¿QUÉ FUE DE LOS INTELECTUALES DE IZQUIERDA? DEL ENTUSIASMO REVOLUCIONARIO AL ESCEPTICISMO POLÍTICO.

 

communism-157634_1280INTRODUCCIÓN

Esta serie de micro-ensayos entrelazados surge de la necesidad de reexaminar algunos aspectos de la compleja relación entre los intelectuales de izquierda latinoamericanos y la revolución cubana, desde sus inicios hasta el presente. Pero no se trata de hacer aportes originales a su interpretación, ya que hay personas mucho más calificadas para hacerlo, sino de reflexionar sobre el contexto histórico en el que se produjo la adhesión de muchos jóvenes latinoamericanos al mito revolucionario, acercándolos al marxismo o incitándolos a reinterpretarlo a la luz del mito. Y esa reflexión sobre el contexto no es sino un primer paso indispensable para el verdadero objetivo final de este proyecto, presentar un testimonio personal y subjetivo de cómo un joven estudiante de sociología venezolano de la segunda mitad de los años sesenta se convirtió, junto con muchos de sus compañeros, en un “intelectual de izquierda”; cuáles fueron el contexto nacional e institucional, las influencias intelectuales y personales que conformaron a ese sujeto, las consecuencias que trajo esa identidad para su trayectoria intelectual y política, y la influencia que el sujeto tuvo a su vez sobre otras personas, especialmente estudiantes, para reproducir esa identidad con la ayuda (¿o la complicidad?) de las instituciones educativas. Finalmente, se tratará de describir cómo se produjo el proceso contrario, que llevó de una identidad como intelectual de izquierda a otra mucho más fluida e incluso ambigua, en la que la distinción izquierda-derecha se hace incómoda para describir a ese sujeto que alguna vez se consideró postmarxista pero que ya no cuenta –afortunadamente, quizás- con un marco estable de referencias teóricas que sirva para explicar todos los fenómenos macro y microsociales.

  1.  Del juicio histórico sobre un líder a desde dónde se le juzga

A raíz de la muerte de Fidel Castro, frente a la virtual unanimidad de los marxistas del mundo en elogiar sus logros y minimizar sus “errores”, en el grupo mucho más diverso de quienes lo adversaron se han reavivado viejas polémicas: algunos quieren mostrar su precedencia en identificar al régimen castrista como tiránico, para así sentirse superiores frente a los que tardaron más en hacerlo; y estos, la mayoría antiguos izquierdistas de diferentes matices, se defienden alegando su derecho a cambiar de opinión y explicando sus posiciones anteriores como producto de opciones morales basadas en el nacionalismo, el antiimperialismo, la defensa de los desposeídos, la lucha contra las injusticias y desigualdades, opciones de las que no reniegan sino que ahora enmarcan en la valoración de la democracia representativa y los derechos individuales, que el marxismo les había enseñado a menospreciar.

Pero algo que tienen en común los contrincantes es su desprecio hacia quienes se han mantenido fieles al marxismo, doctrina que les lleva a apoyar regímenes antidemocráticos siempre que se presenten como seguidores teóricos y prácticos de esa tradición. La cuestión es que muchos de quienes hoy critican a los marxistas lo fueron una vez, y sus críticas y desprecio se aplican a quienes ellos fueron antes de “abrir los ojos” (metáfora repetida incansablemente). Pasar del marxismo al antimarxismo sin hacerse algunas preguntas básicas, sin profundizar en el proceso por el cual los amigos de antes ahora son enemigos y viceversa, entraña el peligro de extraviar la propia identidad en el camino.

Para quien ha sido siempre liberal, derechista o simplemente centrista, su identidad política se ha mantenido dentro de un marco relativamente estable de referencias filosóficas y teóricas, que en muchos casos maneja en forma intuitiva y no problematizada, porque no ha tenido que defenderlo ante sí mismo. Ello no quiere decir que este marco le proteja de la misma desviación que ha afectado a los marxistas: defender regímenes represivos y excluyentes e ignorar sus violaciones de los derechos humanos siempre que ellos se identifiquen formalmente con la defensa del mercado y los principios liberales.

En cambio, el ex-marxista, como quien abandona una religión (no en vano muchos han destacado los rasgos religiosos del marxismo), ha pasado por una difícil ruptura que le exige condenar lo que admiraba y aceptar, si no puede admirar, lo que condenaba. Quien emprende esta “conversión” debe decidir qué puede conservar, qué debe desechar y qué debe redefinir de su identidad anterior, para no sentirse como un simple apóstata, pero sobre todo para defenderse de las críticas de sus antiguos correligionarios, el primero de los cuales es él mismo. Una conversión que no pueda legitimarse ante su propio sujeto no sólo debilita la capacidad de defenderla frente a otros, sino que puede derivar en una identidad incompleta, frágil, porque se han dejado atrás valores y formas de enfocar la realidad que se habían convertido en una segunda naturaleza, y puede quedar la sospecha de que se trate de una conversión superficial, pragmática u oportunista. A estas dificultades se agrega la necesidad de reflexionar sobre las responsabilidades asumidas, conscientemente o no, al apoyar y justificar regímenes dictatoriales por su afinidad ideológica con ellos, y al difundir y promover teorías e interpretaciones que ahora considera no sólo equivocadas sino perniciosas.

(Continuará mañana)

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