carretilla ni guantes ni protección lumbar. Desde varias horas antes se habían formado largas colas donde pronto llegarían los protegidos por la Guardia Nacional Bolivariana a ocupar los primeros puestos, sin posibilidad alguna de protesta o reclamo de los desplazados. Los niños y adolescentes se preparaban para ir a sus colegios; los adultos lo suficientemente afortunados para tener un empleo formal se apiñaban en los trenes de las ciudades satélites para trasladarse a sus lugares de trabajo, mientras otros se preguntaban qué comerían sus hijos. En el curso del día unos irían al banco, otros a los mercados, otros más a planificar un secuestro o el asesinato de un policía. Algunos jefes de personal preparaban las listas de asistencia para la movilización obligatoria de los empleados públicos decretada por el gobierno con el fin de contrarrestar cualquier amago opositor de ir a Miraflores. Los más afortunados planeaban un almuerzo de negocios o una visita al gimnasio. Era un día excesivamente normal porque la agitación y el debate políticos no lograban penetrar la capa de la cotidianidad ni la coraza de los hábitos necesarios para reproducir la vida material y la identidad social de la gente.

No es que esos ciudadanos sean indiferentes ni “antipolíticos”; muchos de ellos se identifican con una u otra corriente y la apoyarían con actos si el costo personal no fuera excesivo, pero las prioridades están claras: ante todo la propia supervivencia y la de la familia inmediata, y con suerte la esperanza de alguna oportunidad para mejorar la situación material. La participación en los grandes debates políticos y en las luchas por el poder está en manos de vanguardias cuya vocación es esa, y solo ocasionalmente, en momentos críticos, se incorporan las masas para tratar de inclinar la balanza en uno u otro sentido. Y no se trata solamente de la participación política sino incluso de la social y comunal: generalmente son unos pocos miembros de las comunidades quienes mantienen una actividad organizada por el bienestar común.

Al observar un día tan excesivamente normal como ese en el que un puñado de estudiantes marchaba hacia la nunciatura, no se puede dejar de pensar en la gran capacidad de adaptación de las sociedades a regímenes autoritarios y totalitarios; adaptación que se manifiesta en historias como las que cuenta Anne Applebaum en su indispensable libro “El telón de acero”, sobre artistas, intelectuales o técnicos que se vieron atrapados en sociedades donde las oportunidades y libertades estaban estrictamente limitadas y supervisadas por una burocracia omnipresente, y debieron adaptarse aprovechando los pequeños resquicios que dejaba el sistema para la realización personal, al costo de convertirse en eunucos políticos, mientras otros prefirieron incorporarse a los espacios de poder. Historias que se han repetido en muchos lugares y momentos, cuando se ha perdido la esperanza de cambiar al sistema o escapar de él. Historias que nos esperan o ya nos estamos contando.

(Las ideas aquí planteadas no pretenden ser originales, ya que provienen de discusiones recientes, sobre todo en cortos textos de Facebook, en los que he podido aprovechar aportes de, ante todo, Ángel Álvarez, pero también en muy alto grado de Guillermo Aveledo Coll y Armando Chaguaceda. Naturalmente, las interpretaciones, malinterpretaciones y errores son sólo míos.)

 

La premisa de efectuar un referéndum revocatorio presidencial en 2016 es ¿era? que un régimen autoritario va a permitir ser desplazado del poder pacíficamente, dejando de aprovechar el control que tiene sobre las diferentes ramas del poder público. Aunque a primera vista esto parece contradictorio y hasta absurdo, en algunos casos (Chile, Polonia) ha ocurrido, aunque en el contexto de negociaciones previas que han garantizado cierta impunidad a los gobernantes salientes, o una transmisión gradual del poder, en la que permanecen enclaves autoritarios.

No es este el caso en Venezuela, ya que el régimen no ha visto incentivos para la negociación, y por lo tanto un revocatorio exitoso para la oposición significaría una salida desordenada del poder, que no le permitiría garantizar un mínimo de impunidad. Y el régimen no tiene incentivos para negociar porque hasta ahora la oposición no ha tenido más recursos de poder que unos pocos cargos regionales y locales, a los que se sumó desde inicios de este año el control de la Asamblea Nacional con una mayoría de dos tercios, y finalmente una cierta capacidad de movilización pacífica que ha sido fácilmente reprimida. Aunque las protestas políticas han sido frecuentes y la población es mayormente opositora, ellas parecieran caer en un vacío que no es capaz de instigar en los gobernantes el suficiente miedo a un rival capaz de desplazarlo.

Es por eso que la suspensión de la recolección de la voluntad de revocar de un 20 por ciento de la población, acompañada de la prohibición de salida del país de un conjunto de dirigentes políticos, se permite apoyarse en bases jurídicas escandalosamente débiles, por no decir inexistentes. Con ello el régimen exhibe la impunidad con la que puede tomar decisiones arbitrarias e imponerlas al país sin temor de que ellas produzcan reacciones que pongan en peligro su estabilidad.

La respuesta de la MUD ha sido el anuncio y realización de nuevas movilizaciones de masas, prometiendo incluso llegar a la sede del poder ejecutivo el 3 de noviembre si no se restituye el proceso revocatorio. La Asamblea Nacional, por su parte, ha iniciado un intento de sustituir a los magistrados del Tribunal Supremo y la directiva del Consejo Nacional Electoral, a lo que suma un “juicio político” al presidente Maduro; pero estas iniciativas, dado el control del ejecutivo sobre las demás ramas del poder público, tienen poca viabilidad política y, en el caso del “juicio político”, débiles bases jurídicas.

Lamentablemente, no parece haber en las movilizaciones alguna novedad, o una estrategia de resistencia no violenta o de desobediencia civil bien organizada, por lo que no se ve cómo pudiera la oposición revertir el creciente autoritarismo del régimen, que no sólo se manifiesta en decisiones arbitrarias, sino en una represión cada día más intensa y violenta, a la que se suman detenciones arbitrarias e ilegales, seguidas de acusaciones sustentadas en pruebas forjadas, maltratos y hasta torturas a los detenidos.

Quedan otros dos actores con poder que hasta ahora no se han movilizado activamente: la “comunidad internacional”, a la cual se ha venido apelando, pero teniendo conciencia de los límites de su capacidad de influir sobre las correlaciones de fuerza, y el estamento militar, cuyo alto mando respondió negativamente a los llamados directos de la oposición a desobedecer las órdenes ilegales al régimen, ratificando su identificación con el mismo.

La suspensión del 20 por ciento es a la vez un acto de poder, una exhibición del mismo y una provocación, en la medida en que cierra la solución institucional y pacífica que la oposición había priorizado, y parece empujar a una radicalización que pueda servir de excusa para la ilegalización de los partidos de oposición, el encarcelamiento de sus principales dirigentes, y la neutralización de la Asamblea Nacional. La escalada del conflicto en la calle y en la AN pareciera deslizarse por los rieles tendidos por el régimen hacia el escenario del descabezamiento de la oposición.

Si recordamos que Cuba ha vivido casi sesenta años bajo un régimen de partido único, donde el Estado-partido domina hasta el último resquicio de la vida cotidiana, y donde cualquier palabra o gesto opositor son considerados actos de guerra impulsados por la potencia enemiga, sin que la mencionada comunidad internacional haya podido o querido impedir el afianzamiento del totalitarismo y la violación cotidiana de los Derechos Humanos, podemos darnos cuenta del atractivo de este tipo de régimen para la actual camarilla en el poder.

Paso a paso ha seguido la receta probada una y otra vez en otros países: control de las instituciones públicas, de los medios de comunicación, de la educación, destrucción de la sociedad civil y su sustitución por correas de transmisión. Dos de las pocas esferas que faltan por controlar son la del sector privado y la de los partidos políticos, y si no lo han logrado ha sido más por la resistencia que han encontrado que por falta de interés. La ilegalización de la MUD o de la oposición en general sería un paso estratégico hacia un nuevo sistema político unipartidista de hecho, aunque pueda adornarse de partidos de maletín dispuestos a hacer el papel de pseudo opositores; y la alianza con empresas transnacionales como las asociadas en el Arco Minero o en el sector petrolero permitiría (casualmente, igual que en Cuba) relacionarse directamente con capitales interesados sólo en sus beneficios y estrictamente indiferentes al carácter opresivo del régimen.

El aparente acorralamiento del régimen por las acciones institucionales de la Asamblea Nacional y la intensificación de las movilizaciones de calle podría ser una ilusión, en la medida en que aquél conserva todavía el control de todas las instituciones y del poder coercitivo frente a una población hambrienta y por lo tanto dependiente de sus dádivas. Lamentablemente, la mayoría de los venezolanos no puede perder un día de trabajo, o un día de hacer colas para comprar alimentos, para dedicárselo a una marcha o una protesta. La protesta generalmente requiere años de la acción de las vanguardias políticas y sociales, que pagan un alto precio personal por su persistencia en oponerse y protestar. Las masas se incorporan cuando ya se intuye la caída final del régimen, para darle el último empujón.

Ante este panorama, sólo una intensificación de las divisiones entre las facciones chavistas, que existen pero no han sido hasta ahora suficientemente intensas como para romper el tramado de intereses que los unen, podría debilitar suficientemente al régimen como para inducirlo a la negociación y a aceptar una disminución gradual y relativa de su control sobre el Estado y la sociedad. En forma simétrica, una ruptura interna de la MUD y la dispersión de los actores que la componen significaría la desaparición de cualquier esperanza de frenar al proyecto totalitario.

img_4612

Caracas, 26 de octubre de 2016