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Archive for 9 abril 2017

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Recientemente se ha producido una escasez de gasolina de alto octanaje en Cuba. La noticia es sorprendente si se toma en cuenta que el parque automotor de ese país es relativamente pequeño y la cantidad de automóviles que requieren de esa gasolina es todavía menor. Pero sobre todo sorprende porque se tiende a suponer que Cuba, por ser un socio político y económico privilegiado, debería tener una alta prioridad en las exportaciones petroleras de Venezuela, aun si, como se sabe, no las paga en dinero sino en servicios a precios inflados. Puede entonces suponerse que si PDVSA no envía esa gasolina a Cuba, no es porque no quiera sino porque no puede: la situación de esa empresa, bien conocida en todo el mundo, es tan grave que la lleva a incumplir sus compromisos con su primer aliado.

Pero tras estas sorpresas surge una duda quizás más importante: ¿Por qué la élite dirigente cubana, a la cual se suele atribuir una relación de fuerte influencia, para no decir dominio, sobre la venezolana, ha permitido que su principal fuente de divisas se deteriore hasta ese punto? ¿No estaría en el interés de esa élite que Venezuela hubiera conservado la productividad de la industria, aumentado sus exportaciones, generando flujos de divisas para contribuir al crecimiento económico? Más allá del tema estrictamente petrolero, la economía venezolana en su conjunto vive una caída sin precedentes, con graves repercusiones sociales y políticas que también afectan a Cuba.

En las últimas décadas, los subsidios y donaciones provenientes de Venezuela han sido decisivos para el funcionamiento de la economía cubana y para la estabilidad de su régimen político; el agotamiento de ese flujo implica varias consecuencias negativas, como un aumento del descontento y las protestas estimulado, en parte, por carencias materiales inmediatas, pero también por el temor a una repetición de algunas de las restricciones que caracterizaron al “período especial”, producido también por la pérdida de una importante fuente de subsidios externos. A ello se suma que, a diferencia del caso del derrumbe de la URSS, proceso histórico en el cual Cuba no tenía la menor posibilidad de influir, la caída de Venezuela ocurre después de muchos años de tutelaje por la nomenklatura cubana.

En el ámbito de las relaciones internacionales, las consecuencias son igualmente graves: el país que, gracias al carisma de Chávez y a su nutrida chequera, se había convertido en cabeza de puente para la expansión de la influencia castrista en América Latina, es ahora el “hombre enfermo” de la región, incapaz de seguir sosteniendo con recursos y propaganda a sus aliados “progresistas”, y es objeto de la preocupación y la censura de los gobiernos regionales.

Dados todos estos costos, ¿por qué, entonces, no ha podido el régimen cubano impedir el deterioro de su par venezolano?

Una primera hipótesis sería que la supuesta tutela ejercida por los dirigentes cubanos sobre los venezolanos es más mito que realidad, y que la capacidad del chavismo para destruir al país y poner en riesgo su propia continuidad en el poder es tan grande que ni siquiera los aliados más influyentes, y más perjudicados por esa destrucción, han sido capaces de frenarla. Sin embargo, esta aparente autonomía del régimen venezolano pareciera limitarse a lo económico, porque en lo político, militar y policial la influencia cubana es omnipresente.

Otra posibilidad es que la dirigencia cubana no tenga nada que ofrecer en términos de políticas públicas para una economía de mucha mayor dimensión y complejidad, con una diversidad de actores dentro y fuera del Estado, y con intensas relaciones comerciales con el mundo. Sin dudar que existan en Cuba economistas competentes, su marco de referencia es el de un Estado propietario de la casi totalidad de los medios de producción, que toma decisiones burocráticas sobre todas las actividades económicas. Un ejemplo de esta debilidad es la efímera presencia como asesor, durante algunos meses de 2014, del economista Orlando Borrego, cuyos principales méritos en un currículum más bien gris son su amistad con el Che Guevara y su paso por el ministerio de la industria azucarera en los años sesenta. Presentado con gran entusiasmo por Maduro, su asesoría pareció no tener mayores efectos y pronto desapareció del discurso oficial. Y en cuanto al aspecto específicamente petrolero, Cuba tampoco tiene capacidad de asesorar a Venezuela.

Un factor que puede frenar la eficacia de una posible asesoría cubana es la existencia de facciones en pugna en el interior del chavismo. La conducta vacilante y hasta errática de Maduro en el campo económico, con anuncios de medidas que luego no se efectúan, y con políticas que se contradicen unas a otras, puede estar reflejando un equilibrio inestable entre facciones que no permite decidir un rumbo, porque éste podría afectar los intereses vitales de alguno de los grupos y privilegiar a otros. Ante el peligro de contribuir más a la división del chavismo, es posible que el régimen cubano se haya abstenido de hacer recomendaciones imperativas que, de ser seguidas, implicarían el riesgo de un posible fracaso que podría debilitar a su facción preferida o su propia influencia.

Por otra parte, aun en medio de su debacle, el régimen venezolano sigue aportando subsidios y petróleo, así sea en cantidades menores. Esto llevaría a pensar que, al menos en la etapa actual, el objetivo político compartido entre ambos regímenes, la consolidación de un régimen autoritario con vocación totalitaria, tiene prioridad sobre la viabilidad de la economía. Como se ha repetido innumerables veces, la miseria generalizada de la población, si bien puede crear un fuerte descontento subjetivo, se convierte en un medio de sujeción por la vía de la distribución de alimentos y otros bienes escasos. El régimen cubano avanzó muy rápidamente hacia el control total del Estado y la sociedad, lo que le ha permitido (al menos hasta ahora) arrancar de raíz el descontento, la protesta y la organización autónoma de la sociedad mientras son todavía incipientes. Esto le permite un cierto margen de flexibilidad para introducir tímidas reformas hacia el reconocimiento de mecanismos de mercado, sin temer que ellas puedan desestabilizar su control político sobre la población.

El caso venezolano es un recorrido en el sentido contrario: partiendo de una sociedad con un fuerte sector estatal pero donde todavía existen amplios sectores donde predominan los mecanismos de mercado, el régimen ha venido tratando, desde su inicio, de reducir la diversidad de actores en lo económico y político, tomando (al principio vagamente, luego explícitamente) como modelo el “socialismo del siglo XXI”, que en sus rasgos fundamentales es el mismo socialismo totalitario del siglo XX.

Como se sabe, en Venezuela esa tarea está lejos de ser cumplida en lo económico, tanto por la resistencia de los partidos opositores y la sociedad civil, como por la incapacidad de gestión del chavismo, que en lugar de fortalecer al sector económico público lo ha venido liquidando. Y si bien en lo político se ha avanzado más en el proyecto totalitario por la vía de la creciente concentración de poderes y la cooptación del sector militar, tampoco se ha podido lograr la institucionalización del partido único ni de las organizaciones ciudadanas como correas de transmisión de las órdenes del Estado.

No sería descartable entonces la hipótesis de que la situación económica y social de Venezuela sea vista por ambos regímenes como oportunidad más que como amenaza: la de someter a la población a un racionamiento generalizado y condicionado a la lealtad política, a través de los CLAP, mientras se toman decisiones políticas escandalosas, que logren provocar reacciones desesperadas o irracionales de la oposición y la sociedad civil, que servirían de excusa para intensificar el autoritarismo del régimen y eliminar adversarios políticos.

En ese sentido, podría considerarse como una acción racional de la dirigencia cubana, en términos estratégicos, permitir la profundización de la crisis económica y política venezolana, ya que se sabe capaz de manipular hábilmente las situaciones de pobreza y escasez para atribuírsela a enemigos externos, y hacer de la guerra contra este enemigo la justificación para reprimir y descalificar a los opositores. Sería entonces un sacrificio temporal de ingresos con el fin de garantizar la consolidación de su cabeza de puente, ahora casi única, en la región, esperando tiempos mejores.

Por lo demás, ya Venezuela no parece ser la única carta de Cuba para reactivar su economía: la diversificación de los socios comerciales, con sus avances y retrocesos, parece haber tenido un éxito político antes que los económicos: la puesta en sordina de cualquier crítica a las violaciones de derechos humanos a cambio de la promesa de buenos negocios.

Las hipótesis que hemos discutido parten de suponer un mínimo de racionalidad en los actores políticos, pero es sabido que ese supuesto no es absoluto, y hay momentos en los cuales dichos actores parecen actuar contra su propio interés, sea por una percepción equivocada de la realidad, sea por una confianza exagerada en su propia capacidad política. Después de todo, los grandes imperios fueron perdiendo sus colonias a pesar de sus esfuerzos por mantener un modelo que había dejado de ser sustentable en lo económico y lo político.

Fueron –o son- semejantes a esos parásitos que en nuestra región llamamos matapalos, cuya estrategia de vida consiste en ir rodeando con sus raíces a otro árbol, alimentándose de él hasta que la víctima muere, dejando un vacío que ningún otro árbol podrá llenar, y les hace perder su sustento. La relación entre Cuba y Venezuela podría terminar como un manojo de raíces sin sustento alrededor de un espacio vacío.

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