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Archive for 7 noviembre 2016

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El pasado 3 de noviembre fue, a diferencia de lo esperado poco antes, un día excesivamente normal. ¿Puede algo ser excesivamente normal? Eso afirmaba, durante la huelga general de 2002-2003, el entonces hombre de confianza del chavismo, José Vicente Rangel, para minimizar los efectos del paro, y desde entonces la expresión ha sido apropiada por el discurso opositor cada vez que se quiere subrayar el contraste entre una situación denunciada y la supuesta normalidad que, según el oficialismo, habría en el país.

Pero algo puede ser excesivamente normal si se está esperando que suceda algo extraordinario; en este caso, la normalidad produce decepción y si aquella es notable, visible, innegable, la decepción se hace mayor: es un exceso de normalidad no deseada.

El 3 de noviembre debía haber sido uno de esos días extraordinarios, porque era la fecha para la que la oposición agrupada en la Mesa de Unidad Democrática había anunciado una gran protesta nacional contra la suspensión indefinida del referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro, protesta que culminaría en Caracas con una movilización hacia el palacio de Miraflores, sede del poder ejecutivo. La promesa de llegar a Miraflores se fue dibujando en forma gradual y confusa, con avances y retrocesos, declaraciones ambiguas y polémicas en el seno de la MUD, pero se había convertido en la identidad de esa movilización, su anzuelo para renovar el entusiasmo de las masas cansadas de marchar sin resultados.

No importa que la mayoría de los líderes y sus seguidores en realidad no creyeran que era posible acercarse a esa casona decimonónica con ínfulas de palacio, porque sabían perfectamente que ella iba a estar rodeada de cuerpos armados formales e informales que alzarían una barrera inexpugnable frente a los manifestantes. El solo hecho de plantearse “ir a Miraflores” funcionaba como un mecanismo simbólico de compensación frente al despojo de la esperanza centrada en una remoción pacífica y legal del presidente. Porque la última vez que la oposición se acercó, aun sin llegar, a Miraflores, se produjo una matanza que, como dirían algunos politólogos, “elevó el costo de la represión” y proporcionó la excusa para el golpe que se había planificado contra Chávez. Para muchos ciudadanos decepcionados por la frustración de la vía legal, “ir a Miraflores” significaba revivir la fantasía de volver a vivir ese día y medio en el que se creyó solucionado para siempre el “problema Chávez”, porque algunos militares tuvieron “las bolas” de derrocarlo.

Sin embargo, se atravesó el diálogo y la MUD, ante la solicitud explícita, por no decir chantaje abierto, del representante papal, se resignó a postergar la movilización para contribuir al mejor desarrollo de las conversaciones. En efecto, el enviado de la Santa Sede advirtió a los dirigentes de la MUD: «Mi miedo es que haya muertos en la manifestación del jueves. Y si hay muertos, el diálogo, ¿qué diálogo es?» Lejos de pensar en recomendar al gobierno que ejerciera control sobre sus cuerpos armados para que evitaran asesinar a manifestantes, el delegado del vaticano echó sobre los hombros de la oposición la responsabilidad de evitar los muertos, cuando ella es precisamente la parte desarmada del conflicto.

Es conocida la ola de descontento, decepción e improperios que produjo esta decisión de la MUD, percibida por buena parte de sus seguidores como una muestra de cobardía o, en el mejor de los casos, un grave error político. Los intentos de justificación racional de la decisión de incorporarse al diálogo y para ello suspender la movilización, por bien argumentados que fueran, se encontraron frente a una explosión de frustraciones y desconfianza que había sido contenida mientras existía la esperanza de cambio por medio del revocatorio; y la puesta en escena del inicio del diálogo, que dio un papel protagónico al presidente, no hizo más que intensificar esos sentimientos.

La decisión no sólo provocó las esperadas tensiones entre los partidos de la MUD, que llevaron al partido Voluntad Popular a no participar en el proceso de diálogo, sino que puso en un dilema a los actores que habían venido reclamando una actitud más atrevida y radical de la alianza; entre ellos se encontraban algunos grupos y dirigentes que habían promovido con fuerza la movilización hacia Miraflores, quienes ahora se encontraban en un dilema: de aceptar e identificarse con la decisión de la MUD, perderían parte de la identidad que los diferenciaba, a los ojos de sus seguidores, de aquella organización; pero si insistían en mantener la marcha, corrían el riesgo de que ella, al carecer de la militancia y organización de los principales partidos opositores, se convirtiera en una muestra de debilidad y carencia de bases reales de apoyo.

Buena parte del movimiento estudiantil opositor, formalmente independiente de los partidos políticos aunque muchos de sus dirigentes pertenezcan a ellos, aportó una salida imperfecta al dilema, al convocar a una marcha cuya trayectoria no era precisa, pero explícitamente no incluía acercarse a Miraflores porque, a decir del líder de la movilización, Hasler Iglesias, “no pueden ir solo los estudiantes. El día que se plantee esa movilización deberá ser acompañada por todos los sectores sociales y políticos del país.” Esto significaba un reconocimiento tácito de que sin la MUD no pueden hacerse movilizaciones masivas que logren algún impacto mediático o político. La marcha, como era previsible, logró una convocatoria modesta, y culminó en la nunciatura apostólica, donde se entregó un documento al nuncio. Algunos dirigentes de la oposición, como Freddy Guevara, dirigente de Voluntad Popular, y María Corina Machado, de Vente Venezuela, acompañaron a los estudiantes, gesto que les permitía reafirmar su diferenciación con el resto de la MUD a la vez que les evitaba aparecer como responsables o convocantes de una movilización tan débil.

II

El 3 de noviembre, ya a las seis de la mañana el repartidor de agua potable comenzaba su jornada distribuyendo botellones de veinte litros sin carretilla ni guantes ni protección lumbar. Desde varias horas antes se habían formado largas colas donde pronto llegarían los protegidos por la Guardia Nacional Bolivariana a ocupar los primeros puestos, sin posibilidad alguna de protesta o reclamo de los desplazados. Los niños y adolescentes se preparaban para ir a sus colegios; los adultos lo suficientemente afortunados para tener un empleo formal se apiñaban en los trenes de las ciudades satélites para trasladarse a sus lugares de trabajo, mientras otros se preguntaban qué comerían sus hijos. En el curso del día unos irían al banco, otros a los mercados, otros más a planificar un secuestro o el asesinato de un policía. Algunos jefes de personal preparaban las listas de asistencia para la movilización obligatoria de los empleados públicos decretada por el gobierno con el fin de contrarrestar cualquier amago opositor de ir a Miraflores. Los más afortunados planeaban un almuerzo de negocios o una visita al gimnasio. Era un día excesivamente normal porque la agitación y el debate políticos no lograban penetrar la capa de la cotidianidad ni la coraza de los hábitos necesarios para reproducir la vida material y la identidad social de la gente.

No es que esos ciudadanos sean indiferentes ni “antipolíticos”; muchos de ellos se identifican con una u otra corriente y la apoyarían con actos si el costo personal no fuera excesivo, pero las prioridades están claras: ante todo la propia supervivencia y la de la familia inmediata, y con suerte la esperanza de alguna oportunidad para mejorar la situación material. La participación en los grandes debates políticos y en las luchas por el poder está en manos de vanguardias cuya vocación es esa, y solo ocasionalmente, en momentos críticos, se incorporan las masas para tratar de inclinar la balanza en uno u otro sentido. Y no se trata solamente de la participación política sino incluso de la social y comunal: generalmente son unos pocos miembros de las comunidades quienes mantienen una actividad organizada por el bienestar común.

Al observar un día tan excesivamente normal como ese en el que un puñado de estudiantes marchaba hacia la nunciatura, no se puede dejar de pensar en la gran capacidad de adaptación de las sociedades a regímenes autoritarios y totalitarios; adaptación que se manifiesta en historias como las que cuenta Anne Applebaum en su indispensable libro “El telón de acero”, sobre artistas, intelectuales o técnicos que se vieron atrapados en sociedades donde las oportunidades y libertades estaban estrictamente limitadas y supervisadas por una burocracia omnipresente, y debieron adaptarse aprovechando los pequeños resquicios que dejaba el sistema para la realización personal, al costo de convertirse en eunucos políticos, mientras otros prefirieron incorporarse a los espacios de poder. Historias que se han repetido en muchos lugares y momentos, cuando se ha perdido la esperanza de cambiar al sistema o escapar de él. Historias que nos esperan o ya nos estamos contando.

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