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Archive for the ‘Partidos’ Category

(Las ideas aquí planteadas no pretenden ser originales, ya que provienen de discusiones recientes, sobre todo en cortos textos de Facebook, en los que he podido aprovechar aportes de, ante todo, Ángel Álvarez, pero también en muy alto grado de Guillermo Aveledo Coll y Armando Chaguaceda. Naturalmente, las interpretaciones, malinterpretaciones y errores son sólo míos.)

 

La premisa de efectuar un referéndum revocatorio presidencial en 2016 es ¿era? que un régimen autoritario va a permitir ser desplazado del poder pacíficamente, dejando de aprovechar el control que tiene sobre las diferentes ramas del poder público. Aunque a primera vista esto parece contradictorio y hasta absurdo, en algunos casos (Chile, Polonia) ha ocurrido, aunque en el contexto de negociaciones previas que han garantizado cierta impunidad a los gobernantes salientes, o una transmisión gradual del poder, en la que permanecen enclaves autoritarios.

No es este el caso en Venezuela, ya que el régimen no ha visto incentivos para la negociación, y por lo tanto un revocatorio exitoso para la oposición significaría una salida desordenada del poder, que no le permitiría garantizar un mínimo de impunidad. Y el régimen no tiene incentivos para negociar porque hasta ahora la oposición no ha tenido más recursos de poder que unos pocos cargos regionales y locales, a los que se sumó desde inicios de este año el control de la Asamblea Nacional con una mayoría de dos tercios, y finalmente una cierta capacidad de movilización pacífica que ha sido fácilmente reprimida. Aunque las protestas políticas han sido frecuentes y la población es mayormente opositora, ellas parecieran caer en un vacío que no es capaz de instigar en los gobernantes el suficiente miedo a un rival capaz de desplazarlo.

Es por eso que la suspensión de la recolección de la voluntad de revocar de un 20 por ciento de la población, acompañada de la prohibición de salida del país de un conjunto de dirigentes políticos, se permite apoyarse en bases jurídicas escandalosamente débiles, por no decir inexistentes. Con ello el régimen exhibe la impunidad con la que puede tomar decisiones arbitrarias e imponerlas al país sin temor de que ellas produzcan reacciones que pongan en peligro su estabilidad.

La respuesta de la MUD ha sido el anuncio y realización de nuevas movilizaciones de masas, prometiendo incluso llegar a la sede del poder ejecutivo el 3 de noviembre si no se restituye el proceso revocatorio. La Asamblea Nacional, por su parte, ha iniciado un intento de sustituir a los magistrados del Tribunal Supremo y la directiva del Consejo Nacional Electoral, a lo que suma un “juicio político” al presidente Maduro; pero estas iniciativas, dado el control del ejecutivo sobre las demás ramas del poder público, tienen poca viabilidad política y, en el caso del “juicio político”, débiles bases jurídicas.

Lamentablemente, no parece haber en las movilizaciones alguna novedad, o una estrategia de resistencia no violenta o de desobediencia civil bien organizada, por lo que no se ve cómo pudiera la oposición revertir el creciente autoritarismo del régimen, que no sólo se manifiesta en decisiones arbitrarias, sino en una represión cada día más intensa y violenta, a la que se suman detenciones arbitrarias e ilegales, seguidas de acusaciones sustentadas en pruebas forjadas, maltratos y hasta torturas a los detenidos.

Quedan otros dos actores con poder que hasta ahora no se han movilizado activamente: la “comunidad internacional”, a la cual se ha venido apelando, pero teniendo conciencia de los límites de su capacidad de influir sobre las correlaciones de fuerza, y el estamento militar, cuyo alto mando respondió negativamente a los llamados directos de la oposición a desobedecer las órdenes ilegales al régimen, ratificando su identificación con el mismo.

La suspensión del 20 por ciento es a la vez un acto de poder, una exhibición del mismo y una provocación, en la medida en que cierra la solución institucional y pacífica que la oposición había priorizado, y parece empujar a una radicalización que pueda servir de excusa para la ilegalización de los partidos de oposición, el encarcelamiento de sus principales dirigentes, y la neutralización de la Asamblea Nacional. La escalada del conflicto en la calle y en la AN pareciera deslizarse por los rieles tendidos por el régimen hacia el escenario del descabezamiento de la oposición.

Si recordamos que Cuba ha vivido casi sesenta años bajo un régimen de partido único, donde el Estado-partido domina hasta el último resquicio de la vida cotidiana, y donde cualquier palabra o gesto opositor son considerados actos de guerra impulsados por la potencia enemiga, sin que la mencionada comunidad internacional haya podido o querido impedir el afianzamiento del totalitarismo y la violación cotidiana de los Derechos Humanos, podemos darnos cuenta del atractivo de este tipo de régimen para la actual camarilla en el poder.

Paso a paso ha seguido la receta probada una y otra vez en otros países: control de las instituciones públicas, de los medios de comunicación, de la educación, destrucción de la sociedad civil y su sustitución por correas de transmisión. Dos de las pocas esferas que faltan por controlar son la del sector privado y la de los partidos políticos, y si no lo han logrado ha sido más por la resistencia que han encontrado que por falta de interés. La ilegalización de la MUD o de la oposición en general sería un paso estratégico hacia un nuevo sistema político unipartidista de hecho, aunque pueda adornarse de partidos de maletín dispuestos a hacer el papel de pseudo opositores; y la alianza con empresas transnacionales como las asociadas en el Arco Minero o en el sector petrolero permitiría (casualmente, igual que en Cuba) relacionarse directamente con capitales interesados sólo en sus beneficios y estrictamente indiferentes al carácter opresivo del régimen.

El aparente acorralamiento del régimen por las acciones institucionales de la Asamblea Nacional y la intensificación de las movilizaciones de calle podría ser una ilusión, en la medida en que aquél conserva todavía el control de todas las instituciones y del poder coercitivo frente a una población hambrienta y por lo tanto dependiente de sus dádivas. Lamentablemente, la mayoría de los venezolanos no puede perder un día de trabajo, o un día de hacer colas para comprar alimentos, para dedicárselo a una marcha o una protesta. La protesta generalmente requiere años de la acción de las vanguardias políticas y sociales, que pagan un alto precio personal por su persistencia en oponerse y protestar. Las masas se incorporan cuando ya se intuye la caída final del régimen, para darle el último empujón.

Ante este panorama, sólo una intensificación de las divisiones entre las facciones chavistas, que existen pero no han sido hasta ahora suficientemente intensas como para romper el tramado de intereses que los unen, podría debilitar suficientemente al régimen como para inducirlo a la negociación y a aceptar una disminución gradual y relativa de su control sobre el Estado y la sociedad. En forma simétrica, una ruptura interna de la MUD y la dispersión de los actores que la componen significaría la desaparición de cualquier esperanza de frenar al proyecto totalitario.

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Caracas, 26 de octubre de 2016

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10762VenezuelaEn los últimos días se han presentado numerosos análisis sobre las elecciones del 8 de diciembre en Venezuela, que consideran factores importantes como el contexto económico, las condiciones de la competencia, los niveles de abstención y el impacto de sus ambiguos resultados en el futuro inmediato. A pesar de la indudable validez de estos análisis, ellos parecen quedarse en el plano de la racionalidad instrumental de los sujetos individuales y colectivos, que planean estrategias, se organizan para ejecutarlas y evalúan los resultados para corregir el rumbo. El gran ausente es el mundo de las emociones, como si los analistas se hubieran esforzado por censurar su alegría o decepción por los resultados, para generar un discurso neutro y “objetivo”, ajeno a las turbulencias afectivas que, sin duda, afectaron a dirigentes, ciudadanos comunes y analistas, tanto durante la campaña electoral como, sobre todo, en el momento crucial del conteo de los votos.

En vida de Chávez, la estrategia política era inseparable de su dimensión emocional, y ambas eran magistralmente conducidas por el caudillo para reforzarse mutuamente: toda decisión sobre políticas públicas era acompañada de un relato histórico-afectivo en el cual se señalaban claramente héroes y villanos, pero sobre todo víctimas y victimarios, estimulando la compasión por unos y el odio hacia los otros, relato que culminaba identificando cada política pública con una reivindicación de los primeros y un castigo a los segundos.

Maduro intentó imitar las palabras del relato, pero él mismo terminó por darse cuenta de que ellas por sí solas carecían de la potencia necesaria para reanimar el fervor revolucionario, porque eran inseparables de la persona misma del difunto presidente; oírlas en la voz de Maduro hacía más cruel el contraste entre el original y la copia. Es quizás por ello que, acorralado por la pérdida de popularidad que indicaban los sondeos, decidió huir hacia adelante, sustituyendo su discurso inefectivo por decisiones impactantes que removieron emociones ya casi olvidadas.

Son algo simplistas las explicaciones que atribuyen el aumento de la aprobación del gobierno en las últimas semanas a una especie de incorregible carácter consumista y rentista de los venezolanos, como si fueran cobayas de laboratorio que responden a un estímulo con una respuesta condicionada. En la avalancha de saqueos -legitimados o no por el gobierno- hubo algo más que deseos adquisitivos: se trató de una revancha contra los “explotadores”, hasta el punto de que muchos de los participantes en los tumultos se llevaban, o compraban, objetos que no habían creído necesitar o, cuando se agotaron los más codiciados, terminaban por conformarse con los de escaso valor, pero no querían perderse el acto mismo de participar en el castigo que el gobierno había impuesto desde arriba; más allá de la obvia racionalidad económica de apropiarse sin costo -o a uno muy bajo- de mercancías que se convierten en reserva de valor ante la inflación, el saqueo legitimado fue un ritual de reencuentro emocional de las bases decepcionadas con el discurso redentor de la revolución.

Aunque se formaron largas filas de espera para acceder a los productos rebajados de precio, el carácter de ellas era radicalmente distinto de las que se hacen para obtener los productos básicos. Liberarse aunque sea por pocas horas, como en un cuento de hadas, de las apremiantes leyes del mercado, alivió la sensación de pérdida de libertad que acompaña siempre a la escasez: después de meses de incertidumbre sobre la presencia o no de bienes básicos en el mercado, de centenares de horas dedicadas a hacer filas para obtenerlos, de impotencia ante los aumentos cotidianos pero inexplicables de los precios, la invitación a apropiarse de aquellos objetos no esenciales, dedicados a mejorar la calidad de vida de quienes han resuelto el problema de la subsistencia, significaba una reivindicación del derecho de cada uno a escapar, unas pocas horas al día, del reino de la necesidad para administrar sus pequeñas y privadas parcelas de libertad. Libertad negada por las horas perdidas en interminables retrasos del tránsito; por las largas esperas en los hospitales, las oficinas públicas o los bancos, sin posibilidad alguna de renunciar a ese trabajo, ese servicio, ese subsidio, esa promesa, y por lo tanto de escapar a las exigencias de la necesidad.

Esta tentación de liberarse momentáneamente de las presiones de una economía inflacionaria no fue exclusiva de los sectores populares; entre los aspirantes al mágico regalo de un precio ajeno al mercado se contaron muchos de clase media, que no dejan de sentir la misma asfixia ante el creciente bloqueo de las expectativas que por mucho tiempo formaron parte de su identidad. Pero, si por algunos días la emoción predominante fue el alivio, no sólo por las acciones del gobierno sino más aún por sus promesas de extender el control de precios a todo el universo económico, poco a poco retornaron a la superficie otras emociones que habían permanecido latentes: la ira, el resentimiento y el miedo.

Al contrario de lo que algún discurso opositor radical quisiera, la ira y el resentimiento no son propiedad exclusiva de los chavistas, ni el miedo lo es de los opositores. En los últimos quince años estas emociones se han entreverado y circulado como una corriente alterna entre los polos que hoy constituyen nuestra sociedad. Si bien es cierto que el discurso de Chávez y sus sucesores se alimenta en gran parte de las dos primeras emociones, y las ha utilizado para potenciar el impacto de sus políticas, el chavista de base también teme a los opositores, como han recordado frecuentemente quienes tratan de excusar las tendencias autoritarias del régimen; el golpe de abril de 2002 y el impacto de la huelga general de ese mismo año sobre la población se aducen como prueba de un pretendido carácter reactivo de la agresividad política oficial, y de la desconfianza que impide a muchos oficialistas descontentos consumar su ruptura con el régimen.

Y por su parte, la ya larga cadena de fracasos, así sean relativos, de los intentos opositores por desplazar o al menos frenar el avance del proyecto totalitario alimenta la ira y el resentimiento de sus bases. Cuando se cree que la razón, el conocimiento, los “valores” y el bien están de nuestro lado, se hace más difícil comprender, y menos aceptar, que ese enemigo al que despreciamos se nos imponga una y otra vez, y sepa manipular hábilmente las instituciones para aparentar que obedece a las reglas de un juego limpio.

Y no hay un terreno donde esta paradoja se exprese con más intensidad que en el electoral. En efecto, el sistema electoral venezolano es un ejemplo casi perfecto de lo que Andreas Schedler ha llamado la manipulación de las instituciones democráticas, y especialmente de las elecciones, por el autoritarismo electoral. Desde el proceso electoral de 2006, los opositores de base se han visto enfrentados a un doble mensaje proveniente de sus líderes: sí, es cierto que el Consejo Nacional Electoral está parcializado a favor del gobierno, y hará todo lo posible por arrancar cualquier victoria de nuestras manos, pero debemos participar en este proceso sesgado porque no tenemos alternativa, y además hay una pequeña isla de neutralidad técnica en la que se detiene la capacidad de manipulación del régimen.

Se enfrenta así el opositor de base a algo muy parecido al “doble vínculo” de Bateson, en el que sus mismos dirigentes están atrapados; debo votar, pero es muy probable que mi voto sea robado o ignorado; pero, de todas maneras, debo seguir votando. Esta tensión entre una esperanza tenue y una frustración segura (porque, aunque se obtengan victorias parciales, ellas siempre estarán teñidas por el ventajismo y la manipulación) se traduce en unos casos en apatía, en otros en rabia y casi siempre en resentimiento, no sólo contra el adversario, sino contra el propio campo y hasta sí mismo.

El opositor que, distanciándose momentáneamente de sí mismo, se observa como lo haría un espectador, puede llegar a sentir una profunda indignación por la manera en que una y otra vez se somete a la intrusión del proyecto totalitario en sus derechos políticos y cívicos, su libertad y hasta su vida cotidiana, tolerando situaciones que nunca habría imaginado poder soportar. La conciencia de que es el miedo el que impulsa esta sumisión agrava la ira y el resentimiento, al enfrentar, en otro terreno pero con la misma intensidad, a la persona con los límites de su libertad. Por más humillantes que sean las restricciones impuestas por el régimen, el principio de realidad obliga a la prudencia, el silencio o la retirada ante un poder cada vez más arrollador. Y de allí que, de tanto en tanto, la ira se convierte en acicate para acciones o proyectos que, no por ser desesperados o poco realistas pierden su intensa atracción, ya que responden a una necesidad profunda de creerse libres, de soñar que se puede enfrentar la realidad para cambiarla. La indignación que producen hechos como la manipulación descarada de las cifras por la presidenta del Consejo Nacional Electoral, al presentar los recientes resultados electorales, parece indicar que ellos y otros similares operan como provocaciones para manipular, ya no las emociones de sus seguidores, sino las de sus adversarios.

Para concluir, no se trata de recomendar que pongamos nuestras emociones a un lado y nos comportemos como seres pretendidamente racionales, sino de reconocer el papel que ellas juegan en toda estrategia política. Desde octubre de 2012 en adelante, el dos veces candidato de la oposición, Henrique Capriles, parece haber comprendido la importancia de esta dimensión, tanto en su aspecto constructivo como destructivo, y ha tratado de canalizarla. Sin embargo, las emociones negativas parecen hoy estar predominando sobre aquellas que favorecen el diálogo y la convivencia entre los ciudadanos.

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Por Luis Gómez Calcaño y Nelly Arenas

Un primer ejemplo de la tensión entre la unicidad a la que aspira el proyecto y la diversidad de sus componentes es el intento frustrado de crear al PSUV como partido único de la revolución. Poco después de su victoria en las elecciones de 2006, Chávez anunció la creación de dicho partido, al que convocaba a todos sus aliados a unirse, con el argumento de que los partidos dividían al pueblo, ya que sus votos en realidad eran “de Chávez” y no de ellos. Algunos, como Podemos, el PPT y el PCV se mostraron reticentes a renunciar a su identidad política y organizativa; la respuesta de Chávez fue acusar a estas organizaciones de potenciales aliados de la oposición y por lo tanto cercanos a la traición. La posibilidad de contar con aliados autónomos y con cierta capacidad de crítica no era imaginable. Los partidos que se negaron a disolverse pagaron un alto precio: perdieron posiciones de poder cuando buena parte de sus gobernadores, alcaldes y diputados desertaron para incorporarse al PSUV.

Tanto PODEMOS como, más gradualmente, el PPT se fueron acercando a posiciones opositoras, mientras el PCV, a pesar de las descalificaciones y la división inducida de la que fue objeto, se mantuvo como aliado casi incondicional, lo que le ha permitido sobrevivir. No ocurrió lo mismo con los dos primeros, ya que al acercarse la campaña electoral de 2012 se estimularon nuevas divisiones en ambos partidos, impulsadas por grupos partidarios del presidente. A nadie sorprendió que el Tribunal Supremo de Justicia decidiera a favor de estos grupos, con lo que las siglas y símbolos de ambos partidos pasaron a engrosar la alianza electoral oficialista. Uno de los métodos característicos de los autoritarismos competitivos, el uso de poderes nominalmente independientes para perseguir a la oposición por medios formalmente legales, se volcaba ahora sobre los antiguos aliados.

La meta de unificar al chavismo en un solo partido fue lentamente abandonada. Actualmente, algunos de los pequeños partidos que habían aceptado disolverse para integrarse al PSUV siguen existiendo y forman parte de la nueva alianza electoral, el Gran Polo Patriótico, pero carecen de autonomía o son irrelevantes. ¿Fue entonces el intento de crear el partido único un fracaso para Chávez? No necesariamente, si se considera que el resultado del proceso fue intensificar su control personal sobre el movimiento y sus aliados, mostrarles el costo potencial de la pretensión de autonomía, y ratificar que son imposibles “terceras vías” entre la incondicionalidad absoluta y el pase a la oposición, es decir, a la traición. La misma retórica utilizada para concentrar el poder frente a la sociedad se aplicó hacia el interior del movimiento.

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“Hay un desfase entre confianza hacia Chávez y sus proyectos”
“A muchos les cuesta reconocer que hay partidos que sólo existen por los medios de comunicación”

El sociólogo Luis Gómez Calcaño es profesor-investigador en el Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Invita, en una larga conversación, a tener presentes los antecedentes políticos para comprender porqué llegamos a esta coyuntura.

Dice que estamos en camino de un régimen autoritario (sultanismo) que, tras el debilitamiento de los mecanismos de distribución de la renta petrolera y el agotamiento del discurso presidencial, se sustentará en la tercera “pata” que mantiene al régimen: la represión y la amenaza. Le preocupa que, como en Cuba, cuando la mayoría tome conciencia de la realidad, sea demasiado tarde para rebelarse porque no habrá capacidad de acción política.

–¿Cómo se puede caracterizar actualmente al régimen?

-Desde el proyecto original de Chávez a su carácter actual hay un cambio muy grande. Nelly Arenas y yo caracterizamos al régimen con rasgos de “sultanismo”. Ese es un concepto de Max Weber. Es un tipo de régimen autoritario sin ideología consistente, a diferencia de los totalitarismos. El eje del comunismo es crear un régimen a largo plazo sobre una doctrina sistemática (el marxismo-leninismo). En esos sistemas, cuando desaparece el fundador, el régimen no desaparece. En el caso de Venezuela todo depende de una persona que está por encima de las leyes. Chávez y la mayor parte de los chavistas saben que este régimen no puede subsistir sin él y por eso la desesperación por aprobar la enmienda.

-Eso le da al régimen mucha inestabilidad

-Veamos lo que pasa en la Asamblea Nacional (AN). Ellos tienen una posición de apoyo incondicional y se van metiendo en un callejón sin salida. Hay una carrera por ver quién interpreta mejor el pensamiento oculto de Chávez. Pero esto pasa también porque desde el 98 hay lo que Guillermo O’Donell ha llamado “democracia delegativa”. La mayoría de los venezolanos no simplemente eligieron a Chávez como un presidente sino que le dieron un cheque en blanco. Hay gente descontenta por muchas razones, pero como ocurrió hasta 1998, no hay una alternativa y, mientras siga así, mucha gente seguirá con Chávez. Pero hay un desfase en la confianza hacia Chávez y la identificación con los proyectos de transformación social que él impulsa. La gente está a favor de la propiedad privada, de la libertad educativa, de la pluralidad y hay una brecha que va aumentando. Chávez puede pensar: “Si la gente me sigue aceptando yo puedo llevarlos a que acepten lo que yo digo”. Pero esa transferencia no es fácil.

-El Gobierno apela más al miedo que a la lealtad.

-En Europa oriental hubo primero una especie de democracia pluralista y finalmente se impuso el sistema totalitario. Algo así ha pasado aquí: llegaron al Ejecutivo y, a partir de ahí controlaron el Legislativo, Judicial, Electoral. Ese proyecto está avanzando. Yo creo que existe la viabilidad para que aquí se implante esa mezcla de sultanismo con totalitarismo. Cuenta con toda la institucionalidad del Estado y capacidad de coerción respaldada por el aparato judicial y policial. Un perfecto ejemplo fue el caso contra Manuel Rosales.

-¿Y qué se puede hacer?

-La única posibilidad que yo veo de que ese proyecto no se cumpla está en las contradicciones internas del chavismo, que son crecientes en la AN y en el PSUV. En la medida en que los que mandan cometan errores, los resentidos se los van a cobrar. También pueden ayudar a resistir las organizaciones sociales de base que ya existían antes del chavismo. Ahora, tampoco hay que hacerse la ilusión de que porque hay más frustración la gente se va a volver más opositora. Puede pasar como en Cuba, que la gente pasa hambre pero perdió toda capacidad de acción política. Sólo los muy valientes se atreven. El punto en el que podría apoyarse la oposición es en el descontento por la frustración de las expectativas, pero la última encuesta de IVAD dice que una pequeña mayoría siente todavía que está mejor ahora que hace unos años.

-¿Dónde se dio antes esa mezcla de sistemas?

-Están Belarús y Nicaragua. Son regímenes que formalmente siguen siendo democráticos, pero acorralan a la oposición. Ese es un fenómeno que viene pasando en el mundo desde los años 90: existen partidos pero no pueden hacer oposición, existe el voto pero no vale.

-¿Cuba no?

-No, Cuba es distinto. Por la Constitución sólo puede haber un partido. Es más totalitarismo, con algo de sultanismo.

-Vamos a contracorriente del mundo ¿qué nos pasa?

-Hay una paradoja terrible, porque las élites económicas, intelectuales y políticas están todas contra Chávez. Los intelectuales chavistas de cierto peso son poquísimos y ¿cómo es que Chávez lleva 10 años ganando? Eso tiene que hacer reflexionar. Es verdad que estamos en desventaja, que usan mecanismos ilegítimos, pero ¿cómo no logramos determinar qué pasa? Chávez logró legitimar al Estado y a la política, que venían del desprestigio de los años 90 y aunque él sigue teniendo un discurso antipolítico, vendió la idea de que el Estado puede favorecer la vida de la gente. La idea de estar siempre en contra de Chávez le ha impedido a la oposición ver el punto de vista de los que se han sentido incluidos por él.

-¿Qué me dice de la responsabilidad ciudadana?

-Muchos venezolanos sí han asumido responsabilidad y la han pagado muy caro. Los botados de Pdvsa, los de la lista de Tascón, los voluntarios de los firmazos. El ciudadano común está preocupado por sobrevivir, por conservar su empleo, que no lo maten. Otros, gracias al boom petrolero, tratan de aprovechar al máximo. Y el Gobierno se ha encargado de dejar muy claro que el costo de participar es muy alto. Ahí está la sentencia contra los comisarios de la PM. Un nuevo paso, y muy grave, es el caso de las cuñas de Cedice que instaura el delito de opinión.

-¿Qué nos espera?

-La tendencia al empobrecimiento es clarísima. La destrucción de Pdvsa sigue avanzando y ellos han hecho al país todavía más dependiente del petróleo. En 2010 nos espera una intensificación de los conflictos sociales porque aumentaron las expectativas y se redujo la capacidad de cumplirlas.

-Ahí entra en juego la capacidad represiva.

-Exacto. El Gobierno ha creado una estructura paramilitar (la Reserva, los grupos armados, las FABL). El peligro es que al aumentar las protestas, el Gobierno comience a utilizar a esos grupos. Por ahora, para reducir la conflictividad social, busca la sumisión de los medios de comunicación. El caso es muy descarado, se habla de unos supuestos delitos judiciales, pero Chávez dice que les pueden dar la oportunidad si ellos cambian. Es un chantaje abierto.

-¿Que posibilidad de maniobra tiene la oposición?

-Es un poco cómodo decirle a los partidos, que están tratando de sobrevivir, que hay cosas que están haciendo mal. El antipartidismo que heredamos de los 90 todavía es muy grande. Creo que, haya o no elecciones, tiene que haber un cambio de estrategia. En 2010, para que tener una esperanza de vencer al Gobierno, debe haber listas comunes, pero a muchos les cuesta reconocer que hay partidos que sólo existen por los medios de comunicación. La tarjeta única puede ayudar a esa sinceración. Con el sistema electoral mayoritario que plantean ningún partido minoritario tiene chance.

-Parece que ya hay control absoluto y que no hay salida.

-Chávez no ha logrado totalmente la sustitución de las FAN. Creó la Milicia, la Reserva, los paramilitares, pero todavía no ha podido cambiar la forma institucional de las FAN y eso le crea algo de miedo, por eso la aceleración que le está dando a su proyecto. El sabe que su mecanismo de legitimación por la distribución se está debilitando.

-¿Puede sobrevivir un régimen así en la América Latina moderna?

-El comunismo cayó básicamente porque se hizo una sociedad inviable, pero para llegar a eso tardó 70 años. Aunque en teoría el socialismo es inviable, un Estado bien montado para reprimir a la población puede compensar esa inviabilidad económica. Eso lo vimos en Cuba. El proceso de inviabilidad puede hacerse mucho más rápido en Venezuela, pues lo que favoreció tanto al chavismo fue esa renta que creció mucho en pocos años. Al caer esa renta se hace más inmediata la inviabilidad.

Elvia Gómez
EL UNIVERSAL

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El partido oficialista PSUV celebró elecciones primarias para seleccionar sus candidatos a gobernadores y alcaldes el pasado primero de junio. En este proceso se cometieron numerosas irregularidades, según denuncias de sectores internos del mismo partido; pero además, como ocurrió ya en las elecciones de la directiva, instituciones públicas como la Fuerza Armada, los medios del Estado y el CNE se pusieron al servicio del PSUV, como si no hubiera distinción entre Estado y partido. Aunque se anunció que serán reembolsados al CNE los gastos de la consulta (en cómodos plazos), no se ha reconocido el resto de los usos ilegales de instituciones del Estado.

El CNE ha publicado resultados en su sitio web, con algunas particularidades: no se aclara a cuál porcentaje de votos escrutados corresponden las cifras; en ningún estado ni municipio aparece el total de votantes, aunque sí aparecen los porcentajes que obtuvo cada uno. (Pueden verse estos resultados en: http://www.cne.gov.ve/divulgacion_psuv2008/resultado_nacional.php?)

A pesar de las reservas que se puedan tener sobre estas cifras, intentamos un ejercicio matemático para comparar la participación de los votantes “chavistas” en estos comicios internos, con la que tuvieron en el pasado referéndum constitucional del 2 de diciembre. Los resultados pueden verse en el cuadro de la página anexa. Tomando como base las respuestas “Sí” a la primera pregunta del referéndum, las comparamos, estado por estado, con los votos totales de las primarias. Estos votos totales tuvieron que ser calculados indirectamente, a partir de los porcentajes, ya que, como dijimos, el CNE no incluyó este dato en la página. Los votos totales del “sí” no coinciden con los totales del CNE, ya que estos últimos incluyen votos no emitidos en estados, sino en el extranjero y otras circunscripciones especiales (para no recordar que todavía no sabemos cuáles son los resultados definitivos del referéndum, porque el CNE sigue, seis meses después, sin publicarlos).

Los resultados llaman la atención porque muestran que, en promedio, votó en estas primarias menos de la mitad de quienes votaron “sí” en el referéndum. Aunque es hasta cierto punto “natural” que en un proceso interno se participe menos que en una elección general, hay que recordar que ya en el referéndum se abstuvo una parte significativa de quienes habían votado por la reelección de Chávez en 2006. Podría decirse, así, que los algo más de cuatro millones de votantes por el sí representaban, en aquel momento, el “núcleo duro” del chavismo, los más militantes e identificados con el presidente y su partido. Los 2.344.014 votantes contabilizados hasta ahora (y que no parece aumentarán mucho en los próximos días) podrían ser un indicio de una nueva contracción de ese “núcleo duro”, recorrido además por divisiones internas. Otro dato que llama la atención es cómo en algunos de los estados más grandes y políticamente significativos, el descenso de la votación es mayor que el promedio (entre ellos Carabobo, Aragua, Miranda y hasta el Distrito Capital). Veremos si en los próximos días se presentan resultados definitivos y cuáles serán las explicaciones sobre estos resultados.

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