El país y el ciudadano vistos por el “Proyecto Ético Socialista Bolivariano”

En su primer capítulo, el “Primer Plan Socialista” esboza un diagnóstico de la sociedad venezolana y sus habitantes. Plantea que:

“…parte de la constatación de una realidad cuyos rasgos dominantes son:
• La confrontación entre un viejo sistema (el capitalismo) que no ha terminado de fenecer, basado en el individualismo egoísta, en la codicia personal y en el afán de lucro desmedido, y un nuevo sistema (el Socialismo) que está naciendo y cuyos valores éticos, como la solidaridad humana, la realización colectiva de la individualidad y la satisfacción racional de las necesidades fundamentales de hombres y mujeres, se abre paso hacia el corazón de nuestra sociedad.”

Como dijimos en un comentario anterior, en este discurso la base del capitalismo no es, como en los análisis marxistas, la historia, ni las fuerzas productivas o las relaciones de producción, sino un conjunto de actitudes colectivas y “personales”. Asimismo, no se trata de una lucha entre clases “objetivamente determinadas” lo que derrocará al poder establecido, sino que, como la flecha de Cupido en una tarjeta cursi, los valores del socialismo “se abre[n] paso hacia el corazón de nuestra sociedad”.
Y en cuanto al contenido de estos valores, si bien la solidaridad es más o menos comprensible, pero muy imprecisa, ¿Qué significa “la realización colectiva de la individualidad”? ¿Quién define lo que es una satisfacción “racional” y cuáles las necesidades “fundamentales”? Pareciera que se pretende basar un proyecto de sociedad en “valores” o en una “ética” que se cree evidente por sí misma, para la cual términos como solidaridad, individualidad, racionalidad y necesidad son tan obvios que no necesitan ser problematizados.

Continuando el diagnóstico de la sociedad venezolana, se hace notar:

“• El estado en el cual permanece un número importante de venezolanos, por lo mismo, imposibilitados de satisfacer sus necesidades primarias y desarrollar la espiritualidad inherente a toda persona.”

Parece estarse diciendo que, si una persona no ha satisfecho sus necesidades primarias, no puede desarrollar la “espiritualidad”, sea lo que signifique este término. Después de mencionar rasgos como “El terrible lastre capitalista de la sub-cultura de la corrupción y el soborno”; y “El uso y la promoción de la violencia psicológica y material que los medios de comunicación utilizan…” se plantean algunos desafíos para el proyecto, de los cuales hoy solamente analizaremos uno:

“a. La necesaria superación positiva de la miseria y la pobreza material y espiritual que garantice la realización de la ética y no su anulación.
Está claro que el estado de necesidad permanente anula cualquier posibilidad real del ser ético.”

Esta última expresión resulta asombrosa en un texto que se pretende “de izquierda” y “revolucionario”. Invirtiendo la concepción de Marx según la cual el proletariado, precisamente por “no tener nada que perder salvo sus cadenas”,  tenía en sí la posibilidad de ser el sujeto alternativo por excelencia, la pobreza real,  concreta, venezolana de hoy carece de “cualquier posibilidad real del ser ético”. Con lo que se termina coincidiendo con los sectores más conservadores, según los cuales pobreza es sinónimo de delincuencia y de carencia de “valores”.

Pero un problema adicional de esta concepción es que subordina el potencial de “espiritualidad” (podríamos decir mejor, de libertad, de autonomía, de humanidad) de las personas a la satisfacción de las necesidades materiales, abriendo el paso a la conocida coartada que durante muchos años usaron las dictaduras totalitarias: es prioritario que la gente satisfaga sus necesidades materiales, y si para ello hay que sacrificar la autonomía de las personas y sus libertades cívicas, su capacidad de pensar por sí mismas, pues se sacrifican. Después de todo, ¿Para qué necesitarían esas libertades, si no está a su alcance “cualquier posibilidad real del ser ético”? Para ser éticos están los gobernantes revolucionarios, cuyas necesidades materiales, casualmente, siempre están muy bien resueltas, lo que les permite alcanzar las cumbres de la ética y la espiritualidad.

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