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bibl-humanidadesBiblioteca de la Facultad de Humanidades de la UCV, que en 1965 era uno de los salones de clases de primer año de sociología y antropología.

En la UCV

En noviembre de 1965 entré a la UCV para estudiar sociología. La opción por esa carrera significa casi siempre una cierta distancia frente a la sociedad en que se vive, a la que se quiere comprender más allá de las ideas recibidas. La observación de desigualdades, injusticias y conflictos sociales, la atención a debates políticos con posiciones radicalmente opuestas y algunas lecturas no convencionales me habían llevado a esperar que fuera posible entender la sociedad con instrumentos “científicos”. Esta esperanza no se basaba en algún conocimiento específico ni en la lectura de textos sociológicos, sino en la promesa que ofrecía el nombre de la disciplina. No tenía modelos de rol, porque había muy pocos sociólogos en Venezuela (la primera promoción databa de 1957). Jamás había oído de la existencia de Durkheim, Weber o Parsons, aunque sí de Marx, en términos condenatorios o elogiosos, pero más como fundador de una doctrina política que como científico social.

El primer año de la carrera incluía, entre otras, una materia políticamente “neutral”, cuyo nombre he olvidado, en la que debíamos aprender técnicas básicas de investigación como hacer fichas y resúmenes. Pero el profesor era casi una caricatura del cmhuadro estalinista y su pensamiento dogmático: uno de nuestros primeros trabajos fue fichar “El materialismo histórico”, de F.V. Konstantinov, de la Academia de Ciencias de la URSS. Así se aseguraba de que los nuevos estudiantes conocieran el marxismo de la fuente más autorizada y ortodoxa. Esa fue una vertiente de mi primer encuentro con esa teoría en su forma más dogmática (y aburrida).

Sin embargo, afortunadamente (¿o no?) hubo otra totalmente distinta. Alfredo Chacón, recién llegado de Francia, era el profesor de Introducción a la Antropología. De una seriedad y distancia que intimidaban, no hacía la menor concesión a nuestra ignorancia, y sus clases parecían dar por supuesto un nivel mayor que el que teníamos (por eso su primer examen parcial fue una verdadera hecatombe). Antes de entrar en los temas específicamente antropológicos, comenzaba la materia con una discusión filosófica sobre el carácter de las ciencias sociales, basada sobre todo (pero no únicamente) en algunos capítulos de “Las ciencias humanas y la filosofía”, de Lucien Goldmann.

Aunque no sé si todavía perdura el uso de su libro en los cursos introductorios de sociología de nuestras universidades públicas o si ya fue olvidado, Goldmann (1913-1970) era uno de los autores de referencia en el debate marxista de la postguerra en Francia. lucien-goldmannNo era sociólogo en sentido estricto, sino un cruce entre filósofo e historiador de las ideas: su obra fundamental, “El Dios Oculto”, pretendió encontrar una analogía estructural entre la situación de la nobleza de toga en la sociedad francesa del siglo XVII y la estructura del teatro de Racine y de los Pensamientos de Pascal. Pero lo más interesante de Goldmann era su lucha por reivindicar una ciencia social dialéctica, para lo cual se inspiraba sobre todo en el primer Lukacs, el joven que había escrito “Historia y Conciencia de Clase”, libro irreverente y audaz, y no el Lukacs posterior que se sometió al estalinismo.

En “Las ciencias humanas y la filosofía” Goldmann subrayaba “la identidad parcial entre el sujeto y el objeto del conocimiento” y la necesidad de integrar en el estudio de los hechos sociales la historia de las teorías sobre ellos y, a la inversa, estudiar los hechos de conciencia a la luz de su entorno histórico. Hoy esto nos puede parecer más que obvio, pero muestra que Goldmann buscaba abrirse un camino “dialéctico” ante lo que veía como el objetivismo tanto del marxismo mecanicista como de la teoría sociológica clásica.

Las cincuenta y tantas páginas del capítulo titulado “El método en las ciencias humanas” contienen una especie de síntesis de su pensamiento: a partir de las premisas mencionadas, critica a Durkheim, Weber y Lukacs, a los dos primeros por abordar el problema de la objetividad en forma no dialéctica, y al tercero por creer que ella sería una consecuencia de la “conciencia límite” del proletariado, idea que a Goldmann parece “excesiva”. Habiendo dispuesto de los fundadores, Goldmann hace una crítica de la “sociología universitaria” de la época, a la que califica de ahistórica, para finalmente insistir en la unidad entre vida material y pensamiento, y concluir en la necesidad de que las ciencias sociales, reconociendo esa unidad, sean dialécticas.

Esta lectura tuvo un gran impacto sobre mí, y creo que también sobre muchos otros estudiantes de sociología, porque sentaba las bases de dos dogmas que iban a acompañar mi pensamiento por muchos años: primero, que la sociología académica estaba irremisiblemente limitada, si no invalidada, por su rechazo al enfoque dialéctico, derivado de su condición de pensamiento que expresaba la visión del mundo de la burguesía, y segundo, que si bien algunos marxistas habían caído en desviaciones de interpretación, Marx mismo estaba por encima de toda crítica (esto no era dicho explícitamente, pero el único autor no criticado en esas páginas era Marx).

Y esto no era dicho con la pesadez y didactismo de los manuales, sino con una argumentación brillante y erudita que se paseaba por las principales corrientes y autores del siglo XIX y XX, y especialmente por algunas teorías sociológicas importantes. Una vez superada con esfuerzo la falta de familiaridad con todo un campo del conocimiento que apenas comenzaba a explorar, el texto de Goldmann reclamó para el marxismo los mapas mentales que me iban a orientar en el territorio de la sociología y de las ciencias sociales en general, creando una desconfianza de entrada hacia autores que no había leído, y peor aún, hacia la disciplina misma en la que me iba a formar.invesgigaciones-dialecti001

Pero esta lectura también tuvo un aspecto positivo: me mostró que podía existir un marxismo más profundo y matizado que el de los manuales; a partir de ese momento me convertí en “fan” de Goldmann y busqué sus otros libros. Cuando veo mi viejo ejemplar de “Investigaciones dialécticas” (traducido por Eduardo Vásquez y editado por la UCV en 1962), intensamente subrayado, detecto una pasión intelectual que había olvidado y que pocas veces he vuelto a sentir.

(Terminemos con el contexto de una vez, para poder pasar a la narración).

II. Revolución y decepción

xx-congresoLas apostasías frente al marxismo no son nada nuevo, sobre todo después de la llegada al poder de sus representantes más radicales, quienes construyeron un modelo de revolución a partir de la experiencia bolchevique y, con variantes, lo fueron aplicando en sociedades muy diversas. Ya en la década de los treinta comenzaron a aparecer voces de antiguos entusiastas del experimento soviético que, decepcionados, denunciaron el contraste entre la propaganda y la situación real del pueblo que se creía redimido. Algunos, como Trotsky, renegaron del estalinismo manteniéndose fieles al marxismo; pero muchos vieron en esa forma de totalitarismo las consecuencias inevitables de la teoría marxista. El proceso se aceleró a partir del XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, cuando se escuchó de la propia boca del máximo jerarca del socialismo mundial la confirmación de los rumores que, hasta entonces, los comunistas rechazaban como invenciones del enemigo.

Sin embargo, la revelación de los crímenes del régimen sirvió para echar toda la responsabilidad sobre los hombros de un individuo, Stalin. Así, los intérpretes soviéticos de una teoría que da prioridad a los procesos objetivos de la historia y a la acción colectiva le hicieron sufrir una extraña contorsión para no tener que reconocer que la tiranía que denunciaban tenía bases materiales e institucionales “objetivas”, y por lo tanto no podía ser obra de un solo hombre.

hungary-56-armed-workersAl trauma de las revelaciones de Kruschev se añadió el de la insurrección húngara de octubre del mismo año, cuya despiadada represión mostró que los herederos repudiaban al causante, pero no la herencia, la cual no dudaron en conservar a sangre y fuego; este nuevo golpe al mito de la superioridad moral del socialismo marxista sobre el capitalismo produjo una nueva erosión de su prestigio, que no fue mayor porque el contexto de la Guerra Fría logró contener hasta cierto punto la disidencia interna en los partidos comunistas, que temían ser acusados de colaboración con la OTAN, la CIA y otros símbolos de la ferocidad del imperialismo. Sin embargo, muchos de los dirigentes comunistas que habían asistido al malhadado congreso volvieron a sus países con una fisura en la coraza de convicciones que hasta entonces les había permitido vivir en un mundo coherente, cerrado y movido por una fe inquebrantable en el futuro comunista de la humanidad. Gradualmente, y en especial desde los años sesenta, se fueron diversificando las interpretaciones nacionales del marxismo, y disminuyó la autoridad antes indiscutida de la URSS en la interpretación de los textos sagrados; la ruptura china y el eurocomunismo fueron apenas dos manifestaciones de esta diversidad, a la cual contribuyeron, hacia el final de esa década, los movimientos juveniles y la extrema izquierda de inspiración maoísta, muchas veces tan críticos de la ortodoxia soviética como de las instituciones del Estado capitalista. Las disidencias como el trotskismo y el anarquismo, que habían languidecido durante varias décadas, vieron crecer su influencia, probando que se podía ser marxista, e incluso comunista radical, sin formar parte de la Iglesia soviética. En este sentido, el redescubrimiento de la obra de Gramsci y la revalorización del concepto de hegemonía proporcionaron una base de apoyo a quienes exploraban vías no rupturistas al socialismo.

III. El huracán revolucionario y su espejismo

Mientras tanto, en una América Latina subordinada a uno de los polos de la Guerra Fría, los partidos comunistas luchaban entre la ilegalidad y la indiferencia de su teórica base de apoyo, la clase obrera, en muchos países seducida por los populismos y reformismos nacionalistas. A veces enfrentados, a veces aliados con los partidos “progresistas”, veían la llegada al poder como una aspiración casi inimaginable en el corto plazo, dado el estrecho control que ejercían los Estados Unidos sobre la dinámica política de la región. Sin embargo, también se había consolidado una fuerte influencia del marxismo sobre sectores intelectuales como profesores universitarios, artistas, escritores y periodistas, que le daban una influencia mayor que la esperable de esos partidos minúsculos; incapaces de lograr la hegemonía sobre la clase obrera, dependían paradójicamente de estos sectores pequeñoburgueses para tener presencia en el debate político.

Como suele suceder, un hecho inesperado cambió las referencias del pensamiento y la acción marxistas en América Latina: la revolución cubana rompió todas las expectativas de las izquierdas y derechas de la región, al mostrar que era posible un cambio radical de orientación primero nacionalista-populista, pero que rápidamente evolucionó hacia un marxismo que en aquel momento parecía irreverente por desafiar la ortodoxia comunista, caracterizada por la obediencia a las orientaciones globales del PCUS, según las cuales la tarea prioritaria era defender a la Unión Soviética como cuna del socialismo y el futuro comunismo, amenazada por las fuerzas reaccionarias de los EEUU y su instrumento mortal, la OTAN.Fidel Castro and Osvaldo Dorticós.

La revolución cubana contribuyó a revivir la pasión revolucionaria aprendida en los libros y las luchas cotidianas, haciendo creer que la toma del poder y la superación del capitalismo estaban más cerca de lo que se creía; pero también acarreó profundas divisiones, tanto en los partidos comunistas como en los reformistas que alojaban en su seno a sectores radicales. La admiración sin límites (y quizás la envidia) que provocaban la revolución cubana y sus dirigentes llevó en forma natural a la imitación de un proceso exitoso convirtiéndolo en un modelo infalible para olvidar tantos años de pasividad.

La exitosa guerrilla cubana, en la que se impuso la acción audaz de una vanguardia sobre un ejército formal sin justificación teórica más allá de reivindicaciones nacionalistas y populistas, se iba a convertir, paradójicamente, en una fuente inagotable de polémicas teóricas que pusieron en cuestión algunas premisas básicas del marxismo ortodoxo: la base obrera (especialmente, la urbana) de la revolución, el carácter indispensable de un partido comunista para guiar a esa clase hacia la toma del poder, la subordinación del aparato armado al partido, y la orientación teórica del marxismo procesado y digerido por la Academia de Ciencias de la URSS.

IV. Las minorías poderosas: derrotas y virajes

Más allá de la evolución interna del poder revolucionario y de la sociedad cubana en general, de los cuales ignoro casi todo, me interesa el impacto intelectual que tuvo la revolución en la izquierda latinoamericana y especialmente en la venezolana; pero al mismo tiempo, me llama la atención el impacto desproporcionado que tuvieron pequeñas élites políticas e intelectuales sobre esas sociedades, donde llegaron a desafiar al poder establecido, a pesar de no contar, en la mayoría de los casos, con bases reales de apoyo popular. Esta desproporción entre el arraigo social y el impacto político reafirma, por una parte, que en determinadas coyunturas las minorías apasionadas e ideologizadas pueden afectar, quizás más negativa que positivamente, a las sociedades donde actúan; y que el control de ciertas instituciones claves, como la educación y la cultura, por esas élites puede ser la fuente de transformaciones políticas significativas. Sin embargo, y paradójicamente, el marxismo ortodoxo podría reclamar su reivindicación al constatar que (con la sola excepción de Nicaragua) ninguno de los procesos revolucionarios emprendidos como consecuencia e imitación del caso cubano tuvo éxito en tomar el poder, ratificando así que, si bien lograron desestabilizar, en algunos casos gravemente, las estructuras de poder reinantes, no fueron capaces de construir la nueva sociedad a la que aspiraban.

Podría explicarse, en buena medida, la pérdida de hegemonía (aunque no de activa presencia) del marxismo en los medios intelectuales de muchos países de América Latina como una consecuencia de esta derrota continental. El choque de las premisas inspiradas por la revolución cubana con una realidad que se resistía a someterse a las teorías no podía menos que sacudir la confianza en las propias bases intelectuales de la acción pretendidamente transformadora. Claro que era posible, y muchos tomaron esa vía, regresar parcialmente a la ortodoxia y tratar allendede acercarse al poder en el marco de las instituciones democrático-liberales, con el fin de impulsar la transformación revolucionaria utilizando los recursos del Estado “burgués”.
Pero también surgieron corrientes más eclécticas, que trataron de combinar las aspiraciones igualitarias del socialismo con el respeto a la legalidad y las instituciones existentes, entre ellas el mercado, como formas graduales, evolutivas y pacíficas de aproximarse a una sociedad menos desigual, a la manera de los países socialdemócratas más avanzados. Finalmente, otros fueron más allá y se convirtieron en defensores del capitalismo, el mercado y las instituciones liberales, renegando abiertamente de su pasado marxista. Las circunstancias específicas de cada país dieron matices diferentes a estos procesos, lo que hace difícil generalizar explicaciones sobre este viraje gradual desde una intelectualidad predominantemente marxista en los años sesenta y setenta, a una pluralidad de corrientes que abarca todo el espectro de las izquierdas y derechas.

Las páginas siguientes describen, como hemos anunciado, sólo una experiencia subjetiva entre muchas, que pueda contribuir a una reflexión comparativa con las de otros latinoamericanos que vivieron situaciones y opciones semejantes.

Continuará… en unos días, para no cansar.

 

communism-157634_1280INTRODUCCIÓN

Esta serie de micro-ensayos entrelazados surge de la necesidad de reexaminar algunos aspectos de la compleja relación entre los intelectuales de izquierda latinoamericanos y la revolución cubana, desde sus inicios hasta el presente. Pero no se trata de hacer aportes originales a su interpretación, ya que hay personas mucho más calificadas para hacerlo, sino de reflexionar sobre el contexto histórico en el que se produjo la adhesión de muchos jóvenes latinoamericanos al mito revolucionario, acercándolos al marxismo o incitándolos a reinterpretarlo a la luz del mito. Y esa reflexión sobre el contexto no es sino un primer paso indispensable para el verdadero objetivo final de este proyecto, presentar un testimonio personal y subjetivo de cómo un joven estudiante de sociología venezolano de la segunda mitad de los años sesenta se convirtió, junto con muchos de sus compañeros, en un “intelectual de izquierda”; cuáles fueron el contexto nacional e institucional, las influencias intelectuales y personales que conformaron a ese sujeto, las consecuencias que trajo esa identidad para su trayectoria intelectual y política, y la influencia que el sujeto tuvo a su vez sobre otras personas, especialmente estudiantes, para reproducir esa identidad con la ayuda (¿o la complicidad?) de las instituciones educativas. Finalmente, se tratará de describir cómo se produjo el proceso contrario, que llevó de una identidad como intelectual de izquierda a otra mucho más fluida e incluso ambigua, en la que la distinción izquierda-derecha se hace incómoda para describir a ese sujeto que alguna vez se consideró postmarxista pero que ya no cuenta –afortunadamente, quizás- con un marco estable de referencias teóricas que sirva para explicar todos los fenómenos macro y microsociales.

  1.  Del juicio histórico sobre un líder a desde dónde se le juzga

A raíz de la muerte de Fidel Castro, frente a la virtual unanimidad de los marxistas del mundo en elogiar sus logros y minimizar sus “errores”, en el grupo mucho más diverso de quienes lo adversaron se han reavivado viejas polémicas: algunos quieren mostrar su precedencia en identificar al régimen castrista como tiránico, para así sentirse superiores frente a los que tardaron más en hacerlo; y estos, la mayoría antiguos izquierdistas de diferentes matices, se defienden alegando su derecho a cambiar de opinión y explicando sus posiciones anteriores como producto de opciones morales basadas en el nacionalismo, el antiimperialismo, la defensa de los desposeídos, la lucha contra las injusticias y desigualdades, opciones de las que no reniegan sino que ahora enmarcan en la valoración de la democracia representativa y los derechos individuales, que el marxismo les había enseñado a menospreciar.

Pero algo que tienen en común los contrincantes es su desprecio hacia quienes se han mantenido fieles al marxismo, doctrina que les lleva a apoyar regímenes antidemocráticos siempre que se presenten como seguidores teóricos y prácticos de esa tradición. La cuestión es que muchos de quienes hoy critican a los marxistas lo fueron una vez, y sus críticas y desprecio se aplican a quienes ellos fueron antes de “abrir los ojos” (metáfora repetida incansablemente). Pasar del marxismo al antimarxismo sin hacerse algunas preguntas básicas, sin profundizar en el proceso por el cual los amigos de antes ahora son enemigos y viceversa, entraña el peligro de extraviar la propia identidad en el camino.

Para quien ha sido siempre liberal, derechista o simplemente centrista, su identidad política se ha mantenido dentro de un marco relativamente estable de referencias filosóficas y teóricas, que en muchos casos maneja en forma intuitiva y no problematizada, porque no ha tenido que defenderlo ante sí mismo. Ello no quiere decir que este marco le proteja de la misma desviación que ha afectado a los marxistas: defender regímenes represivos y excluyentes e ignorar sus violaciones de los derechos humanos siempre que ellos se identifiquen formalmente con la defensa del mercado y los principios liberales.

En cambio, el ex-marxista, como quien abandona una religión (no en vano muchos han destacado los rasgos religiosos del marxismo), ha pasado por una difícil ruptura que le exige condenar lo que admiraba y aceptar, si no puede admirar, lo que condenaba. Quien emprende esta “conversión” debe decidir qué puede conservar, qué debe desechar y qué debe redefinir de su identidad anterior, para no sentirse como un simple apóstata, pero sobre todo para defenderse de las críticas de sus antiguos correligionarios, el primero de los cuales es él mismo. Una conversión que no pueda legitimarse ante su propio sujeto no sólo debilita la capacidad de defenderla frente a otros, sino que puede derivar en una identidad incompleta, frágil, porque se han dejado atrás valores y formas de enfocar la realidad que se habían convertido en una segunda naturaleza, y puede quedar la sospecha de que se trate de una conversión superficial, pragmática u oportunista. A estas dificultades se agrega la necesidad de reflexionar sobre las responsabilidades asumidas, conscientemente o no, al apoyar y justificar regímenes dictatoriales por su afinidad ideológica con ellos, y al difundir y promover teorías e interpretaciones que ahora considera no sólo equivocadas sino perniciosas.

(Continuará mañana)

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El pasado 3 de noviembre fue, a diferencia de lo esperado poco antes, un día excesivamente normal. ¿Puede algo ser excesivamente normal? Eso afirmaba, durante la huelga general de 2002-2003, el entonces hombre de confianza del chavismo, José Vicente Rangel, para minimizar los efectos del paro, y desde entonces la expresión ha sido apropiada por el discurso opositor cada vez que se quiere subrayar el contraste entre una situación denunciada y la supuesta normalidad que, según el oficialismo, habría en el país.

Pero algo puede ser excesivamente normal si se está esperando que suceda algo extraordinario; en este caso, la normalidad produce decepción y si aquella es notable, visible, innegable, la decepción se hace mayor: es un exceso de normalidad no deseada.

El 3 de noviembre debía haber sido uno de esos días extraordinarios, porque era la fecha para la que la oposición agrupada en la Mesa de Unidad Democrática había anunciado una gran protesta nacional contra la suspensión indefinida del referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro, protesta que culminaría en Caracas con una movilización hacia el palacio de Miraflores, sede del poder ejecutivo. La promesa de llegar a Miraflores se fue dibujando en forma gradual y confusa, con avances y retrocesos, declaraciones ambiguas y polémicas en el seno de la MUD, pero se había convertido en la identidad de esa movilización, su anzuelo para renovar el entusiasmo de las masas cansadas de marchar sin resultados.

No importa que la mayoría de los líderes y sus seguidores en realidad no creyeran que era posible acercarse a esa casona decimonónica con ínfulas de palacio, porque sabían perfectamente que ella iba a estar rodeada de cuerpos armados formales e informales que alzarían una barrera inexpugnable frente a los manifestantes. El solo hecho de plantearse “ir a Miraflores” funcionaba como un mecanismo simbólico de compensación frente al despojo de la esperanza centrada en una remoción pacífica y legal del presidente. Porque la última vez que la oposición se acercó, aun sin llegar, a Miraflores, se produjo una matanza que, como dirían algunos politólogos, “elevó el costo de la represión” y proporcionó la excusa para el golpe que se había planificado contra Chávez. Para muchos ciudadanos decepcionados por la frustración de la vía legal, “ir a Miraflores” significaba revivir la fantasía de volver a vivir ese día y medio en el que se creyó solucionado para siempre el “problema Chávez”, porque algunos militares tuvieron “las bolas” de derrocarlo.

Sin embargo, se atravesó el diálogo y la MUD, ante la solicitud explícita, por no decir chantaje abierto, del representante papal, se resignó a postergar la movilización para contribuir al mejor desarrollo de las conversaciones. En efecto, el enviado de la Santa Sede advirtió a los dirigentes de la MUD: «Mi miedo es que haya muertos en la manifestación del jueves. Y si hay muertos, el diálogo, ¿qué diálogo es?» Lejos de pensar en recomendar al gobierno que ejerciera control sobre sus cuerpos armados para que evitaran asesinar a manifestantes, el delegado del vaticano echó sobre los hombros de la oposición la responsabilidad de evitar los muertos, cuando ella es precisamente la parte desarmada del conflicto.

Es conocida la ola de descontento, decepción e improperios que produjo esta decisión de la MUD, percibida por buena parte de sus seguidores como una muestra de cobardía o, en el mejor de los casos, un grave error político. Los intentos de justificación racional de la decisión de incorporarse al diálogo y para ello suspender la movilización, por bien argumentados que fueran, se encontraron frente a una explosión de frustraciones y desconfianza que había sido contenida mientras existía la esperanza de cambio por medio del revocatorio; y la puesta en escena del inicio del diálogo, que dio un papel protagónico al presidente, no hizo más que intensificar esos sentimientos.

La decisión no sólo provocó las esperadas tensiones entre los partidos de la MUD, que llevaron al partido Voluntad Popular a no participar en el proceso de diálogo, sino que puso en un dilema a los actores que habían venido reclamando una actitud más atrevida y radical de la alianza; entre ellos se encontraban algunos grupos y dirigentes que habían promovido con fuerza la movilización hacia Miraflores, quienes ahora se encontraban en un dilema: de aceptar e identificarse con la decisión de la MUD, perderían parte de la identidad que los diferenciaba, a los ojos de sus seguidores, de aquella organización; pero si insistían en mantener la marcha, corrían el riesgo de que ella, al carecer de la militancia y organización de los principales partidos opositores, se convirtiera en una muestra de debilidad y carencia de bases reales de apoyo.

Buena parte del movimiento estudiantil opositor, formalmente independiente de los partidos políticos aunque muchos de sus dirigentes pertenezcan a ellos, aportó una salida imperfecta al dilema, al convocar a una marcha cuya trayectoria no era precisa, pero explícitamente no incluía acercarse a Miraflores porque, a decir del líder de la movilización, Hasler Iglesias, “no pueden ir solo los estudiantes. El día que se plantee esa movilización deberá ser acompañada por todos los sectores sociales y políticos del país.” Esto significaba un reconocimiento tácito de que sin la MUD no pueden hacerse movilizaciones masivas que logren algún impacto mediático o político. La marcha, como era previsible, logró una convocatoria modesta, y culminó en la nunciatura apostólica, donde se entregó un documento al nuncio. Algunos dirigentes de la oposición, como Freddy Guevara, dirigente de Voluntad Popular, y María Corina Machado, de Vente Venezuela, acompañaron a los estudiantes, gesto que les permitía reafirmar su diferenciación con el resto de la MUD a la vez que les evitaba aparecer como responsables o convocantes de una movilización tan débil.

II

El 3 de noviembre, ya a las seis de la mañana el repartidor de agua potable comenzaba su jornada distribuyendo botellones de veinte litros sin carretilla ni guantes ni protección lumbar. Desde varias horas antes se habían formado largas colas donde pronto llegarían los protegidos por la Guardia Nacional Bolivariana a ocupar los primeros puestos, sin posibilidad alguna de protesta o reclamo de los desplazados. Los niños y adolescentes se preparaban para ir a sus colegios; los adultos lo suficientemente afortunados para tener un empleo formal se apiñaban en los trenes de las ciudades satélites para trasladarse a sus lugares de trabajo, mientras otros se preguntaban qué comerían sus hijos. En el curso del día unos irían al banco, otros a los mercados, otros más a planificar un secuestro o el asesinato de un policía. Algunos jefes de personal preparaban las listas de asistencia para la movilización obligatoria de los empleados públicos decretada por el gobierno con el fin de contrarrestar cualquier amago opositor de ir a Miraflores. Los más afortunados planeaban un almuerzo de negocios o una visita al gimnasio. Era un día excesivamente normal porque la agitación y el debate políticos no lograban penetrar la capa de la cotidianidad ni la coraza de los hábitos necesarios para reproducir la vida material y la identidad social de la gente.

No es que esos ciudadanos sean indiferentes ni “antipolíticos”; muchos de ellos se identifican con una u otra corriente y la apoyarían con actos si el costo personal no fuera excesivo, pero las prioridades están claras: ante todo la propia supervivencia y la de la familia inmediata, y con suerte la esperanza de alguna oportunidad para mejorar la situación material. La participación en los grandes debates políticos y en las luchas por el poder está en manos de vanguardias cuya vocación es esa, y solo ocasionalmente, en momentos críticos, se incorporan las masas para tratar de inclinar la balanza en uno u otro sentido. Y no se trata solamente de la participación política sino incluso de la social y comunal: generalmente son unos pocos miembros de las comunidades quienes mantienen una actividad organizada por el bienestar común.

Al observar un día tan excesivamente normal como ese en el que un puñado de estudiantes marchaba hacia la nunciatura, no se puede dejar de pensar en la gran capacidad de adaptación de las sociedades a regímenes autoritarios y totalitarios; adaptación que se manifiesta en historias como las que cuenta Anne Applebaum en su indispensable libro “El telón de acero”, sobre artistas, intelectuales o técnicos que se vieron atrapados en sociedades donde las oportunidades y libertades estaban estrictamente limitadas y supervisadas por una burocracia omnipresente, y debieron adaptarse aprovechando los pequeños resquicios que dejaba el sistema para la realización personal, al costo de convertirse en eunucos políticos, mientras otros prefirieron incorporarse a los espacios de poder. Historias que se han repetido en muchos lugares y momentos, cuando se ha perdido la esperanza de cambiar al sistema o escapar de él. Historias que nos esperan o ya nos estamos contando.

(Las ideas aquí planteadas no pretenden ser originales, ya que provienen de discusiones recientes, sobre todo en cortos textos de Facebook, en los que he podido aprovechar aportes de, ante todo, Ángel Álvarez, pero también en muy alto grado de Guillermo Aveledo Coll y Armando Chaguaceda. Naturalmente, las interpretaciones, malinterpretaciones y errores son sólo míos.)

 

La premisa de efectuar un referéndum revocatorio presidencial en 2016 es ¿era? que un régimen autoritario va a permitir ser desplazado del poder pacíficamente, dejando de aprovechar el control que tiene sobre las diferentes ramas del poder público. Aunque a primera vista esto parece contradictorio y hasta absurdo, en algunos casos (Chile, Polonia) ha ocurrido, aunque en el contexto de negociaciones previas que han garantizado cierta impunidad a los gobernantes salientes, o una transmisión gradual del poder, en la que permanecen enclaves autoritarios.

No es este el caso en Venezuela, ya que el régimen no ha visto incentivos para la negociación, y por lo tanto un revocatorio exitoso para la oposición significaría una salida desordenada del poder, que no le permitiría garantizar un mínimo de impunidad. Y el régimen no tiene incentivos para negociar porque hasta ahora la oposición no ha tenido más recursos de poder que unos pocos cargos regionales y locales, a los que se sumó desde inicios de este año el control de la Asamblea Nacional con una mayoría de dos tercios, y finalmente una cierta capacidad de movilización pacífica que ha sido fácilmente reprimida. Aunque las protestas políticas han sido frecuentes y la población es mayormente opositora, ellas parecieran caer en un vacío que no es capaz de instigar en los gobernantes el suficiente miedo a un rival capaz de desplazarlo.

Es por eso que la suspensión de la recolección de la voluntad de revocar de un 20 por ciento de la población, acompañada de la prohibición de salida del país de un conjunto de dirigentes políticos, se permite apoyarse en bases jurídicas escandalosamente débiles, por no decir inexistentes. Con ello el régimen exhibe la impunidad con la que puede tomar decisiones arbitrarias e imponerlas al país sin temor de que ellas produzcan reacciones que pongan en peligro su estabilidad.

La respuesta de la MUD ha sido el anuncio y realización de nuevas movilizaciones de masas, prometiendo incluso llegar a la sede del poder ejecutivo el 3 de noviembre si no se restituye el proceso revocatorio. La Asamblea Nacional, por su parte, ha iniciado un intento de sustituir a los magistrados del Tribunal Supremo y la directiva del Consejo Nacional Electoral, a lo que suma un “juicio político” al presidente Maduro; pero estas iniciativas, dado el control del ejecutivo sobre las demás ramas del poder público, tienen poca viabilidad política y, en el caso del “juicio político”, débiles bases jurídicas.

Lamentablemente, no parece haber en las movilizaciones alguna novedad, o una estrategia de resistencia no violenta o de desobediencia civil bien organizada, por lo que no se ve cómo pudiera la oposición revertir el creciente autoritarismo del régimen, que no sólo se manifiesta en decisiones arbitrarias, sino en una represión cada día más intensa y violenta, a la que se suman detenciones arbitrarias e ilegales, seguidas de acusaciones sustentadas en pruebas forjadas, maltratos y hasta torturas a los detenidos.

Quedan otros dos actores con poder que hasta ahora no se han movilizado activamente: la “comunidad internacional”, a la cual se ha venido apelando, pero teniendo conciencia de los límites de su capacidad de influir sobre las correlaciones de fuerza, y el estamento militar, cuyo alto mando respondió negativamente a los llamados directos de la oposición a desobedecer las órdenes ilegales al régimen, ratificando su identificación con el mismo.

La suspensión del 20 por ciento es a la vez un acto de poder, una exhibición del mismo y una provocación, en la medida en que cierra la solución institucional y pacífica que la oposición había priorizado, y parece empujar a una radicalización que pueda servir de excusa para la ilegalización de los partidos de oposición, el encarcelamiento de sus principales dirigentes, y la neutralización de la Asamblea Nacional. La escalada del conflicto en la calle y en la AN pareciera deslizarse por los rieles tendidos por el régimen hacia el escenario del descabezamiento de la oposición.

Si recordamos que Cuba ha vivido casi sesenta años bajo un régimen de partido único, donde el Estado-partido domina hasta el último resquicio de la vida cotidiana, y donde cualquier palabra o gesto opositor son considerados actos de guerra impulsados por la potencia enemiga, sin que la mencionada comunidad internacional haya podido o querido impedir el afianzamiento del totalitarismo y la violación cotidiana de los Derechos Humanos, podemos darnos cuenta del atractivo de este tipo de régimen para la actual camarilla en el poder.

Paso a paso ha seguido la receta probada una y otra vez en otros países: control de las instituciones públicas, de los medios de comunicación, de la educación, destrucción de la sociedad civil y su sustitución por correas de transmisión. Dos de las pocas esferas que faltan por controlar son la del sector privado y la de los partidos políticos, y si no lo han logrado ha sido más por la resistencia que han encontrado que por falta de interés. La ilegalización de la MUD o de la oposición en general sería un paso estratégico hacia un nuevo sistema político unipartidista de hecho, aunque pueda adornarse de partidos de maletín dispuestos a hacer el papel de pseudo opositores; y la alianza con empresas transnacionales como las asociadas en el Arco Minero o en el sector petrolero permitiría (casualmente, igual que en Cuba) relacionarse directamente con capitales interesados sólo en sus beneficios y estrictamente indiferentes al carácter opresivo del régimen.

El aparente acorralamiento del régimen por las acciones institucionales de la Asamblea Nacional y la intensificación de las movilizaciones de calle podría ser una ilusión, en la medida en que aquél conserva todavía el control de todas las instituciones y del poder coercitivo frente a una población hambrienta y por lo tanto dependiente de sus dádivas. Lamentablemente, la mayoría de los venezolanos no puede perder un día de trabajo, o un día de hacer colas para comprar alimentos, para dedicárselo a una marcha o una protesta. La protesta generalmente requiere años de la acción de las vanguardias políticas y sociales, que pagan un alto precio personal por su persistencia en oponerse y protestar. Las masas se incorporan cuando ya se intuye la caída final del régimen, para darle el último empujón.

Ante este panorama, sólo una intensificación de las divisiones entre las facciones chavistas, que existen pero no han sido hasta ahora suficientemente intensas como para romper el tramado de intereses que los unen, podría debilitar suficientemente al régimen como para inducirlo a la negociación y a aceptar una disminución gradual y relativa de su control sobre el Estado y la sociedad. En forma simétrica, una ruptura interna de la MUD y la dispersión de los actores que la componen significaría la desaparición de cualquier esperanza de frenar al proyecto totalitario.

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Caracas, 26 de octubre de 2016

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El autoritarismo electoral chavista está intentando desesperadamente perder su carácter electoral, es decir, convertirse en un autoritarismo pleno. El discurso y la acción del grupo en el poder se han concentrado, desde el mismo 6 de diciembre, en negar la derrota no sólo verbalmente sino en los hechos. Esto significa que, como se hizo en otras oportunidades, se trata de impedir que el voto mayoritario por la oposición tenga consecuencias políticas. Estrategia habitual de los autoritarismos electorales, que promueven y dirigen elecciones con el fin de legitimar su poder, pero tienden a desconocerlas o devaluarlas cuando son derrotados; y el régimen chavista ha dado numerosos ejemplos de ella. La más reciente de las maniobras fue pensada con una visión estratégica desde mediados de 2015: dado que los períodos de ejercicio de muchos magistrados del Tribunal Supremo culminaban en 2016, se presionó a estos para que renunciaran y fueran sustituidos por magistrados todavía más identificados con el régimen, con lo cual se garantizaba un TSJ incondicional al chavismo por muchos años. A pesar de la falta de coordinación y el incumplimiento de muchos requisitos legales, se logró hacer esta designación pocas horas antes de culminar el período constitucional de la Asamblea saliente.

La segunda estrategia ha sido la impugnación de las elecciones en varios circuitos de todo el país;  presentadas y respondidas con asombrosa celeridad, dichas impugnaciones lograron “rebanar” (es un término usado por Luis Salamanca) la mayoría calificada de 2/3, amenazando a la Asamblea con anular todas sus decisiones si no acataba la decisión de desincorporar a 4 diputados opositores. Las impugnaciones han seguido presentándose en el mes de enero, y el Tribunal no se ha pronunciado sobre ellas. Pero lo importante es que ya se logró despojar a la mayoría de la Asamblea Nacional de una parte de los poderes que le transmitieron los votos, no una parte cualquiera sino la que le daba la posibilidad de producir cambios más profundos. Después de la confrontación en la que la oposición se vio obligada a retroceder, el gobierno ha jugado a la ambigüedad, autorizando a veces y otras impidiendo la comparecencia de ministros ante las comisiones legislativas, negociando su participación en el Parlatino y el Parlasur, y evitando ponerse totalmente de espaldas al legislativo. Sin embargo, la amenaza de desconocimiento está allí; su primer ensayo fue el de la Sala Electoral, pero ya Maduro ha anunciado que va a impedir la ejecución de la ley que otorga la propiedad a los beneficiarios de la Misión Vivienda. Tanto en ese caso como en el de nuevas medidas cautelares que  pretendan reducir más aún el tamaño de la mayoría opositora, el grupo en el poder cuenta con el TSJ como barrera infranqueable para las iniciativas de la oposición. Al mismo tiempo, se trata de crear o revivir supuestos instrumentos de participación popular como las comunas, el o los parlamentos comunales, el Congreso de la Patria, y sobre todo, insistir en que la actual mayoría es “circunstancial”, mientras que el “Poder Popular” está, por mandato constitucional, por encima de los poderes constituidos.

¿Puede el actual grupo en el poder tener éxito en esta estrategia, que se dirige a estabilizar el régimen sobre nuevas bases?

Aquí es necesario distinguir entre viabilidad económica y política. La obstinación mostrada por el grupo dominante en no cambiar sino profundizar el control autoritario sobre la economía, a pesar de sus resultados catastróficos para la población y la inevitable derrota electoral, parece indicar que ese grupo no ve el bienestar material de la población, en términos de alimentación, salud y seguridad, como una prioridad política, tanto que, enfrentado a predicciones bien fundadas sobre un resultado electoral muy negativo, no hizo el menor intento por cambiar el rumbo. En lugar de políticas públicas dirigidas al bienestar de las mayorías se recurrió al reparto selectivo de bienes entre grupos minoritarios, como taxistas, estudiantes y empleados públicos. Pero, dada la disminuida disponibilidad de recursos, esta distribución “focalizada” no logró (porque no podía hacerlo) compensar el descontento generalizado en los sectores populares y medios que habían sido el soporte electoral del chavismo. Estas actitudes, tanto las pre- como las postelectorales, parecieran indicar que se está buscando un modo de hegemonía política donde lo electoral deje de ser una competencia real por el poder y se convierta en un ritual vacío, cuyos resultados sean irrelevantes para el control del poder. En este tipo de modelo (bien conocido, por lo demás), como no es necesario lograr mayorías reales, basta con asegurarse la lealtad de una parte de la población para que brinde apoyo “espontáneo”, propaganda y colaboración en las actividades represivas del Estado, a cambio de privilegios materiales y políticos (incluyendo la impunidad de la corrupción de alto nivel), mientras el resto de la población es sometida por las pinzas de la escasez y la represión.

Como se ha denunciado innumerables veces, el “fracaso” económico de los socialismos reales fue una, si no la principal, de las bases de su viabilidad política: al lograr concentrar la satisfacción de las necesidades básicas en la buena voluntad del Estado, se logra doblegar la voluntad de los ciudadanos; y cuando esto no es suficiente, se apela al desproporcionado aparato represivo que se confunde con la sociedad a través de sus “patriotas cooperantes”.

Es cierto que muchos de estos regímenes, aunque duraderos, terminaron derrumbándose, pero ello requirió una combinación de factores internos y externos, económicos, políticos y culturales muy particular. Otros, en condiciones económicas mucho peores, como Cuba y Corea del Norte, conservan un rígido control sobre la sociedad y no se atisban en ellos procesos de cambio como los de Europa del Este.

Es evidente que Venezuela se acerca cada día más a las condiciones económicas de penuria y dependencia del Estado que han facilitado la implantación y consolidación de los regímenes totalitarios; las políticas económicas anunciadas se basan en un control o supervisión del Estado sobre toda la vida económica, tal como se ha venido practicando en áreas cada vez mayores, por lo cual son muy pocos los espacios relevantes de autonomía de los actores económicos.

Sin embargo, es en el aspecto político donde se puede percibir la debilidad del proyecto de radicalización económica: no sólo en el campo de lo político-electoral, que ha puesto al régimen a la defensiva, sino en no haber logrado, en 17 años y a pesar de sus grandes esfuerzos, aniquilar totalmente a las organizaciones autónomas que se han resistido a convertirse en engranajes del Estado: partidos políticos, gremios de profesores y estudiantes universitarios, organizaciones de desarrollo social y de defensa de derechos, iglesias y cultos, gremios profesionales, algunos sindicatos (a pesar de su gran debilidad), gremios empresariales, cooperativas y muchos otros.

El carácter híbrido del autoritarismo competitivo impidió que se pudiera liquidar en poco tiempo todas estas expresiones de pluralismo político y social, a diferencia de la práctica habitual de los regímenes leninistas.

En otros tiempos, la distinción entre democracia formal y real bastaba para deslegitimar a la primera como “dictadura de la burguesía” y justificar a la segunda (es decir, la dictadura del proletariado) como la verdadera democracia. Como han mostrado, entre otros, Levitsky y Way, desde la caída del bloque soviético la noción de democracia se hizo más homogénea por el fracaso de sus alternativas, y las luchas progresistas contra las dictaduras de derecha se hicieron cada vez más en nombre de la democracia y no de la revolución. La necesidad de presentar credenciales democráticas como medio para legitimarse ante los organismos internacionales (especialmente los que controlan recursos financieros y programas de ayuda al desarrollo), obliga a presentar al menos una fachada en la cual las elecciones periódicas ocupan un lugar privilegiado; las prácticas autoritarias pueden ser disimuladas siempre que haya una apariencia de normalidad electoral.

En el caso del chavismo se presentaron simultáneamente dos estrategias: si bien se atacó en forma implacable a la democracia representativa y se ensalzó la participativa, el régimen nunca perdía oportunidad de destacar sus victorias electorales, que le daban legitimidad precisamente en términos de representación, mientras ensayaba diferentes formas de participación que debían ser la base de la nueva democracia, que superaría a la representativa y la haría obsoleta.

Mientras se esperaba el resultado de los experimentos de organización, no se descuidó el intento de ocupar los espacios de la sociedad civil con organizaciones paralelas promovidas y financiadas por el Estado, a las cuales se reconocía como representativas de sus sectores sociales en lugar de las autónomas a las que pretendían sustituir. A pesar de estos esfuerzos, no se logró aniquilar totalmente a esas organizaciones (aunque se les debilitó considerablemente) ni legitimar a las paralelas.

El enorme poder económico del  Estado, el control de todas las instituciones y la indudable adhesión mayoritaria a la figura de Chávez permitieron una cadena de victorias electorales que sólo se rompió en 2007 con la derrota en el referendo aprobatorio de la reforma constitucional.

Dicha reforma contenía, especialmente en los artículos propuestos por el presidente, las bases de un modelo alternativo de poder popular que, en sus palabras, “no nace del sufragio ni de elección alguna”. Con Chávez en el cenit de su popularidad y una enorme holgura de recursos, se estuvo cerca de reunir las condiciones ideales para la implantación de la “democracia participativa”, dejando atrás la representativa. Por eso la derrota de la propuesta por un margen mínimo desconcertó a Chávez y le hizo buscar formas indirectas de lograr sus objetivos.

Pero ya la oportunidad irreemplazable había pasado, y en los años siguientes, aunque se trató de concretar las instituciones previstas en el proyecto por medio de leyes y recursos financieros, se había perdido el impulso transformador y se fue imponiendo la complejidad de la gestión de una sociedad plural. Aunque se impulsó la llamada hegemonía comunicacional y se obtuvieron algunas victorias electorales, como la del referéndum que aprobó la reelección ilimitada, los consejos comunales y las comunas no lograron sustituir a las instituciones que los ciudadanos consideraban parte de su cultura cívica (concejos municipales, alcaldías y gobernaciones), ni se logró crear un sector productivo del “poder popular”, por lo cual las necesidades de la población siguieron siendo satisfechas por mecanismos de mercado, a pesar de ser fuertemente regulados por el Estado.

Volviendo al presente, y al discurso fundamentalista del grupo aparentemente hegemónico en el chavismo hoy en día, se puede observar la desconexión entre ese discurso y la realidad. El “pueblo” chavista que se invoca no sólo abandonó al régimen en las urnas sino en la calle, por lo que tiene que recurrirse a incentivos materiales y amenazas para garantizar sus movilizaciones. El discurso del sacrificio patriótico como explicación de las restricciones al consumo choca con las evidencias cotidianas de corrupción de la burocracia, y la figura del líder carismático se desdibuja cada día que pasa. En estas condiciones, el intento de radicalizar la revolución y establecer el modelo totalitario requeriría una represión intensa y extensa, para la cual no bastan los grupos paramilitares armados por el gobierno.

Por su lado, la oposición está sujeta a la amenaza de nuevas maniobras: cualquier respuesta, por justificada que ella sea, para desafiar al corrupto poder judicial será tomada como excusa para anular su poder y hasta su existencia legal; pero en algún momento se deberá enfrentar esta estrategia de desgaste, dejando de retroceder y denunciando al Tribunal Supremo como lo que es: una maquinaria para la destrucción de la voluntad popular expresada en el voto. Planteado por fin el conflicto abierto de poderes, sólo queda la posibilidad de que sectores del gobierno menos radicalizados abran un espacio para el diálogo político. En caso contrario, una vez más en la historia del país el estamento militar se verá atribuir el papel de árbitro que nunca debió corresponderle.

Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 5.900 veces en 2014. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 5 viajes transportar tantas personas.

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