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Archive for the ‘Régimen venezolano’ Category

(Las ideas aquí planteadas no pretenden ser originales, ya que provienen de discusiones recientes, sobre todo en cortos textos de Facebook, en los que he podido aprovechar aportes de, ante todo, Ángel Álvarez, pero también en muy alto grado de Guillermo Aveledo Coll y Armando Chaguaceda. Naturalmente, las interpretaciones, malinterpretaciones y errores son sólo míos.)

 

La premisa de efectuar un referéndum revocatorio presidencial en 2016 es ¿era? que un régimen autoritario va a permitir ser desplazado del poder pacíficamente, dejando de aprovechar el control que tiene sobre las diferentes ramas del poder público. Aunque a primera vista esto parece contradictorio y hasta absurdo, en algunos casos (Chile, Polonia) ha ocurrido, aunque en el contexto de negociaciones previas que han garantizado cierta impunidad a los gobernantes salientes, o una transmisión gradual del poder, en la que permanecen enclaves autoritarios.

No es este el caso en Venezuela, ya que el régimen no ha visto incentivos para la negociación, y por lo tanto un revocatorio exitoso para la oposición significaría una salida desordenada del poder, que no le permitiría garantizar un mínimo de impunidad. Y el régimen no tiene incentivos para negociar porque hasta ahora la oposición no ha tenido más recursos de poder que unos pocos cargos regionales y locales, a los que se sumó desde inicios de este año el control de la Asamblea Nacional con una mayoría de dos tercios, y finalmente una cierta capacidad de movilización pacífica que ha sido fácilmente reprimida. Aunque las protestas políticas han sido frecuentes y la población es mayormente opositora, ellas parecieran caer en un vacío que no es capaz de instigar en los gobernantes el suficiente miedo a un rival capaz de desplazarlo.

Es por eso que la suspensión de la recolección de la voluntad de revocar de un 20 por ciento de la población, acompañada de la prohibición de salida del país de un conjunto de dirigentes políticos, se permite apoyarse en bases jurídicas escandalosamente débiles, por no decir inexistentes. Con ello el régimen exhibe la impunidad con la que puede tomar decisiones arbitrarias e imponerlas al país sin temor de que ellas produzcan reacciones que pongan en peligro su estabilidad.

La respuesta de la MUD ha sido el anuncio y realización de nuevas movilizaciones de masas, prometiendo incluso llegar a la sede del poder ejecutivo el 3 de noviembre si no se restituye el proceso revocatorio. La Asamblea Nacional, por su parte, ha iniciado un intento de sustituir a los magistrados del Tribunal Supremo y la directiva del Consejo Nacional Electoral, a lo que suma un “juicio político” al presidente Maduro; pero estas iniciativas, dado el control del ejecutivo sobre las demás ramas del poder público, tienen poca viabilidad política y, en el caso del “juicio político”, débiles bases jurídicas.

Lamentablemente, no parece haber en las movilizaciones alguna novedad, o una estrategia de resistencia no violenta o de desobediencia civil bien organizada, por lo que no se ve cómo pudiera la oposición revertir el creciente autoritarismo del régimen, que no sólo se manifiesta en decisiones arbitrarias, sino en una represión cada día más intensa y violenta, a la que se suman detenciones arbitrarias e ilegales, seguidas de acusaciones sustentadas en pruebas forjadas, maltratos y hasta torturas a los detenidos.

Quedan otros dos actores con poder que hasta ahora no se han movilizado activamente: la “comunidad internacional”, a la cual se ha venido apelando, pero teniendo conciencia de los límites de su capacidad de influir sobre las correlaciones de fuerza, y el estamento militar, cuyo alto mando respondió negativamente a los llamados directos de la oposición a desobedecer las órdenes ilegales al régimen, ratificando su identificación con el mismo.

La suspensión del 20 por ciento es a la vez un acto de poder, una exhibición del mismo y una provocación, en la medida en que cierra la solución institucional y pacífica que la oposición había priorizado, y parece empujar a una radicalización que pueda servir de excusa para la ilegalización de los partidos de oposición, el encarcelamiento de sus principales dirigentes, y la neutralización de la Asamblea Nacional. La escalada del conflicto en la calle y en la AN pareciera deslizarse por los rieles tendidos por el régimen hacia el escenario del descabezamiento de la oposición.

Si recordamos que Cuba ha vivido casi sesenta años bajo un régimen de partido único, donde el Estado-partido domina hasta el último resquicio de la vida cotidiana, y donde cualquier palabra o gesto opositor son considerados actos de guerra impulsados por la potencia enemiga, sin que la mencionada comunidad internacional haya podido o querido impedir el afianzamiento del totalitarismo y la violación cotidiana de los Derechos Humanos, podemos darnos cuenta del atractivo de este tipo de régimen para la actual camarilla en el poder.

Paso a paso ha seguido la receta probada una y otra vez en otros países: control de las instituciones públicas, de los medios de comunicación, de la educación, destrucción de la sociedad civil y su sustitución por correas de transmisión. Dos de las pocas esferas que faltan por controlar son la del sector privado y la de los partidos políticos, y si no lo han logrado ha sido más por la resistencia que han encontrado que por falta de interés. La ilegalización de la MUD o de la oposición en general sería un paso estratégico hacia un nuevo sistema político unipartidista de hecho, aunque pueda adornarse de partidos de maletín dispuestos a hacer el papel de pseudo opositores; y la alianza con empresas transnacionales como las asociadas en el Arco Minero o en el sector petrolero permitiría (casualmente, igual que en Cuba) relacionarse directamente con capitales interesados sólo en sus beneficios y estrictamente indiferentes al carácter opresivo del régimen.

El aparente acorralamiento del régimen por las acciones institucionales de la Asamblea Nacional y la intensificación de las movilizaciones de calle podría ser una ilusión, en la medida en que aquél conserva todavía el control de todas las instituciones y del poder coercitivo frente a una población hambrienta y por lo tanto dependiente de sus dádivas. Lamentablemente, la mayoría de los venezolanos no puede perder un día de trabajo, o un día de hacer colas para comprar alimentos, para dedicárselo a una marcha o una protesta. La protesta generalmente requiere años de la acción de las vanguardias políticas y sociales, que pagan un alto precio personal por su persistencia en oponerse y protestar. Las masas se incorporan cuando ya se intuye la caída final del régimen, para darle el último empujón.

Ante este panorama, sólo una intensificación de las divisiones entre las facciones chavistas, que existen pero no han sido hasta ahora suficientemente intensas como para romper el tramado de intereses que los unen, podría debilitar suficientemente al régimen como para inducirlo a la negociación y a aceptar una disminución gradual y relativa de su control sobre el Estado y la sociedad. En forma simétrica, una ruptura interna de la MUD y la dispersión de los actores que la componen significaría la desaparición de cualquier esperanza de frenar al proyecto totalitario.

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Caracas, 26 de octubre de 2016

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marcadosPensamos que en términos estratégicos, no hay incapacidad ni irracionalidad instrumental en la mayor parte de las políticas de estos gobiernos. Avanzar hacia el socialismo, hacerlo irreversible, no es posible sin destruir el capitalismo, es decir, hacerlo inviable. Toda la política económica de los últimos años ha sido consistente con este fin: se trata de ir asfixiando lentamente a la empresa privada, controlando sus precios, limitándole el acceso a los insumos y bienes de capital, encareciendo la mano de obra e impidiéndole los despidos por cualquier razón, expropiándola arbitrariamente y sin compensación; finalmente, destruyendo la moneda y convirtiéndola de hecho en no convertible. ¿Que esto ha implicado un alto costo social y va a implicar uno todavía mayor? No importa, porque es parte del objetivo. Cuando la gente, desesperada, trate de rebelarse, no habrá posibilidad de protestar, ni de regresar a una economía de mercado; será la oportunidad de profundizar aún más el socialismo de miseria.

Naturalmente, las capacidades de gestión en el vasto aparato estatal que ha construido el actual régimen son variables. Pero no se puede negar que algunos de los altos jerarcas (tanto venezolanos como sus asesores cubanos) son inteligentes y hábiles para lograr sus fines, como lo era Chávez, aunque uno esté en desacuerdo con ellos. Otro factor que produce una impresión de incapacidad es el desvío de fondos para repartir a otros países, para las campañas electorales o para el simple enriquecimiento personal. Muchas veces las políticas no se ejecutan o los proyectos no se terminan simplemente porque los fondos desaparecieron, y no por una especial incapacidad de la gestión.

Es cierto que el socialismo de tipo soviético termina por fracasar tarde o temprano dadas sus limitaciones intrínsecas, la mayoría de las veces sin siquiera haber llegado al poder. Pero en algunos casos, que en el siglo XX lograron abarcar a un tercio de la población mundial, logra imponerse sobre la sociedad y se hace tan difícil de desalojar que dura décadas en el poder, destruyendo millones de vidas a su paso.

La caracterización del régimen venezolano actual es en gran parte una tarea por hacer. Por eso es necesario profundizar en algunos temas y aspectos que requieren más discusión, como los siguientes:

1- La palabra “socialismo” tiene muchas acepciones. Al hablar de “socialismo de miseria” nos referimos al modelo cubano de origen soviético, porque, independientemente del grado de desarrollo relativo de las diferentes economías que lo han practicado, tiene algunos rasgos comunes como centralización de la economía, monopolio de un partido único, fusión Estado-partido-sociedad-fuerzas armadas, monopolio de los medios de comunicación, y otros aspectos. En el caso de Venezuela, el rentismo petrolero ha sido un medio favorable para acumular el poder, porque ha facilitado el modelo de dominación a partir del monopolio estatal de los medios de producción.

2-Tanto Chávez como sus herederos han tomado como modelo, más aún, se han subordinado, al régimen cubano. Aunque un marxista “humanista” negaría la condición de “socialista” de ese régimen, el hecho es que se trata de uno de los modelos de socialismo, el que pretende ser una etapa para llegar al comunismo. El hecho de que existan en esos regímenes corrupción, grandes desniveles de ingreso, relaciones mercantiles toleradas o ilegales, no impide que su discurso legitimador sea el del socialismo, entendido en los términos del grupo dominante, es decir, dictadura del partido camuflada como dictadura del proletariado. En ese sentido, aunque el régimen cubano sea, desde el punto de vista de las “relaciones de producción” muy diferente al de sus modelos europeos o asiáticos, su modelo de dominación, por cierto muy eficaz, es el bolchevique.

3- A pesar de la existencia de espacios y prácticas “capitalistas” parciales en esos regímenes, el núcleo estratégico para el grupo en el poder es el control total sobre la vida de los habitantes y su movilización permanente, como han destacado los estudiosos del totalitarismo. Los autoritarismos no comunistas del siglo XX, como las dictaduras latinoamericanas, reprimían a sus enemigos y desmovilizaban a la población, en lugar de movilizarla hacia una utopía.

La tesis que hemos manejado en otros trabajos (que pueden verse en este blog) es que el actual régimen venezolano es un autoritarismo electoral, pero lo es porque no ha podido implantar el modelo totalitario, o porque tiene una estrategia de irlo implantando gradualmente, para disminuir las resistencias. Es bien conocido el debate acerca de si tal o cual régimen ha sido plenamente totalitario (algunos años del nazismo, algunos del estalinismo y del maoísmo, casi nadie se lo atribuye al fascismo). Un híbrido interesante, y que ya tiene mucha influencia en Venezuela, es el régimen chino, que va transitando al capitalismo sin ceder en lo más mínimo el monopolio del partido y el control de los medios de comunicación. La trampa en la podríamos encontrarnos es terminar por aceptar un modelo tipo chino porque es “menos malo” que el cubano.

En todo caso, los planes explícitos y las políticas a desarrollar por el gobierno en los próximos meses y años deberán ser analizadas para detectar qué dirección está imprimiendo a la sociedad venezolana.

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10762VenezuelaEn los últimos días se han presentado numerosos análisis sobre las elecciones del 8 de diciembre en Venezuela, que consideran factores importantes como el contexto económico, las condiciones de la competencia, los niveles de abstención y el impacto de sus ambiguos resultados en el futuro inmediato. A pesar de la indudable validez de estos análisis, ellos parecen quedarse en el plano de la racionalidad instrumental de los sujetos individuales y colectivos, que planean estrategias, se organizan para ejecutarlas y evalúan los resultados para corregir el rumbo. El gran ausente es el mundo de las emociones, como si los analistas se hubieran esforzado por censurar su alegría o decepción por los resultados, para generar un discurso neutro y “objetivo”, ajeno a las turbulencias afectivas que, sin duda, afectaron a dirigentes, ciudadanos comunes y analistas, tanto durante la campaña electoral como, sobre todo, en el momento crucial del conteo de los votos.

En vida de Chávez, la estrategia política era inseparable de su dimensión emocional, y ambas eran magistralmente conducidas por el caudillo para reforzarse mutuamente: toda decisión sobre políticas públicas era acompañada de un relato histórico-afectivo en el cual se señalaban claramente héroes y villanos, pero sobre todo víctimas y victimarios, estimulando la compasión por unos y el odio hacia los otros, relato que culminaba identificando cada política pública con una reivindicación de los primeros y un castigo a los segundos.

Maduro intentó imitar las palabras del relato, pero él mismo terminó por darse cuenta de que ellas por sí solas carecían de la potencia necesaria para reanimar el fervor revolucionario, porque eran inseparables de la persona misma del difunto presidente; oírlas en la voz de Maduro hacía más cruel el contraste entre el original y la copia. Es quizás por ello que, acorralado por la pérdida de popularidad que indicaban los sondeos, decidió huir hacia adelante, sustituyendo su discurso inefectivo por decisiones impactantes que removieron emociones ya casi olvidadas.

Son algo simplistas las explicaciones que atribuyen el aumento de la aprobación del gobierno en las últimas semanas a una especie de incorregible carácter consumista y rentista de los venezolanos, como si fueran cobayas de laboratorio que responden a un estímulo con una respuesta condicionada. En la avalancha de saqueos -legitimados o no por el gobierno- hubo algo más que deseos adquisitivos: se trató de una revancha contra los “explotadores”, hasta el punto de que muchos de los participantes en los tumultos se llevaban, o compraban, objetos que no habían creído necesitar o, cuando se agotaron los más codiciados, terminaban por conformarse con los de escaso valor, pero no querían perderse el acto mismo de participar en el castigo que el gobierno había impuesto desde arriba; más allá de la obvia racionalidad económica de apropiarse sin costo -o a uno muy bajo- de mercancías que se convierten en reserva de valor ante la inflación, el saqueo legitimado fue un ritual de reencuentro emocional de las bases decepcionadas con el discurso redentor de la revolución.

Aunque se formaron largas filas de espera para acceder a los productos rebajados de precio, el carácter de ellas era radicalmente distinto de las que se hacen para obtener los productos básicos. Liberarse aunque sea por pocas horas, como en un cuento de hadas, de las apremiantes leyes del mercado, alivió la sensación de pérdida de libertad que acompaña siempre a la escasez: después de meses de incertidumbre sobre la presencia o no de bienes básicos en el mercado, de centenares de horas dedicadas a hacer filas para obtenerlos, de impotencia ante los aumentos cotidianos pero inexplicables de los precios, la invitación a apropiarse de aquellos objetos no esenciales, dedicados a mejorar la calidad de vida de quienes han resuelto el problema de la subsistencia, significaba una reivindicación del derecho de cada uno a escapar, unas pocas horas al día, del reino de la necesidad para administrar sus pequeñas y privadas parcelas de libertad. Libertad negada por las horas perdidas en interminables retrasos del tránsito; por las largas esperas en los hospitales, las oficinas públicas o los bancos, sin posibilidad alguna de renunciar a ese trabajo, ese servicio, ese subsidio, esa promesa, y por lo tanto de escapar a las exigencias de la necesidad.

Esta tentación de liberarse momentáneamente de las presiones de una economía inflacionaria no fue exclusiva de los sectores populares; entre los aspirantes al mágico regalo de un precio ajeno al mercado se contaron muchos de clase media, que no dejan de sentir la misma asfixia ante el creciente bloqueo de las expectativas que por mucho tiempo formaron parte de su identidad. Pero, si por algunos días la emoción predominante fue el alivio, no sólo por las acciones del gobierno sino más aún por sus promesas de extender el control de precios a todo el universo económico, poco a poco retornaron a la superficie otras emociones que habían permanecido latentes: la ira, el resentimiento y el miedo.

Al contrario de lo que algún discurso opositor radical quisiera, la ira y el resentimiento no son propiedad exclusiva de los chavistas, ni el miedo lo es de los opositores. En los últimos quince años estas emociones se han entreverado y circulado como una corriente alterna entre los polos que hoy constituyen nuestra sociedad. Si bien es cierto que el discurso de Chávez y sus sucesores se alimenta en gran parte de las dos primeras emociones, y las ha utilizado para potenciar el impacto de sus políticas, el chavista de base también teme a los opositores, como han recordado frecuentemente quienes tratan de excusar las tendencias autoritarias del régimen; el golpe de abril de 2002 y el impacto de la huelga general de ese mismo año sobre la población se aducen como prueba de un pretendido carácter reactivo de la agresividad política oficial, y de la desconfianza que impide a muchos oficialistas descontentos consumar su ruptura con el régimen.

Y por su parte, la ya larga cadena de fracasos, así sean relativos, de los intentos opositores por desplazar o al menos frenar el avance del proyecto totalitario alimenta la ira y el resentimiento de sus bases. Cuando se cree que la razón, el conocimiento, los “valores” y el bien están de nuestro lado, se hace más difícil comprender, y menos aceptar, que ese enemigo al que despreciamos se nos imponga una y otra vez, y sepa manipular hábilmente las instituciones para aparentar que obedece a las reglas de un juego limpio.

Y no hay un terreno donde esta paradoja se exprese con más intensidad que en el electoral. En efecto, el sistema electoral venezolano es un ejemplo casi perfecto de lo que Andreas Schedler ha llamado la manipulación de las instituciones democráticas, y especialmente de las elecciones, por el autoritarismo electoral. Desde el proceso electoral de 2006, los opositores de base se han visto enfrentados a un doble mensaje proveniente de sus líderes: sí, es cierto que el Consejo Nacional Electoral está parcializado a favor del gobierno, y hará todo lo posible por arrancar cualquier victoria de nuestras manos, pero debemos participar en este proceso sesgado porque no tenemos alternativa, y además hay una pequeña isla de neutralidad técnica en la que se detiene la capacidad de manipulación del régimen.

Se enfrenta así el opositor de base a algo muy parecido al “doble vínculo” de Bateson, en el que sus mismos dirigentes están atrapados; debo votar, pero es muy probable que mi voto sea robado o ignorado; pero, de todas maneras, debo seguir votando. Esta tensión entre una esperanza tenue y una frustración segura (porque, aunque se obtengan victorias parciales, ellas siempre estarán teñidas por el ventajismo y la manipulación) se traduce en unos casos en apatía, en otros en rabia y casi siempre en resentimiento, no sólo contra el adversario, sino contra el propio campo y hasta sí mismo.

El opositor que, distanciándose momentáneamente de sí mismo, se observa como lo haría un espectador, puede llegar a sentir una profunda indignación por la manera en que una y otra vez se somete a la intrusión del proyecto totalitario en sus derechos políticos y cívicos, su libertad y hasta su vida cotidiana, tolerando situaciones que nunca habría imaginado poder soportar. La conciencia de que es el miedo el que impulsa esta sumisión agrava la ira y el resentimiento, al enfrentar, en otro terreno pero con la misma intensidad, a la persona con los límites de su libertad. Por más humillantes que sean las restricciones impuestas por el régimen, el principio de realidad obliga a la prudencia, el silencio o la retirada ante un poder cada vez más arrollador. Y de allí que, de tanto en tanto, la ira se convierte en acicate para acciones o proyectos que, no por ser desesperados o poco realistas pierden su intensa atracción, ya que responden a una necesidad profunda de creerse libres, de soñar que se puede enfrentar la realidad para cambiarla. La indignación que producen hechos como la manipulación descarada de las cifras por la presidenta del Consejo Nacional Electoral, al presentar los recientes resultados electorales, parece indicar que ellos y otros similares operan como provocaciones para manipular, ya no las emociones de sus seguidores, sino las de sus adversarios.

Para concluir, no se trata de recomendar que pongamos nuestras emociones a un lado y nos comportemos como seres pretendidamente racionales, sino de reconocer el papel que ellas juegan en toda estrategia política. Desde octubre de 2012 en adelante, el dos veces candidato de la oposición, Henrique Capriles, parece haber comprendido la importancia de esta dimensión, tanto en su aspecto constructivo como destructivo, y ha tratado de canalizarla. Sin embargo, las emociones negativas parecen hoy estar predominando sobre aquellas que favorecen el diálogo y la convivencia entre los ciudadanos.

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