El monarca que llevamos dentro

Más allá del debate sobre la asignación de responsabilidades o culpas, la muerte de Franklin Brito se resiste a ser desplazada del espacio público, donde pareciera haber dejado una marca duradera. Porque es al mismo tiempo un hecho sin precedentes y la reafirmación de uno de nuestros más antiguos rasgos culturales. Un hecho sin precedentes, porque quien haya vivido algunas décadas en Venezuela recordará innumerables “huelgas de hambre” inauténticas, hechas para llamar atención de los medios o para promover dudosos liderazgos, pero de las que todo el mundo sabía que los “huelguistas” no tenían realmente la intención de arriesgar su vida y se aferraban de cualquier excusa para suspender su protesta. Franklin Brito se convierte así el primero entre varios centenares en tomarse en serio, hasta sus últimas consecuencias, el compromiso público de poner su propia vida como garantía de su reivindicación. Pero al mismo tiempo la lucha de Brito y su trágico fin reafirman la ilimitada fe de nuestra cultura en la intervención “in extremis” del Soberano para rectificar una injusticia, para reconocer al virtuoso y castigar a los malvados; no ese “soberano” simbólico que llaman pueblo, sino el Rey, que como buen padre de sus súbditos no sólo vela sobre ellos, sino es además la última instancia de la justicia, quien, iluminado por su especial relación con la divinidad, sabrá discernir entre los justos y los pecadores. Es sabido que Franklin Brito esperó hasta el final la intervención personal del presidente Chávez, a quien admiraba y respetaba, para desatar, con una palabra, la madeja de nudos y enredos en que se había convertido su caso. El que esta esperanza haya resultado frustrada es, en sí mismo, un tema para la reflexión. Pero más allá de esto, lo esencial es que la esperanza en la intervención providencial de ese “Deus Ex Machina” que es el presidente de la república no fue ningún rasgo excepcional de la personalidad de Franklin Brito, sino uno compartido, desde hace mucho tiempo y todavía en la actualidad, por muchos venezolanos. La avalancha de “papelitos”, y ahora de tweets lanzados hacia el presidente con la ilusión de captar un minuto de su atención, aunque no es un fenómeno nuevo, se ha intensificado en la medida en que estos diez años llevaron a cabo una brutal reconcentración del poder: si antes un alcalde o un gobernador podía desempeñar, en forma un poco más prosaica y gris, este papel providencial, el manto de la omnipotencia ha vuelto a posarse sobre los hombros del monarca; pero ese manto, como lo demostró Franklin Brito, también puede ser el de la indiferencia y la incapacidad.

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One thought on “El monarca que llevamos dentro”

  1. MUy bueno querido Luis. En verdad redondeaste el asunto al vincularlo con el Soberano; ese elemento no se ha manejado. Con Brito vemos como el pueblo que es asumido como el cuerpo del REY, comienza a descomponerse. Ojalá y esa descomposición termine pudriendo al REY…

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