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Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 5.900 veces en 2014. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Muchos venezolanos viven el día a día acompañados por un duelo escondido; no aquel duelo real e inevitable de quienes han perdido seres queridos por enfermedades, en muchos casos no atendidas, por accidentes evitables o peor aún, por la violencia impune del Estado, del paraestado o de la delincuencia. No se trata de este duelo por una persona específica, sino de uno por el país, o al menos por la idea que uno se hace de lo que debe ser un país. El duelo personal ha sido tan estudiado que hasta se describen sus etapas, que suelen terminar, después de un plazo más o menos largo, con la absorción y aceptación del dolor y la reinserción en la vida cotidiana. Pero el duelo por un país se parece más al de los familiares de las personas secuestradas: no se sabe si ella vive o no, pero no se le puede llorar como muerta ni abandonarla a su suerte; es una situación abierta, por lo que a la vez se hace indispensable y escandaloso seguir viviendo, trabajando y hasta negociando con los criminales que se han apoderado de la vida, no solo del secuestrado, sino de la de sus seres más cercanos. El secuestrador logra su inmenso poder basándose precisamente en el amor de la familia por el secuestrado y su disposición a hacer los mayores sacrificios por mantenerlo vivo; juega con esos sentimientos para lograr la complicidad de unos y otros: uno, exigiendo su libertad a toda costa, y los otros, sometiéndose a las condiciones del secuestrador con la esperanza de recuperar a la víctima. Mientras tanto, la vida cotidiana queda como suspendida, y aunque sea necesario seguir con las rutinas, ellas van perdiendo su sentido y se convierten en rituales dolorosos y vacíos.

Por eso, la situación del familiar del secuestrado se convierte en un duelo escondido: un duelo que no es legítimo aún, porque no se ha producido el desenlace, y por lo tanto no permite retraerse del mundo para recuperar fuerzas, sino que exige enfrentar la amenaza, estando preparados para lo peor. Pero no es fácil saber cómo enfrentarla: ¿recurriendo a la fuerza o a la persuasión? ¿Cediendo a todas las exigencias o negándose a negociar? ¿Haciendo exigencias al secuestrador, arriesgándose a que se rompa toda posibilidad de recuperar al secuestrado?

No es raro, por lo tanto, que las familias se dividan ante esos dilemas: si bien todos tienen el mismo objetivo, rescatar al secuestrado, no necesariamente hay acuerdo acerca de la mejor manera de lograrlo. Dado el carácter vital de lo que se discute, cualquier decisión estará llena de riesgos y, si no se logra el objetivo, de reproches eternos. Mientras tanto, el secuestrador aprovecha estas divergencias para mejorar su posición, aumentar el rescate exigido y prolongar el secuestro. Es por eso que muchas veces las familias que pueden darse ese lujo contratan especialistas para llevar adelante la negociación con los secuestradores.

Cuando el secuestrado es un país tampoco se conoce el desenlace; aunque se podría alegar que los países no mueren, la historia muestra que algunos han sufrido esta suerte, sobre todo como resultado de guerras civiles o internacionales; pero, tal como en un secuestro prolongado, puede ocurrir que la víctima termine acostumbrándose a su situación y hasta identificándose con su victimario, mientras quienes quisieran rescatarla temen empeorar la situación si no se adaptan a las exigencias del criminal. Y esto se agrava si no existe una autoridad eficiente, capaz de intervenir para liberar al secuestrado sin arriesgar su vida.

Cuando el secuestrado es un país, la amenaza de muerte puede tomar varias formas: sometimiento total a un Estado extranjero; guerra civil que destruya, además de miles de vidas, los medios de vida del país; establecimiento de un régimen totalitario que destruya todo vestigio de autonomía personal; desmembramiento de porciones de territorio y de población. Aunque se mantuvieran formalmente las instituciones, el resultado sería el mismo: un país de puras formas, pero carente de una identidad común y de verdaderos ciudadanos.

Cada día que pasa parece acercarnos a uno de estos desenlaces, pregonados abierta o veladamente por los secuestradores del país. Cada día que pasa, muchos resuelven la incertidumbre dando por muerto al país y yendo a vivir su duelo lo más lejos posible. Cada día que pasa, los que se quedan viven la nostalgia por los que se fueron, pero a la vez se alegran de que hayan escapado de las manos de los secuestradores. Cada día que pasa, va estrechándose la diferencia entre el país secuestrado y quienes lo quieren rescatar: el duelo del familiar se va convirtiendo en el terror del secuestrado. ¿Será posible que los que todavía no están del todo secuestrados puedan ponerse de acuerdo para liberarlo?

Los hechos son aparentemente simples: el domingo 23 de noviembre, un  pequeño grupo de manifestantes enmascarados cerró la avenida Francisco de Miranda frente a la Plaza Altamira de Caracas, espacio público donde se venía celebrando desde hacía una semana el Festival de la Lectura de Chacao. Frente a la inmediata aparición de la Guardia Nacional, el alcalde de Chacao y los organizadores de la feria decidieron desalojar al público para protegerlo.

La justificación aparente de la manifestación y del cierre fue protestar contra la prolongada prisión de estudiantes y otras personas detenidas por su participación en las protestas del primer trimestre de este año. Y si seguimos con lo aparente, no tiene nada de particular que un grupo de personas quiera protestar con una reivindicación muy justa como es la liberación de detenidos por ejercer su derecho a la protesta. Pero como no todo es apariencia, es necesario ir más allá de ella.

Para algunos grupos de opinión y acción política, hacer un festival de lectura en la Plaza Altamira es una transgresión simbólica de varios tabúes: en primer lugar, la plaza ha sido desde hace mucho tiempo el epicentro de las protestas más radicales de oposición, así como el escenario donde cayeron algunas de las primeras víctimas de las protestas a manos de las bandas armadas del gobierno; ese espacio ha adquirido para algunos un carácter de monumento conmemorativo, y por lo tanto de espacio sagrado que no debe ser profanado por actividades menos dignas que la protesta y el sacrificio de la propia vida. En segundo lugar, la plaza fue también el escenario donde se dieron algunos de los mayores y más durables enfrentamientos de las protestas de este año; y finalmente, fue precisamente a causa de esas protestas que el festival, que debió celebrarse en abril, tuvo que ser suspendido.

La celebración del festival significaba así un cierre simbólico de aquel ciclo de protestas y el reconocimiento explícito de un “regreso a la normalidad” que parece moralmente inaceptable a un cierto número de ciudadanos. No es que el festival sea la causa de este regreso a la normalidad, sino todo lo contrario, es una consecuencia del mismo, pero su celebración significa, para quienes no terminan de aceptar que ese ciclo de protestas se agotó, ahondar la herida que produjeron las expectativas frustradas.

Retomar el festival significaba también un triunfo o al menos una ratificación de la política del alcalde Ramón Muchacho durante las protestas de este año, reticente a identificarse con sus fines y métodos y crítico de las desviaciones que muchas veces las afectaron. Para algunos de quienes apoyaron las protestas, la actitud del alcalde rayaba en la “traición” en la medida en que no puso los recursos de la alcaldía ni su respaldo personal al servicio de la estrategia impulsada por los grupos más radicales, sino más bien trató de disuadir a los manifestantes para que, al menos, cambiaran sus métodos.

En un primer momento, no se trataba de un debate sobre las estrategias políticas de la oposición, ya que la realización o no de un programa cultural sólo tiene una relación muy lejana con los problemas reales de acumulación de fuerzas, organización, articulación entre partidos y organizaciones civiles, estrategias electorales y no electorales para avanzar, etc.

Se trataba, para los manifestantes y quienes los apoyaban, de la sensación de que era “inmoral” o “indigno” desarrollar una actividad “normal” de la alcaldía siendo que todavía permanecen presos o enjuiciados más de un centenar de quienes protestaron recientemente. El problema de esta actitud es que el festival no es la única actividad “normal” que se hace hoy en día en Venezuela, a pesar del descontento o la indignación que muchos podamos sentir por la forma en que se maneja el país. Incluso aquellos a quienes más disgusta el festival no sólo han continuado trabajando y haciendo otras cosas necesarias para la supervivencia, como hacer colas en los mercados, sino también actividades optativas como leer, ir al cine, hacer alguna actividad creativa, visitar a sus amigos, viajar u otras semejantes. Por lo tanto, ¿cómo hacer para seleccionar, entre tantas actividades culturales, como la apertura de una exposición, la presentación de un festival de cine o el montaje de una obra de teatro, cuáles son morales y dignas y cuáles no? Si me siento en un banco de la plaza a conversar, ¿Estoy siendo inconsecuente con los presos políticos que no pueden hacerlo? ¿No debería estar protestando incesantemente hasta que los liberen? Responder a estas preguntas nos pone frente a la evaluación de nuestra propia conducta: si criticamos al alcalde y a quienes van al festival porque han olvidado a los presos y se distraen con actividades culturales, ¿Estamos nosotros mismos al abrigo de esa crítica?

Pero el hecho de que la indignación de algunos se haya centrado sobre el festival obedece a que alrededor de él han cristalizado, como sobre un “significante flotante” al estilo de Laclau, un conjunto de tensiones y conflictos que atraviesan a la población opositora venezolana y a sus expresiones organizadas.

Si se considera que no es digno tolerar ni un minuto más la situación de violencia, escasez, inflación y opresión que se vive (por más que todavía haya un sector importante de la población que parece dispuesta a tolerarla o ignorarla), cada día que pase sin que “la gente” salga a la calle a protestar o a derribar al gobierno es un golpe a esa dignidad que se quiere defender, incluyendo la propia. Se produce entonces una especie de disonancia cognitiva, en la cual nuestro sentimiento de la propia dignidad tropieza con la realidad de la impotencia del esfuerzo individual y grupal para “salir de esto” con la urgencia que la moral y esa misma dignidad exigen. Y esta tensión, que se produce como una lucha interna en la persona opositora, también se produce en y entre las organizaciones que pretenden expresar a este sector de la población. Los meses de febrero y marzo de 2014 exacerbaron la contradicción entre quienes impulsaron y creyeron en una resolución rápida de la tensión y aquellos que, considerándose más realistas, insistieron en transitar los caminos grises y poco gloriosos de lo institucional y electoral. La contradicción se resolvió, en los hechos políticos, en favor de estos últimos, no porque esos caminos hayan sido especialmente fecundos, sino porque la protesta se fue agotando sin lograr los grandes objetivos de corto plazo que se planteó.

Sin embargo, las interpretaciones sobre este fracaso han profundizado las divergencias entre esos grupos, ya que ambos se culpan mutuamente de los resultados: para quienes impulsaron “la calle” el fracaso se debe a la “traición” de la dirigencia de la MUD, que aceptó dialogar con el gobierno cuando este estaba “contra la pared”, mientras que para los partidos mayores de esa organización la protesta representó un retroceso porque ni siquiera logró la incorporación mayoritaria de la población opositora y contribuyó involuntariamente con la estrategia oficialista de satanización de este sector.

Esta división de perspectivas, aunque hasta ahora no ha resultado en una división formal de la MUD ni en un abandono de la estrategia institucional, encontró en el anuncio de la realización del festival un nuevo terreno de batalla. Algunos grupos no sólo criticaron ese anuncio, sino que se adelantaron a ocupar parte del territorio de la plaza con recordatorios simbólicos de su carácter sagrado: colocaron fotografías de los estudiantes presos, cruces y lápidas evocadoras de las víctimas de la violencia política, así como carteles alusivos a ellos, en zonas de la plaza que serían recorridas por los visitantes del festival, como para recordarles que el lugar donde ellos venían a una actividad de esparcimiento era en realidad un santuario para las víctimas del gobierno opresor, y que su presencia con esa intención frívola era una especie de profanación, en la medida en que despojaba a la plaza de su carácter heroico y propicio al martirio.

Durante la primera semana pareció que esta discreta presencia de la protesta, totalmente respetada por los organizadores, iba a ser la única expresión del cisma opositor, mientras que las actividades conexas a la venta de libros, como foros y presentaciones de autores, casi invariablemente identificados con la oposición, se desarrollaron con toda normalidad.

La protesta del domingo 23 rompió la “ilusión de armonía” entre las dos posiciones, no tanto por los hechos mismos ocurridos en y alrededor de la plaza, sino por el intenso debate que se produjo de inmediato en los medios sociales. Algunos autores e intelectuales conocidos (ni hace falta decirlo, todos de oposición) hicieron saber su molestia contra quienes protestaban, considerando que su gesto era una agresión contra la cultura que poco perjudicaba al gobierno; otros defendieron la acción, considerando que había sido necesaria para despertar la conciencia adormecida de la gente y recordarles la existencia de los presos políticos. Pero en los textos de ambos bandos el debate desbordó rápidamente desde la situación inicial hasta el enfrentamiento entre estrategias que ha signado a la oposición venezolana en los últimos meses.

Un acontecimiento que en cualquier otra sociedad habría sido rutinario y normal, la competencia por la atención del público entre una feria de libros y una pequeña manifestación de protesta, se transformó en la tensa y polarizada Caracas de hoy en un síntoma del malestar de la sociedad y, especialmente, el de la oposición. Twitter (y en menor medida Facebook) se convirtieron en campos de batalla entre partidarios de la feria y de la manifestación, en los cuales lo que se discutía realmente no eran los hechos, sino las estrategias y tácticas de la oposición.

Lamentablemente, quizás por el carácter de los medios en los que se desarrolló, propicio para el ataque anónimo y la palabra irreflexiva, el debate no alcanzó (con pocas excepciones), un mínimo nivel de profundidad ni de intento de comprender las posiciones del antagonista. En lugar de reflexionar sobre las posibles razones legítimas que podría tener uno u otro grupo para defender sus opciones, rápidamente se formaron las trincheras inamovibles que hemos visto en otros debates opositores recientes: el insulto sustituyó a los argumentos y la sordera al diálogo, para gran regocijo de los oficialistas que miraban desde la otra orilla.

Si creyéramos lo expresado por muchos participantes en el debate, la oposición venezolana estaría compuesta de dos bandos igualmente detestables: por un lado, un pequeño grupo de irresponsables que insiste en desarrollar acciones aisladas y divisionistas, sin efecto alguno sobre la población todavía chavista que se quiere conquistar; y por el otro, unas cúpulas partidistas empeñadas en desmovilizar a la población para mantener su contubernio con el gobierno, que les depara ventajas materiales y políticas.

Sin embargo, ese espejo deformante que son las redes sociales nos puede estar haciendo sobreestimar lo que no fue más que un incidente muy local y limitado, si lo ponemos en la perspectiva de los inmensos problemas del país y de las tareas que enfrenta una oposición cada día más acorralada en lo económico, mediático y político por un gobierno que, paradójicamente, sufre también de una disminución aguda de su capacidad para manejar la complejidad de la crisis.

En el fondo, se trata de un dilema entre dos formas de concebir el compromiso ético por la defensa de los fines comunes de la oposición, dilema que suele presentarse en muchos movimientos opositores a regímenes autoritarios: para algunos, lo que consideran como una opresión intolerable exige una respuesta inmediata, heroica, sacrificial e indiferente a las consideraciones del realismo político, al que consideran sospechoso de cobardía o traición; mientras que para otros, la racionalidad de la estrategia debe evitar la contaminación de la acción política por la emoción, y por lo tanto tratan de controlar o evitar al máximo cualquier acción espontánea que se desvíe del plan a largo plazo. En ambas posturas existe el riesgo de confundir el método con el fin, la táctica con la estrategia; sin emociones que enciendan el impulso a la acción, la mejor estrategia puede dar paso a la complacencia y el acomodo con el adversario. Pero sin una estrategia que logre canalizarlo, ese impulso termina por agotarse ante las sucesivas derrotas. El breve y casi insignificante incidente de la Plaza Altamira quizás ha sido una oportunidad, hasta ahora no aprovechada, de dialogar dentro de la oposición para tratar de encontrar, conjuntamente, el equilibrio entre ambos extremos.

MCMEl debate actual de la oposición venezolana opera en varios niveles: en la discusión formal entre partidos y sus dirigentes, se trata de decidir entre diferentes estrategias alrededor del objetivo común de desplazar al chavismo del poder; para ello se recurre a argumentos constitucionales, legales o pragmáticos, se analizan estudios de opinión y hasta se polemiza en términos morales acerca de la solidaridad debida entre unos y otros participantes en el debate. Pero también hay otros niveles, menos formales, en los que no es necesario guardar las formas del discurso político institucional; son los que se expresan en las conversaciones cotidianas sobre política y, cada vez más, en las redes sociales. Es en este último nivel donde se puede percibir un debate paralelo y subyacente, que los políticos profesionales están –normalmente- impedidos de manejar en público: es el que asocia las características personales de los líderes con ciertos estereotipos de conducta muy arraigados en la cultura predominante. La expresión que da título a este artículo es un ejemplo de ese discurso paralelo que, por no tener legitimidad en el plano formal, tiende a pasar desapercibido, pero puede estar reflejando actitudes hacia la política con implicaciones profundas para la comprensión de los dilemas actuales del mundo opositor.
Una somera revisión en los medios informales y redes sociales venezolanos arroja innumerables expresiones como esa: “María Corina Machado tiene las bolas mejor puestas que los demás…”; “Maria Corina Machado tiene más bolas que Capriles”; “… María Corina Machado tiene más bolas que los politicos de la MUD y los militares que no hacen respetar la constitución”; “Esa mujer si las tiene bien puesta. [SIC]”; “…María Corina, quien parece ser la única persona con las bolas bien puestas y sin miedos a enfrentarse con esos sinvergüenzas”. Una variante, que pretende ser más moderada, alude a sus “ovarios” sin lograr ocultar lo que realmente se quiere decir.
¿Por qué es necesario que para reconocer las virtudes de una mujer política sea necesario atribuirle el atributo masculino por excelencia? ¿No es, entonces, todavía legítimo que una mujer busque el poder político sin que esté avalada por una garantía de masculinidad? ¿Estamos atrapados en una concepción tan masculina del poder que nos impide aceptar a una mujer líder?
Es común asociar el éxito político a la masculinidad. Llegar al poder, dominarlo, controlarlo, no sólo ha sido tradicionalmente cosa de hombres, sino que los triunfadores en esta lucha suelen ser considerados “más hombres” que sus rivales, porque la política está entre nosotros todavía muy cerca de la guerra, y como guerra se suele vivir; en ella triunfará el que logre acumular y aplicar recursos masivos de violencia sobre sus rivales; esto requiere, naturalmente, de otra cualidad, la inteligencia o al menos la astucia, que también durante siglos han sido asociadas al género masculino (a la mujer, como mucho, se le concedían dotes de manipulación).
Es quizás por eso que muchas veces el dirigente político que muestra su ambición de poder es denominado, por seguidores o enemigos, “el hombre”: “el hombre salió de Humocaro”, “el hombre ya está en Tocuyito”, murmuraban los vecinos entusiasmados o atemorizados por la aventura del caudillo que en el siglo XIX se atrevía a desafiar al poder precariamente establecido por un caudillo anterior. Y los que lograban alcanzar el poder y establecer su hegemonía se convertían en la síntesis, o quizás hasta en el representante exclusivo de lo masculino nacional. El lema “Gómez único”, que promovieron los partidarios del dictador durante muchos años, podía traducirse como que sólo hacía falta un hombre en Venezuela, ya que era tan peligroso comportarse “como un hombre” frente al dictador que la masculinidad era una virtud prescindible si se quería conservar la libertad, los bienes y la vida.
Si ser hombre es ante todo ser dominador, firme, dispuesto a la violencia y al desafío para defender su honor, todas estas “virtudes” deben ser ratificadas por la prueba última de masculinidad: el interés activo y demostrado por conquistar y fecundar mujeres, prueba que se fortalece en proporción directa a la acumulación de parejas y de hijos. El mismo Gómez pareciera ser el paradigma inalcanzable, con su libreta de conquistas y el centenar de hijos que se le atribuyen. Pero gran parte de sus sucesores, especialmente aquellos que llegaron al poder por vías violentas o heterodoxas, continuaron la tradición de exhibir su poligamia, como si ella fuera un aval para cumplir con los requisitos del cargo presidencial.
Y a la inversa, uno de los medios más seguros para descalificar a un político era, y sigue siendo, hacer dudar de su masculinidad, no sólo en el sentido estrictamente sexual sino en el del arrojo personal. Cuando un presidente pierde la calma y se lanza por el balcón ante un terremoto, como le sucedió a Cipriano Castro, queda mellado el prestigio que alcanzó en guerras donde corrió mucho más peligro. Cuando un político opositor evade la cárcel que sufren sus seguidores para ocultarse o salir al exilio, surgen las dudas sobre su valor personal y, a la inversa, se ha llegado a decir que en Venezuela la prisión política es un escalón indispensable en la conquista del poder. En este caso, se destaca esa otra cualidad “masculina” del estoicismo, el aceptar el sufrimiento en nombre de una causa mayor, lo que transforma la obvia debilidad que significa estar sometido al enemigo en un aval de fortaleza interior y de valentía para enfrentar el riesgo de aniquilación. Paradójicamente, es muy frecuente que sea el mismo líder que sufrió arbitrariedades el que, a su vez, ejercerá discrecionalmente su poder, prolongando indefinidamente el ciclo del autoritarismo sin frenos institucionales.
El recurso a la identidad militar, ya sea institucional o insurreccional, se convierte en otra credencial de masculinidad, ya que lo militar expresa, en sus fines de violencia y dominación, en su jerarquía de poder y obediencia, en su carácter de comunidad de hombres (aunque en los últimos años haya incorporado mujeres) y en su exigencia de valor y desprecio por el peligro, uno de los ideales más trabajados de lo masculino.
En la Venezuela del siglo XX (y lo que va del XXI), la vida política ha seguido siendo influenciada por esta necesidad de considerar al político exitoso como una especie de destilación de las virtudes masculinas, a la vez indispensables para lograr el poder y justificadoras de los excesos y desviaciones cometidas en la tarea de alcanzarlo y conservarlo. Aunque no se puede decir que este discurso haya sido decisivo en el desenlace de los procesos políticos, los ha recorrido como un río subterráneo, en ese nivel del debate político que generalmente no aparece en los medios formales sino en los intercambios y las conversaciones cotidianas.
Los enemigos de Rómulo Betancourt trataron de desprestigiarlo aludiendo a sus escasos meses de prisión a manos de la dictadura de Gómez, mientras otros de sus compañeros sufrieron por años; mencionaban también como sospechoso que un percance de última hora le impidiera incorporarse a la fallida invasión armada del “Falke” en 1929, conducida por el caudillo Delgado Chalbaud y en la que sacrificó su vida (entre otros) el estudiante Armando Zuloaga Blanco (tío abuelo de María Corina Machado); y, basándose en rasgos personales como el timbre de su voz y su gusto por las palabras rebuscadas, llegaban a insinuar una supuesta homosexualidad del líder. La reivindicación plena de la masculinidad de Betancourt se produjo cuando logró resistir numerosos golpes de estado de derecha y una insurrección de izquierda en los años sesenta, y se presentó al país para ratificar su ejercicio del poder pocas horas después de haber sufrido un atentado contra su vida. Por otro lado, la derrota de la estrategia insurreccional y militarista de la izquierda demolió el prestigio y las ambiciones de los numerosos caudillos que, deslumbrados por la hazaña guerrera del castrismo, se imaginaron como los héroes que iban a ser reconocidos por su valentía, su desprecio por las instituciones “burguesas” y su capacidad para derrotar a las fuerzas armadas del régimen.
El caudillo hipermasculino reaparece con toda su fuerza en la figura de Chávez: militar, alzado contra el gobierno, tan astuto que logra conspirar por muchos años sin ser atrapado, asume “como un hombre” su responsabilidad por el alzamiento y, sin arrepentirse de lo hecho, logra la admiración de amplios sectores, que parecían esperar nostálgicos el regreso de los “hombres de a caballo”. En contraste con un Carlos Andrés Pérez vapuleado por sus antiguos compañeros, satanizado por los medios y reducido a luchar por la supervivencia política, Chávez representó la iniciativa audaz, el desconocimiento de los límites institucionales, la primacía del objetivo sobre los medios, la disposición a derramar sangre (de otros). Después de pagada la obligatoria, pero poco rigurosa prisión, capitaliza al máximo su momento de rebelión para construir el personaje que muchos parecían estar esperando: el varón que barrerá con los decadentes actores e instituciones de la república civil. No es necesario insistir en la masculinidad performativa de Chávez; su agresividad frente al adversario, su concepción de la política como guerra, su desprecio por la ley y las instituciones, su ejercicio arbitrario y autoritario del poder y hasta su despreocupada poligamia.
Si se parte de la necesidad de alinear los objetivos y el discurso de los actores políticos a los valores de su audiencia, podría suponerse que la forma más adecuada de legitimarse como representante de los opositores al chavismo sería proponer objetivos sociales y un estilo político opuestos a los del caudillo: búsqueda del consenso y la conciliación, exigencia de respeto a las instituciones, estrategias para la concertación entre sectores sociales y políticos diversos, etc. Y esta parece haber sido la estrategia de la Mesa de Unidad Democrática, una vez superadas las apasionadas movilizaciones que culminaron con el referendo revocatorio de 2004. Esta estrategia venía dando frutos, es cierto desiguales, en los procesos electorales de los últimos años; sin embargo, las reiteradas violaciones de la institucionalidad y la ausencia de un mínimo de reglas de juego compartidas fueron erosionando este camino; las fuertes dudas sobre los resultados reales de las elecciones y la intensificación del autoritarismo del régimen fueron llevando a una parte de las bases de la oposición al desencanto frente al gradualismo y la participación en las instituciones controladas por el régimen. El punto culminante de esta tensión se produjo en los días siguientes a la elección presidencial de abril de 2013; las numerosas irregularidades del proceso de votación hacían presumir que ellas habían alterado el resultado, arrebatando a la oposición la meta que con tanto esfuerzo había logrado tener al alcance de la mano. A pesar de mantener su exigencia de una auditoría de los resultados, el candidato Henrique Capriles y la dirigencia de la MUD suspendieron las acciones de protesta programadas para evitar someter a sus seguidores a la violencia oficial.
A pesar del gran avance de la votación opositora, en buena parte debido al esfuerzo extraordinario de Capriles durante la campaña, la renuncia a convocar una protesta masiva fue vista por algunos sectores como una muestra de pusilanimidad frente a un adversario inescrupuloso, y como una humillación más del gobierno a la oposición. Es precisamente esta palabra, humillación, una de las que más aparece en el discurso de María Corina Machado, como una síntesis de los males que el régimen impone a los venezolanos. Frente a un adversario que pretende humillarnos, cualquier reconocimiento de su legitimidad, como plantearse un diálogo con él, no es más que un nuevo sometimiento. El fracaso, más percibido que real, de la estrategia pacífica y gradualista abrió las puertas al renacimiento del mito de un caudillo masculino, valiente, capaz de enfrentar a las instituciones del régimen aun saliéndose de la legalidad: un opositor con algunas de las características irreverentes del estilo de Chávez.
Las frustraciones electorales de 2012 y 2013 no sólo estimularon la crítica política a las posiciones de la MUD, sino que se personalizaron en la figura visible de su estrategia, Capriles. A pesar de haber cumplido con el ritual de la prisión política por su supuesto rol en el hostigamiento a la embajada cubana tras el golpe de 2002, y de haber logrado derrotar a los candidatos del gobierno en repetidas ocasiones, enfrentando la violencia de grupos paramilitares en sus campañas, la masculinidad de Capriles ha sido puesta en duda, tal como muchos años antes lo había sido la de Betancourt. Basándose en su persistente soltería, desde el oficialismo se han lanzado no sólo rumores, sino abiertos ataques públicos que pretenden asociarlo a una supuesta homosexualidad, posiblemente esperando capitalizar las tendencias homofóbicas que todavía parecen mantener muchos venezolanos. Esta estrategia no ha podido ser aplicada a Leopoldo López ni a María Corina Machado, ya que ambos han cumplido con la exigencia implícita de haberse casado y tenido hijos, como supuesta garantía de heterosexualidad. De allí a asociar la estrategia gradualista de Capriles y la MUD con la debilidad y vacilación supuestamente femeninas, y las proposiciones radicales de Machado y López con la audacia y valentía de lo masculino, no había sino un paso que algunos opositores, todavía en el plano de las conversaciones informales y redes sociales, ya han dado.
Pero, aun si es legítimo diferir de las estrategias de la MUD e inclinarse por otras que se creen más eficaces, ¿qué hace necesaria esta atribución de atributos masculinos a María Corina Machado? Leopoldo López no necesita que su masculinidad sea destacada, ya que su visible familia, su actuación radical y su entrega voluntaria a la prisión parecen bastar, a los ojos del público opositor, para darle esa credencial. Pero el caso de Machado parece mostrar que todavía hay un amplio sector de venezolanos que concibe la política como una guerra en la que sólo pueden entrar los hombres, porque ellos son los que defienden el honor y no les está permitido aceptar humillaciones. Este tipo de visión de la política parece conectar con la de algunas culturas donde la política está siempre al borde de la guerra, porque ella se asemeja más a la aniquilación del enemigo y la lucha por el control de un botín que al establecimiento de reglas de relación entre los diversos actores e intereses. Irónicamente, quienes no pueden concebir una María Corina sin “bolas” están haciendo un inconsciente homenaje a la concepción chavista de la política.

marcadosPensamos que en términos estratégicos, no hay incapacidad ni irracionalidad instrumental en la mayor parte de las políticas de estos gobiernos. Avanzar hacia el socialismo, hacerlo irreversible, no es posible sin destruir el capitalismo, es decir, hacerlo inviable. Toda la política económica de los últimos años ha sido consistente con este fin: se trata de ir asfixiando lentamente a la empresa privada, controlando sus precios, limitándole el acceso a los insumos y bienes de capital, encareciendo la mano de obra e impidiéndole los despidos por cualquier razón, expropiándola arbitrariamente y sin compensación; finalmente, destruyendo la moneda y convirtiéndola de hecho en no convertible. ¿Que esto ha implicado un alto costo social y va a implicar uno todavía mayor? No importa, porque es parte del objetivo. Cuando la gente, desesperada, trate de rebelarse, no habrá posibilidad de protestar, ni de regresar a una economía de mercado; será la oportunidad de profundizar aún más el socialismo de miseria.

Naturalmente, las capacidades de gestión en el vasto aparato estatal que ha construido el actual régimen son variables. Pero no se puede negar que algunos de los altos jerarcas (tanto venezolanos como sus asesores cubanos) son inteligentes y hábiles para lograr sus fines, como lo era Chávez, aunque uno esté en desacuerdo con ellos. Otro factor que produce una impresión de incapacidad es el desvío de fondos para repartir a otros países, para las campañas electorales o para el simple enriquecimiento personal. Muchas veces las políticas no se ejecutan o los proyectos no se terminan simplemente porque los fondos desaparecieron, y no por una especial incapacidad de la gestión.

Es cierto que el socialismo de tipo soviético termina por fracasar tarde o temprano dadas sus limitaciones intrínsecas, la mayoría de las veces sin siquiera haber llegado al poder. Pero en algunos casos, que en el siglo XX lograron abarcar a un tercio de la población mundial, logra imponerse sobre la sociedad y se hace tan difícil de desalojar que dura décadas en el poder, destruyendo millones de vidas a su paso.

La caracterización del régimen venezolano actual es en gran parte una tarea por hacer. Por eso es necesario profundizar en algunos temas y aspectos que requieren más discusión, como los siguientes:

1- La palabra “socialismo” tiene muchas acepciones. Al hablar de “socialismo de miseria” nos referimos al modelo cubano de origen soviético, porque, independientemente del grado de desarrollo relativo de las diferentes economías que lo han practicado, tiene algunos rasgos comunes como centralización de la economía, monopolio de un partido único, fusión Estado-partido-sociedad-fuerzas armadas, monopolio de los medios de comunicación, y otros aspectos. En el caso de Venezuela, el rentismo petrolero ha sido un medio favorable para acumular el poder, porque ha facilitado el modelo de dominación a partir del monopolio estatal de los medios de producción.

2-Tanto Chávez como sus herederos han tomado como modelo, más aún, se han subordinado, al régimen cubano. Aunque un marxista “humanista” negaría la condición de “socialista” de ese régimen, el hecho es que se trata de uno de los modelos de socialismo, el que pretende ser una etapa para llegar al comunismo. El hecho de que existan en esos regímenes corrupción, grandes desniveles de ingreso, relaciones mercantiles toleradas o ilegales, no impide que su discurso legitimador sea el del socialismo, entendido en los términos del grupo dominante, es decir, dictadura del partido camuflada como dictadura del proletariado. En ese sentido, aunque el régimen cubano sea, desde el punto de vista de las “relaciones de producción” muy diferente al de sus modelos europeos o asiáticos, su modelo de dominación, por cierto muy eficaz, es el bolchevique.

3- A pesar de la existencia de espacios y prácticas “capitalistas” parciales en esos regímenes, el núcleo estratégico para el grupo en el poder es el control total sobre la vida de los habitantes y su movilización permanente, como han destacado los estudiosos del totalitarismo. Los autoritarismos no comunistas del siglo XX, como las dictaduras latinoamericanas, reprimían a sus enemigos y desmovilizaban a la población, en lugar de movilizarla hacia una utopía.

La tesis que hemos manejado en otros trabajos (que pueden verse en este blog) es que el actual régimen venezolano es un autoritarismo electoral, pero lo es porque no ha podido implantar el modelo totalitario, o porque tiene una estrategia de irlo implantando gradualmente, para disminuir las resistencias. Es bien conocido el debate acerca de si tal o cual régimen ha sido plenamente totalitario (algunos años del nazismo, algunos del estalinismo y del maoísmo, casi nadie se lo atribuye al fascismo). Un híbrido interesante, y que ya tiene mucha influencia en Venezuela, es el régimen chino, que va transitando al capitalismo sin ceder en lo más mínimo el monopolio del partido y el control de los medios de comunicación. La trampa en la podríamos encontrarnos es terminar por aceptar un modelo tipo chino porque es “menos malo” que el cubano.

En todo caso, los planes explícitos y las políticas a desarrollar por el gobierno en los próximos meses y años deberán ser analizadas para detectar qué dirección está imprimiendo a la sociedad venezolana.

 

10762VenezuelaEn los últimos días se han presentado numerosos análisis sobre las elecciones del 8 de diciembre en Venezuela, que consideran factores importantes como el contexto económico, las condiciones de la competencia, los niveles de abstención y el impacto de sus ambiguos resultados en el futuro inmediato. A pesar de la indudable validez de estos análisis, ellos parecen quedarse en el plano de la racionalidad instrumental de los sujetos individuales y colectivos, que planean estrategias, se organizan para ejecutarlas y evalúan los resultados para corregir el rumbo. El gran ausente es el mundo de las emociones, como si los analistas se hubieran esforzado por censurar su alegría o decepción por los resultados, para generar un discurso neutro y “objetivo”, ajeno a las turbulencias afectivas que, sin duda, afectaron a dirigentes, ciudadanos comunes y analistas, tanto durante la campaña electoral como, sobre todo, en el momento crucial del conteo de los votos.

En vida de Chávez, la estrategia política era inseparable de su dimensión emocional, y ambas eran magistralmente conducidas por el caudillo para reforzarse mutuamente: toda decisión sobre políticas públicas era acompañada de un relato histórico-afectivo en el cual se señalaban claramente héroes y villanos, pero sobre todo víctimas y victimarios, estimulando la compasión por unos y el odio hacia los otros, relato que culminaba identificando cada política pública con una reivindicación de los primeros y un castigo a los segundos.

Maduro intentó imitar las palabras del relato, pero él mismo terminó por darse cuenta de que ellas por sí solas carecían de la potencia necesaria para reanimar el fervor revolucionario, porque eran inseparables de la persona misma del difunto presidente; oírlas en la voz de Maduro hacía más cruel el contraste entre el original y la copia. Es quizás por ello que, acorralado por la pérdida de popularidad que indicaban los sondeos, decidió huir hacia adelante, sustituyendo su discurso inefectivo por decisiones impactantes que removieron emociones ya casi olvidadas.

Son algo simplistas las explicaciones que atribuyen el aumento de la aprobación del gobierno en las últimas semanas a una especie de incorregible carácter consumista y rentista de los venezolanos, como si fueran cobayas de laboratorio que responden a un estímulo con una respuesta condicionada. En la avalancha de saqueos -legitimados o no por el gobierno- hubo algo más que deseos adquisitivos: se trató de una revancha contra los “explotadores”, hasta el punto de que muchos de los participantes en los tumultos se llevaban, o compraban, objetos que no habían creído necesitar o, cuando se agotaron los más codiciados, terminaban por conformarse con los de escaso valor, pero no querían perderse el acto mismo de participar en el castigo que el gobierno había impuesto desde arriba; más allá de la obvia racionalidad económica de apropiarse sin costo -o a uno muy bajo- de mercancías que se convierten en reserva de valor ante la inflación, el saqueo legitimado fue un ritual de reencuentro emocional de las bases decepcionadas con el discurso redentor de la revolución.

Aunque se formaron largas filas de espera para acceder a los productos rebajados de precio, el carácter de ellas era radicalmente distinto de las que se hacen para obtener los productos básicos. Liberarse aunque sea por pocas horas, como en un cuento de hadas, de las apremiantes leyes del mercado, alivió la sensación de pérdida de libertad que acompaña siempre a la escasez: después de meses de incertidumbre sobre la presencia o no de bienes básicos en el mercado, de centenares de horas dedicadas a hacer filas para obtenerlos, de impotencia ante los aumentos cotidianos pero inexplicables de los precios, la invitación a apropiarse de aquellos objetos no esenciales, dedicados a mejorar la calidad de vida de quienes han resuelto el problema de la subsistencia, significaba una reivindicación del derecho de cada uno a escapar, unas pocas horas al día, del reino de la necesidad para administrar sus pequeñas y privadas parcelas de libertad. Libertad negada por las horas perdidas en interminables retrasos del tránsito; por las largas esperas en los hospitales, las oficinas públicas o los bancos, sin posibilidad alguna de renunciar a ese trabajo, ese servicio, ese subsidio, esa promesa, y por lo tanto de escapar a las exigencias de la necesidad.

Esta tentación de liberarse momentáneamente de las presiones de una economía inflacionaria no fue exclusiva de los sectores populares; entre los aspirantes al mágico regalo de un precio ajeno al mercado se contaron muchos de clase media, que no dejan de sentir la misma asfixia ante el creciente bloqueo de las expectativas que por mucho tiempo formaron parte de su identidad. Pero, si por algunos días la emoción predominante fue el alivio, no sólo por las acciones del gobierno sino más aún por sus promesas de extender el control de precios a todo el universo económico, poco a poco retornaron a la superficie otras emociones que habían permanecido latentes: la ira, el resentimiento y el miedo.

Al contrario de lo que algún discurso opositor radical quisiera, la ira y el resentimiento no son propiedad exclusiva de los chavistas, ni el miedo lo es de los opositores. En los últimos quince años estas emociones se han entreverado y circulado como una corriente alterna entre los polos que hoy constituyen nuestra sociedad. Si bien es cierto que el discurso de Chávez y sus sucesores se alimenta en gran parte de las dos primeras emociones, y las ha utilizado para potenciar el impacto de sus políticas, el chavista de base también teme a los opositores, como han recordado frecuentemente quienes tratan de excusar las tendencias autoritarias del régimen; el golpe de abril de 2002 y el impacto de la huelga general de ese mismo año sobre la población se aducen como prueba de un pretendido carácter reactivo de la agresividad política oficial, y de la desconfianza que impide a muchos oficialistas descontentos consumar su ruptura con el régimen.

Y por su parte, la ya larga cadena de fracasos, así sean relativos, de los intentos opositores por desplazar o al menos frenar el avance del proyecto totalitario alimenta la ira y el resentimiento de sus bases. Cuando se cree que la razón, el conocimiento, los “valores” y el bien están de nuestro lado, se hace más difícil comprender, y menos aceptar, que ese enemigo al que despreciamos se nos imponga una y otra vez, y sepa manipular hábilmente las instituciones para aparentar que obedece a las reglas de un juego limpio.

Y no hay un terreno donde esta paradoja se exprese con más intensidad que en el electoral. En efecto, el sistema electoral venezolano es un ejemplo casi perfecto de lo que Andreas Schedler ha llamado la manipulación de las instituciones democráticas, y especialmente de las elecciones, por el autoritarismo electoral. Desde el proceso electoral de 2006, los opositores de base se han visto enfrentados a un doble mensaje proveniente de sus líderes: sí, es cierto que el Consejo Nacional Electoral está parcializado a favor del gobierno, y hará todo lo posible por arrancar cualquier victoria de nuestras manos, pero debemos participar en este proceso sesgado porque no tenemos alternativa, y además hay una pequeña isla de neutralidad técnica en la que se detiene la capacidad de manipulación del régimen.

Se enfrenta así el opositor de base a algo muy parecido al “doble vínculo” de Bateson, en el que sus mismos dirigentes están atrapados; debo votar, pero es muy probable que mi voto sea robado o ignorado; pero, de todas maneras, debo seguir votando. Esta tensión entre una esperanza tenue y una frustración segura (porque, aunque se obtengan victorias parciales, ellas siempre estarán teñidas por el ventajismo y la manipulación) se traduce en unos casos en apatía, en otros en rabia y casi siempre en resentimiento, no sólo contra el adversario, sino contra el propio campo y hasta sí mismo.

El opositor que, distanciándose momentáneamente de sí mismo, se observa como lo haría un espectador, puede llegar a sentir una profunda indignación por la manera en que una y otra vez se somete a la intrusión del proyecto totalitario en sus derechos políticos y cívicos, su libertad y hasta su vida cotidiana, tolerando situaciones que nunca habría imaginado poder soportar. La conciencia de que es el miedo el que impulsa esta sumisión agrava la ira y el resentimiento, al enfrentar, en otro terreno pero con la misma intensidad, a la persona con los límites de su libertad. Por más humillantes que sean las restricciones impuestas por el régimen, el principio de realidad obliga a la prudencia, el silencio o la retirada ante un poder cada vez más arrollador. Y de allí que, de tanto en tanto, la ira se convierte en acicate para acciones o proyectos que, no por ser desesperados o poco realistas pierden su intensa atracción, ya que responden a una necesidad profunda de creerse libres, de soñar que se puede enfrentar la realidad para cambiarla. La indignación que producen hechos como la manipulación descarada de las cifras por la presidenta del Consejo Nacional Electoral, al presentar los recientes resultados electorales, parece indicar que ellos y otros similares operan como provocaciones para manipular, ya no las emociones de sus seguidores, sino las de sus adversarios.

Para concluir, no se trata de recomendar que pongamos nuestras emociones a un lado y nos comportemos como seres pretendidamente racionales, sino de reconocer el papel que ellas juegan en toda estrategia política. Desde octubre de 2012 en adelante, el dos veces candidato de la oposición, Henrique Capriles, parece haber comprendido la importancia de esta dimensión, tanto en su aspecto constructivo como destructivo, y ha tratado de canalizarla. Sin embargo, las emociones negativas parecen hoy estar predominando sobre aquellas que favorecen el diálogo y la convivencia entre los ciudadanos.

Por Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas

Las tensiones se han podido contener hasta el presente por la unanimidad acerca de la meta prioritaria: garantizar la reelección de Chávez. Sin embargo, esto se hace mucho más difícil al decidir las candidaturas para las elecciones regionales, como se pudo observar cuando el presidente designó, en medio de un discurso, a Francisco Ameliach como candidato a la gobernación del estado Carabobo. Algunos de los asistentes a la concentración protestaron airadamente, ya que apoyaban a otro líder chavista, el alcalde Rafael Lacava. La respuesta de Chávez fue característica: “Yo he dicho Ameliach para la gobernación de Carabobo. …Ustedes verán pero por encima de eso está Chávez el 7 de octubre, para la presidencia de Venezuela, ahí nos jugamos la vida.”

Si bien en el PSUV y su periferia se producen debates, denuncias, conflictos y competencias por el liderazgo, ellos involucran sobre todo a los niveles bajos y medios, pero al llegar a la cúpula el debate encuentra su techo en la imposibilidad de criticar a quien carga, por ser el líder único, con la mayor responsabilidad por los aciertos y errores del partido y del Estado. Ello hace que las tensiones y disputas que vienen ascendiendo desde las bases adquieran, al llegar a ese nivel, un carácter horizontal, enfrentando entre sí a facciones que, por lo demás, no están autorizadas a tratar sus diferencias en forma pública y abierta. Esta ficción de unanimidad bajo el manto de la lealtad absoluta al líder máximo se encuentra, desde mediados de 2011, amenazada por la forma opaca en que se ha manejado la información sobre su enfermedad, y sobre todo por la negativa a considerar siquiera la hipótesis de su retiro. El dilema de los herederos potenciales es que deben prepararse para una lucha por el poder con sus propios compañeros sin reconocer que lo están haciendo, y en un horizonte de tiempo indeterminado: si se adelantan pueden ser estigmatizados por el líder; pero si esperan demasiado pueden ser superados por las intrigas más eficaces de sus rivales. Dado este conjunto de incertidumbres, se puede prever que una eventual ausencia definitiva de Chávez desemboque en grandes dificultades para la gobernabilidad interna del PSUV y sus aliados, y por ende de la sociedad como un todo.

Esta tensión entre unicidad y diversidad puede evolucionar hacia diferentes trayectorias: una posibilidad es que el proceso de imposición de la hegemonía del proyecto en forma irreversible siga avanzando, aun contra la resistencia de diversos actores sociopolíticos, gracias al uso eficiente de mecanismos como el control cada vez mayor de los medios de comunicación, la identificación de la Fuerza Armada con el proyecto del presidente, el manejo clientelista de la renta petrolera, y el aprovechamiento de la identificación cuasi religiosa de amplios sectores populares con la persona de Chávez. La otra posibilidad es que la resistencia de actores internos y externos al movimiento, aunada al desgaste de las prácticas que hasta ahora han sido exitosas, pueda detener o al menos frenar el avance del proyecto hegemónico.

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