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Archive for 12 agosto 2008

La discusión sobre el carácter del régimen político que se ha venido implantando en Venezuela en los últimos diez años sigue abierta, entre otras razones porque el régimen mismo no ha sido estable y homogéneo, sino que se ha venido transformando, cambiando algunas de sus referencias e instituciones, y a la vez ejerciendo una profunda influencia sobre todos los aspectos de la sociedad.

Aunque circulan diferentes caracterizaciones, positivas y negativas, como democracia participativa, revolución incompleta, régimen de transición al socialismo, populismo, totalitarismo, régimen militarista, etc., como todo fenómeno histórico, el proceso que vive Venezuela tiene rasgos únicos y originales. Pero ello no impide tratar de ubicarlo en marcos conceptuales que ayuden a comprenderlo.

El artículo “El régimen populista en Venezuela: avance o peligro para la democracia”, de Nelly Arenas y quien suscribe, publicado en 2006 e incluido en las páginas anexas de este blog, intentó una caracterización preliminar basada en una de las muchas tipologías de regímenes existentes. Aunque quienes quieran profundizar en sus argumentos pueden leer el artículo completo, a continuación presentamos una síntesis (con algunas actualizaciones) de una de las secciones del artículo, en la cual discutimos la posible validez de caracterizar al régimen chavista dentro de la categoría conocida como “sultanismo”. Es obvio que la caracterización tiene sólo un carácter de hipótesis para la discusión, y deberá seguir confrontándose con los nuevos procesos que van modificando cada día el carácter del régimen político actualmente predominante.

Chávez: la hipótesis autoritaria sultánica preservando algunos espacios democráticos

La tipología de regímenes políticos propuesta por Linz y Stepan (1996) puede aproximarnos a una tipificación preliminar y parcial del régimen chavista. Estos autores definen cuatro dimensiones que permiten clasificar a los regímenes políticos: grado de pluralismo, ideología, movilización y liderazgo. A partir de ellas, construyen cinco tipos ideales de regímenes políticos modernos, a saber:  democracia, autoritarismo, totalitarismo, postotalitarismo y sultanismo.

•    En el sultanismo, según estos autores, el pluralismo económico y social no desaparece pero está sometido a intervenciones impredecibles y despóticas. No hay ningún grupo ni individuo, en la sociedad civil y política o en el Estado, libre  del ejercicio del poder despótico del sultán; no existe el imperio de la ley, hay baja institucionalizacion y alto grado de fusión entre lo privado y lo público.
•    En lo ideológico, este tipo de régimen se distingue por la manipulación arbitraria de los símbolos, la glorificación extrema del gobernante, la ausencia de una ideología elaborada u orientadora mas allá del personalismo despótico, los escasos intentos de justificar iniciativas importantes sobre la base de la ideología, que consiste más bien en una pseudo ideología que no es creída por nadie , ni por los funcionarios ni por los sujetos, ni por el mundo externo.
•    La movilización tiende a ser manipulativa, de baja intensidad, de tipo ceremonial, que acude a métodos coercitivos o clientelísticos, sin organización permanente. También se caracteriza por la movilización periódica de grupos paraestatales que usan la violencia contra los grupos designados por el sultán.
•    El liderazgo es altamente personalista y arbitrario: no hay limitaciones racional-legales al poder del líder, hay una fuerte tendencia a la sucesión dinástica en el poder, no hay autonomía en las carreras públicas; la obediencia a los líderes se basa en el miedo intenso y las recompensas personales. El alto funcionariado proviene de miembros de su familia, amigos, asociados de negocios o de hombres directamente involucrados en el  uso de la violencia para defender al régimen. Las posiciones en el  entorno se derivan de la sumisión puramente personal al gobernante (Linz y Stepan, tabla 3.1).

Nuestra hipótesis es que el chavismo es un híbrido que combina elementos de la democracia, el autoritarismo y el sultanismo,  mostrando  tendencias que pudieran ubicarlo en lo que Linz (1987)  ha denominado “pretotalitarismo,” para indicar una situación de quiebre de la democracia.
Efectivamente, el régimen chavista mantiene algunos de los principios que hacen posible la vida democrática, como  por ejemplo la vía electoral, lo cual habla de la preservación de un cierto grado de pluralismo político. No obstante, las “arenas” en las que debe desenvolverse una democracia para ser tal, de acuerdo  a aquellos autores, aparecen desdibujadas en la Venezuela de hoy. Según estos autores, una democracia consolidada requiere la presencia de cinco “arenas”: Estado de Derecho, sociedad civil autónoma, sociedad política con derecho de lograr y ejercitar el poder, burocracia profesional y apolítica, sociedad económica que provee medios de sustento a la sociedad civil y de recursos al Estado (Linz y Stepan, 1996: 7-15).

El debilitamiento de estas arenas se manifiesta en varios procesos: la captura de los poderes públicos por el  ejecutivo; el desconocimiento por el Estado de la legitimidad de muchas organizaciones de la sociedad civil  y los intentos de crear otras paralelas fieles al régimen;  y la fractura del sistema político precedente, que ha derivado en una sociedad política débil. Muchos de los atributos que Linz y Stepan encuentran en regímenes no democráticos, como el autoritarismo y el sultanismo, pueden descubrirse en el chavismo con las particularidades del caso. De este modo, como en los regímenes autoritarios, en el chavismo el pluralismo político tiende a ser limitado, toda vez que los grupos o acciones de la oposición se asumen como  expresión del enemigo (generalmente encarnado en la “oligarquía”, que debe abolirse porque representa intereses extranjeros  que no son los del pueblo). El discurso dicotómico amigo-enemigo en el plano sociopolítico  anula el reconocimiento del otro, base del pluralismo y la tolerancia democrática. En cuanto al grado de pluralismo económico y social, el chavismo, gracias al manejo de los ingentes recursos petroleros de los cuales dispone, posee la capacidad para intervenir cada vez con más fuerza en los asuntos económicos, limitando las oportunidades en este sentido a los agentes nacionales, sobre todo a aquellos no afectos al régimen.
También puede observarse otra de las características del sultanismo, como la de someter a los diferentes factores económicos y sociales a intervenciones “impredecibles y despóticas”. Es esto lo que ocurrió en noviembre de 2001, cuando el ejecutivo promulgó 49 leyes sin consultar a los actores afectados por los mismos, contrariando el espíritu participativo de la Constitución de 1999 y desatando la crisis de ingobernabilidad que se expresó en numerosas marchas y paros de protesta entre 2002 y 2003.  [Podemos agregar, en 2008, que el procedimiento se repitió, pero con mayor ambición y radicalidad, en la promulgación de las leyes producto de la habilitación que concluyó el 31 de julio].
Asimismo, ningún grupo ni individuo en la sociedad, tanto civil como política, pareciera  estar libre del poder  sultánico del presidente. Sin embargo, este poder no se ejerce en forma visible y directa, sino teniendo como intermediarios a ciertos grupos organizados o las instituciones que han sido controladas por los partidarios del presidente. Los frecuentes ataques verbales del Presidente contra los medios privados han servido de justificación a manifestaciones de protesta y amenaza contra éstos e incluso de numerosas agresiones contra periodistas. Paralelamente, instituciones públicas como la autoridad impositiva (SENIAT) y el organismo regulador de las telecomunicaciones (CONATEL) someten a estos medios a frecuentes inspecciones, reparos y sanciones. Con esto se ratifica que el “imperio de la ley”  y la institucionalización en Venezuela son poco densas.  El control de los poderes en manos del ejecutivo, como se vio, facilita estas condiciones. De igual manera, la imbricación de lo privado y lo público también se manifiesta en el régimen y tiene su mejor expresión en el modo como el ejecutivo maneja las finanzas públicas
Pero es en  el plano simbólico que a nuestro juicio el gobierno de Chávez traduce mejor algunos rasgos sultánicos. Ciertamente éste ha  manipulado arbitrariamente los símbolos nacionales obedeciendo al mandato  del presidente. La bandera, el escudo y hasta el propio nombre de la república han sido alterados al gusto de Hugo Chávez. [Podemos agregar en 2008 que esta pasión nominadora no ha cesado. La imposición del cambio del color que identifica a los atletas venezolanos en competencias internacionales, y la “proposición” de cambiar el nombre de América Latina por Indoamérica, no son sino dos entre muchos casos.]

La “glorificación” del  máximo líder es otro de los rasgos sultánicos observables. Chávez aparece como el supremo guía del proceso revolucionario, el hombre dotado de excepcionales cualidades para dirigirlo. El ideal bolivariano aparece como un dispositivo ideológico sin contenidos reales, lo que indicaría la ausencia de una ideología “elaborada u orientadora” en este caso, tal como ocurre en los regímenes sultánicos en la definición de Linz y Stepan. Empero, sí es posible encontrar intentos de legitimar iniciativas de importancia sobre la base del bolivarianismo. Así, los liceos y escuelas bolivarianas se legitiman bajo la idea de la doctrina de Bolivar. No podemos conocer con precisión el grado de creencia en este ideal por parte de quienes lo portan, funcionarios o no, pero, en todo caso, el mismo aparece como una muleta simbólica que cohesiona y da sentido identitario a los adeptos del presidente.
Las movilizaciones promovidas por el chavismo pueden ser de alta o baja intensidad, dependiendo de  las necesidades coyunturales, aunque no exentas de  “métodos coercitivos clientelísticos”, como los que se ejercen sobre los funcionarios públicos o sobre los clientes que forman parte de las numerosas misiones que el gobierno ha implementado, a los cuales se les exige participar en las marchas y reuniones electorales.
Por último, con respecto al liderazgo, el régimen chavista se caracteriza por la fuerza personalista y arbitraria del presidente. La manera como designa y despide a sus colaboradores puede ser buen ejemplo: los funcionarios por lo general se enteran de que están despedidos porque aparece en la gaceta oficial o por el anuncio que el presidente hace desde su programa Aló, Presidente cada domingo.
En cuanto a las carreras públicas, se observa que las mismas se desenvuelven en Venezuela  cada vez más en función de la lealtad al proyecto revolucionario, respondiendo las designaciones importantes y medianamente importantes a este principio, el cual sirve de credencial insustituible.
Finalmente, aunque no está planteado un liderazgo dinástico, tal como Linz y Stepan reconocen en el sultanismo, las intenciones de reelección indefinida por parte del presidente hablan de una tendencia a la perpetuación de su poder que, de concretarse, eventualmente pudiera cristalizar un rasgo de este tipo. [Asimismo, la designación o imposición de parientes cercanos como el padre, el hermano, primos y otros parientes en cargos públicos estratégicos puede ser un ejercicio preparatorio para una eventual sucesión de tipo dinástico.]
En suma, la caracterización parcial que hasta aquí se ha hecho del chavismo nos permite afirmar  que el populismo del presidente Chávez parece estar girando hacia uno que pudiera revertir los haberes democráticos presentes en la sociedad venezolana desde hace varias décadas.

NOTA:

Agradecemos a Carlos Waisman la sugerencia de explorar la hipótesis del sultanismo para el análisis del régimen chavista. No obstante, asumimos la completa responsabilidad por la forma en que la hemos desarrollado.

Referencias:

Linz, Juan (1987) La quiebra de las democracias. Madrid, Alianza

Linz, Juan y Stepan Alfred (1996) Problems of democratic Transition and consolidation. Baltimore. Johns Hopkins University

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El conjunto de leyes anunciadas al país el 31 de julio de 2008 y publicadas varios días después en la Gaceta Oficial ha reactivado los debates sobre el carácter y dirección del régimen chavista.  También contribuyó a estos debates la sentencia del Tribunal Supremo que ratificó las inhabilitaciones pronunciadas por el Contralor General.
Algunos análisis interpretan estas leyes como un paso más en la dirección hacia el socialismo más tradicional, el totalitario, en la medida en que tienden a acorralar cada vez más a la empresa privada, tanto agrícola como industrial y comercial, privilegian nuevas formas de propiedad “social” (más imaginarias que reales) y aumentan los instrumentos de control del Estado sobre la sociedad. Otros consideran que la dirección implícita en esas medidas se corresponde más con un modelo “híbrido”, al estilo del socialismo chino o vietnamita, donde se combina el control absoluto de la esfera política por un partido único, con la existencia e incluso crecimiento de un sector privado y de mercados, siempre que los actores de esta esfera acepten mantenerse al margen de toda actividad política que pretenda desafiar el monopolio del partido.
Sin embargo, tanto en el caso de los totalitarismos tradicionales como en el de los “atenuados” de la actualidad, el Estado es controlado por una burocracia partidista  que, si bien se somete a la voluntad, a veces muy caprichosa, del dictador, va desarrollando una cierta capacidad técnica y organizativa propia, que le ha permitido afrontar la transición  al desaparecer el líder máximo.  Y es guiada por un conjunto de ideas que, por más que sean “interpretadas” a su manera por el líder, son fundamentalmente recetas bastante estereotipadas, inspiradas en el marxismo, y no han variado mucho, en lo esencial, en los diferentes países en los que se trató de aplicar el “socialismo real”: estatización total o cuasi-total de la economía, prioridad a la inversión sobre el consumo y a la industria sobre la agricultura, supresión de toda oposición política y vida organizativa independiente, etc.


Si bien en el caso del régimen venezolano de los últimos años pueden encontrarse algunos rasgos similares a los mencionados, las diferencias son importantes. En primer lugar, no existe ese aparato disciplinado y guiado por una doctrina simple que pueda ejecutar los proyectos del líder; las dificultades para constituir esa organización, que primero se concentraron en el fallido MVR y continúan afectando al PSUV, muestran que, si bien la intención de construir ese aparato es indudable, se está todavía muy lejos de lograrlo. Y en cuanto a la dimensión programática, ya hemos mostrado en comentarios anteriores la debilidad e inconsistencia teórica del planteamiento del “Socialismo del Siglo XXI”. No es que el marxismo simplificado del Siglo XX fuera una teoría adecuada para comprender y menos transformar la realidad, pero al menos tenía una cierta consistencia interna que le permitía orientar el proyecto de “construcción del socialismo” en una dirección comprensible para los burócratas encargados de realizarla.  Por el contrario, el mismo promotor del Socialismo del Siglo XXI reconoce que es todavía apenas un esbozo, algo “por inventar”,  por lo que busca constantemente nuevas fórmulas para avanzar a tientas por un camino que no existe: del interés por las cooperativas se pasa a las empresas de producción social, se atribuyen actividades productivas a los consejos comunales, se exige a las empresas del Estado que transformen su identidad e incursionen en esferas diferentes a su finalidad original; se promueven formas alternativas de intercambio como el trueque y, en general, se evidencia la improvisación en todos los ámbitos.
Finalmente, habría que preguntarse si es posible construir un modelo socialista tradicional a partir del rentismo, que se ha exacerbado en los últimos años como consecuencia de los precios excepcionalmente altos del petróleo. El rentismo contradice uno de los rasgos básicos que han caracterizado a los socialismos tradicionales, marcados por la escasez, por la necesidad de dar la mayor prioridad a la inversión sobre el consumo, para construir las bases materiales de un bienestar siempre  remitido al futuro. El régimen actual ha priorizado el consumo sobre la inversión, basándose en los ingresos coyunturalmente elevados, subsidiando los productos y servicios básicos, pero no ha sido capaz de aumentar la capacidad productiva endógena (para usar una palabra constantemente invocada por el líder). Y al mismo tiempo, ha permitido un altísimo grado de corrupción entre sus propios dirigentes y funcionarios, que tiende cada día más a que muchos de ellos se asimilen e integren a los “capitalistas” que públicamente atacan, alejándose así de cualquier aspiración a una revolución realmente radical.
Todo lo anterior lleva a pensar que, si bien las leyes recién presentadas aspiran a ir avanzando en un modelo parecido, en algunos sentidos, al “socialismo real”, la viabilidad de ese modelo en Venezuela parece enfrentarse a tres grandes limitaciones: carencia de organización disciplinada y eficiente, ausencia de un proyecto coherente, y dependencia de un modelo rentista que ha mostrado una y otra vez su fragilidad.

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