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Archive for 12 diciembre 2013

 

10762VenezuelaEn los últimos días se han presentado numerosos análisis sobre las elecciones del 8 de diciembre en Venezuela, que consideran factores importantes como el contexto económico, las condiciones de la competencia, los niveles de abstención y el impacto de sus ambiguos resultados en el futuro inmediato. A pesar de la indudable validez de estos análisis, ellos parecen quedarse en el plano de la racionalidad instrumental de los sujetos individuales y colectivos, que planean estrategias, se organizan para ejecutarlas y evalúan los resultados para corregir el rumbo. El gran ausente es el mundo de las emociones, como si los analistas se hubieran esforzado por censurar su alegría o decepción por los resultados, para generar un discurso neutro y “objetivo”, ajeno a las turbulencias afectivas que, sin duda, afectaron a dirigentes, ciudadanos comunes y analistas, tanto durante la campaña electoral como, sobre todo, en el momento crucial del conteo de los votos.

En vida de Chávez, la estrategia política era inseparable de su dimensión emocional, y ambas eran magistralmente conducidas por el caudillo para reforzarse mutuamente: toda decisión sobre políticas públicas era acompañada de un relato histórico-afectivo en el cual se señalaban claramente héroes y villanos, pero sobre todo víctimas y victimarios, estimulando la compasión por unos y el odio hacia los otros, relato que culminaba identificando cada política pública con una reivindicación de los primeros y un castigo a los segundos.

Maduro intentó imitar las palabras del relato, pero él mismo terminó por darse cuenta de que ellas por sí solas carecían de la potencia necesaria para reanimar el fervor revolucionario, porque eran inseparables de la persona misma del difunto presidente; oírlas en la voz de Maduro hacía más cruel el contraste entre el original y la copia. Es quizás por ello que, acorralado por la pérdida de popularidad que indicaban los sondeos, decidió huir hacia adelante, sustituyendo su discurso inefectivo por decisiones impactantes que removieron emociones ya casi olvidadas.

Son algo simplistas las explicaciones que atribuyen el aumento de la aprobación del gobierno en las últimas semanas a una especie de incorregible carácter consumista y rentista de los venezolanos, como si fueran cobayas de laboratorio que responden a un estímulo con una respuesta condicionada. En la avalancha de saqueos -legitimados o no por el gobierno- hubo algo más que deseos adquisitivos: se trató de una revancha contra los “explotadores”, hasta el punto de que muchos de los participantes en los tumultos se llevaban, o compraban, objetos que no habían creído necesitar o, cuando se agotaron los más codiciados, terminaban por conformarse con los de escaso valor, pero no querían perderse el acto mismo de participar en el castigo que el gobierno había impuesto desde arriba; más allá de la obvia racionalidad económica de apropiarse sin costo -o a uno muy bajo- de mercancías que se convierten en reserva de valor ante la inflación, el saqueo legitimado fue un ritual de reencuentro emocional de las bases decepcionadas con el discurso redentor de la revolución.

Aunque se formaron largas filas de espera para acceder a los productos rebajados de precio, el carácter de ellas era radicalmente distinto de las que se hacen para obtener los productos básicos. Liberarse aunque sea por pocas horas, como en un cuento de hadas, de las apremiantes leyes del mercado, alivió la sensación de pérdida de libertad que acompaña siempre a la escasez: después de meses de incertidumbre sobre la presencia o no de bienes básicos en el mercado, de centenares de horas dedicadas a hacer filas para obtenerlos, de impotencia ante los aumentos cotidianos pero inexplicables de los precios, la invitación a apropiarse de aquellos objetos no esenciales, dedicados a mejorar la calidad de vida de quienes han resuelto el problema de la subsistencia, significaba una reivindicación del derecho de cada uno a escapar, unas pocas horas al día, del reino de la necesidad para administrar sus pequeñas y privadas parcelas de libertad. Libertad negada por las horas perdidas en interminables retrasos del tránsito; por las largas esperas en los hospitales, las oficinas públicas o los bancos, sin posibilidad alguna de renunciar a ese trabajo, ese servicio, ese subsidio, esa promesa, y por lo tanto de escapar a las exigencias de la necesidad.

Esta tentación de liberarse momentáneamente de las presiones de una economía inflacionaria no fue exclusiva de los sectores populares; entre los aspirantes al mágico regalo de un precio ajeno al mercado se contaron muchos de clase media, que no dejan de sentir la misma asfixia ante el creciente bloqueo de las expectativas que por mucho tiempo formaron parte de su identidad. Pero, si por algunos días la emoción predominante fue el alivio, no sólo por las acciones del gobierno sino más aún por sus promesas de extender el control de precios a todo el universo económico, poco a poco retornaron a la superficie otras emociones que habían permanecido latentes: la ira, el resentimiento y el miedo.

Al contrario de lo que algún discurso opositor radical quisiera, la ira y el resentimiento no son propiedad exclusiva de los chavistas, ni el miedo lo es de los opositores. En los últimos quince años estas emociones se han entreverado y circulado como una corriente alterna entre los polos que hoy constituyen nuestra sociedad. Si bien es cierto que el discurso de Chávez y sus sucesores se alimenta en gran parte de las dos primeras emociones, y las ha utilizado para potenciar el impacto de sus políticas, el chavista de base también teme a los opositores, como han recordado frecuentemente quienes tratan de excusar las tendencias autoritarias del régimen; el golpe de abril de 2002 y el impacto de la huelga general de ese mismo año sobre la población se aducen como prueba de un pretendido carácter reactivo de la agresividad política oficial, y de la desconfianza que impide a muchos oficialistas descontentos consumar su ruptura con el régimen.

Y por su parte, la ya larga cadena de fracasos, así sean relativos, de los intentos opositores por desplazar o al menos frenar el avance del proyecto totalitario alimenta la ira y el resentimiento de sus bases. Cuando se cree que la razón, el conocimiento, los “valores” y el bien están de nuestro lado, se hace más difícil comprender, y menos aceptar, que ese enemigo al que despreciamos se nos imponga una y otra vez, y sepa manipular hábilmente las instituciones para aparentar que obedece a las reglas de un juego limpio.

Y no hay un terreno donde esta paradoja se exprese con más intensidad que en el electoral. En efecto, el sistema electoral venezolano es un ejemplo casi perfecto de lo que Andreas Schedler ha llamado la manipulación de las instituciones democráticas, y especialmente de las elecciones, por el autoritarismo electoral. Desde el proceso electoral de 2006, los opositores de base se han visto enfrentados a un doble mensaje proveniente de sus líderes: sí, es cierto que el Consejo Nacional Electoral está parcializado a favor del gobierno, y hará todo lo posible por arrancar cualquier victoria de nuestras manos, pero debemos participar en este proceso sesgado porque no tenemos alternativa, y además hay una pequeña isla de neutralidad técnica en la que se detiene la capacidad de manipulación del régimen.

Se enfrenta así el opositor de base a algo muy parecido al “doble vínculo” de Bateson, en el que sus mismos dirigentes están atrapados; debo votar, pero es muy probable que mi voto sea robado o ignorado; pero, de todas maneras, debo seguir votando. Esta tensión entre una esperanza tenue y una frustración segura (porque, aunque se obtengan victorias parciales, ellas siempre estarán teñidas por el ventajismo y la manipulación) se traduce en unos casos en apatía, en otros en rabia y casi siempre en resentimiento, no sólo contra el adversario, sino contra el propio campo y hasta sí mismo.

El opositor que, distanciándose momentáneamente de sí mismo, se observa como lo haría un espectador, puede llegar a sentir una profunda indignación por la manera en que una y otra vez se somete a la intrusión del proyecto totalitario en sus derechos políticos y cívicos, su libertad y hasta su vida cotidiana, tolerando situaciones que nunca habría imaginado poder soportar. La conciencia de que es el miedo el que impulsa esta sumisión agrava la ira y el resentimiento, al enfrentar, en otro terreno pero con la misma intensidad, a la persona con los límites de su libertad. Por más humillantes que sean las restricciones impuestas por el régimen, el principio de realidad obliga a la prudencia, el silencio o la retirada ante un poder cada vez más arrollador. Y de allí que, de tanto en tanto, la ira se convierte en acicate para acciones o proyectos que, no por ser desesperados o poco realistas pierden su intensa atracción, ya que responden a una necesidad profunda de creerse libres, de soñar que se puede enfrentar la realidad para cambiarla. La indignación que producen hechos como la manipulación descarada de las cifras por la presidenta del Consejo Nacional Electoral, al presentar los recientes resultados electorales, parece indicar que ellos y otros similares operan como provocaciones para manipular, ya no las emociones de sus seguidores, sino las de sus adversarios.

Para concluir, no se trata de recomendar que pongamos nuestras emociones a un lado y nos comportemos como seres pretendidamente racionales, sino de reconocer el papel que ellas juegan en toda estrategia política. Desde octubre de 2012 en adelante, el dos veces candidato de la oposición, Henrique Capriles, parece haber comprendido la importancia de esta dimensión, tanto en su aspecto constructivo como destructivo, y ha tratado de canalizarla. Sin embargo, las emociones negativas parecen hoy estar predominando sobre aquellas que favorecen el diálogo y la convivencia entre los ciudadanos.

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