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bibl-humanidadesBiblioteca de la Facultad de Humanidades de la UCV, que en 1965 era uno de los salones de clases de primer año de sociología y antropología.

En la UCV

En noviembre de 1965 entré a la UCV para estudiar sociología. La opción por esa carrera significa casi siempre una cierta distancia frente a la sociedad en que se vive, a la que se quiere comprender más allá de las ideas recibidas. La observación de desigualdades, injusticias y conflictos sociales, la atención a debates políticos con posiciones radicalmente opuestas y algunas lecturas no convencionales me habían llevado a esperar que fuera posible entender la sociedad con instrumentos “científicos”. Esta esperanza no se basaba en algún conocimiento específico ni en la lectura de textos sociológicos, sino en la promesa que ofrecía el nombre de la disciplina. No tenía modelos de rol, porque había muy pocos sociólogos en Venezuela (la primera promoción databa de 1957). Jamás había oído de la existencia de Durkheim, Weber o Parsons, aunque sí de Marx, en términos condenatorios o elogiosos, pero más como fundador de una doctrina política que como científico social.

El primer año de la carrera incluía, entre otras, una materia políticamente “neutral”, cuyo nombre he olvidado, en la que debíamos aprender técnicas básicas de investigación como hacer fichas y resúmenes. Pero el profesor era casi una caricatura del cmhuadro estalinista y su pensamiento dogmático: uno de nuestros primeros trabajos fue fichar “El materialismo histórico”, de F.V. Konstantinov, de la Academia de Ciencias de la URSS. Así se aseguraba de que los nuevos estudiantes conocieran el marxismo de la fuente más autorizada y ortodoxa. Esa fue una vertiente de mi primer encuentro con esa teoría en su forma más dogmática (y aburrida).

Sin embargo, afortunadamente (¿o no?) hubo otra totalmente distinta. Alfredo Chacón, recién llegado de Francia, era el profesor de Introducción a la Antropología. De una seriedad y distancia que intimidaban, no hacía la menor concesión a nuestra ignorancia, y sus clases parecían dar por supuesto un nivel mayor que el que teníamos (por eso su primer examen parcial fue una verdadera hecatombe). Antes de entrar en los temas específicamente antropológicos, comenzaba la materia con una discusión filosófica sobre el carácter de las ciencias sociales, basada sobre todo (pero no únicamente) en algunos capítulos de “Las ciencias humanas y la filosofía”, de Lucien Goldmann.

Aunque no sé si todavía perdura el uso de su libro en los cursos introductorios de sociología de nuestras universidades públicas o si ya fue olvidado, Goldmann (1913-1970) era uno de los autores de referencia en el debate marxista de la postguerra en Francia. lucien-goldmannNo era sociólogo en sentido estricto, sino un cruce entre filósofo e historiador de las ideas: su obra fundamental, “El Dios Oculto”, pretendió encontrar una analogía estructural entre la situación de la nobleza de toga en la sociedad francesa del siglo XVII y la estructura del teatro de Racine y de los Pensamientos de Pascal. Pero lo más interesante de Goldmann era su lucha por reivindicar una ciencia social dialéctica, para lo cual se inspiraba sobre todo en el primer Lukacs, el joven que había escrito “Historia y Conciencia de Clase”, libro irreverente y audaz, y no el Lukacs posterior que se sometió al estalinismo.

En “Las ciencias humanas y la filosofía” Goldmann subrayaba “la identidad parcial entre el sujeto y el objeto del conocimiento” y la necesidad de integrar en el estudio de los hechos sociales la historia de las teorías sobre ellos y, a la inversa, estudiar los hechos de conciencia a la luz de su entorno histórico. Hoy esto nos puede parecer más que obvio, pero muestra que Goldmann buscaba abrirse un camino “dialéctico” ante lo que veía como el objetivismo tanto del marxismo mecanicista como de la teoría sociológica clásica.

Las cincuenta y tantas páginas del capítulo titulado “El método en las ciencias humanas” contienen una especie de síntesis de su pensamiento: a partir de las premisas mencionadas, critica a Durkheim, Weber y Lukacs, a los dos primeros por abordar el problema de la objetividad en forma no dialéctica, y al tercero por creer que ella sería una consecuencia de la “conciencia límite” del proletariado, idea que a Goldmann parece “excesiva”. Habiendo dispuesto de los fundadores, Goldmann hace una crítica de la “sociología universitaria” de la época, a la que califica de ahistórica, para finalmente insistir en la unidad entre vida material y pensamiento, y concluir en la necesidad de que las ciencias sociales, reconociendo esa unidad, sean dialécticas.

Esta lectura tuvo un gran impacto sobre mí, y creo que también sobre muchos otros estudiantes de sociología, porque sentaba las bases de dos dogmas que iban a acompañar mi pensamiento por muchos años: primero, que la sociología académica estaba irremisiblemente limitada, si no invalidada, por su rechazo al enfoque dialéctico, derivado de su condición de pensamiento que expresaba la visión del mundo de la burguesía, y segundo, que si bien algunos marxistas habían caído en desviaciones de interpretación, Marx mismo estaba por encima de toda crítica (esto no era dicho explícitamente, pero el único autor no criticado en esas páginas era Marx).

Y esto no era dicho con la pesadez y didactismo de los manuales, sino con una argumentación brillante y erudita que se paseaba por las principales corrientes y autores del siglo XIX y XX, y especialmente por algunas teorías sociológicas importantes. Una vez superada con esfuerzo la falta de familiaridad con todo un campo del conocimiento que apenas comenzaba a explorar, el texto de Goldmann reclamó para el marxismo los mapas mentales que me iban a orientar en el territorio de la sociología y de las ciencias sociales en general, creando una desconfianza de entrada hacia autores que no había leído, y peor aún, hacia la disciplina misma en la que me iba a formar.invesgigaciones-dialecti001

Pero esta lectura también tuvo un aspecto positivo: me mostró que podía existir un marxismo más profundo y matizado que el de los manuales; a partir de ese momento me convertí en “fan” de Goldmann y busqué sus otros libros. Cuando veo mi viejo ejemplar de “Investigaciones dialécticas” (traducido por Eduardo Vásquez y editado por la UCV en 1962), intensamente subrayado, detecto una pasión intelectual que había olvidado y que pocas veces he vuelto a sentir.

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La ley de inteligencia y contrainteligencia, decretada el 14 de mayo por el presidente Chávez, fue elaborada sin proceso legislativo público, ya que la habilitación que le concedió la Asamblea Nacional en 2007 le permite legislar por decreto hasta, al menos, julio de este año.
Al conocerse el texto de la ley comienzan a producirse reacciones de diversos actores, ya que su articulado contiene las amenazas más claras y presentes hasta ahora de instalar un régimen al estilo de los viejos “socialismos reales”, donde cada ciudadano o institución se veía forzado a ser espía de sus vecinos, compañeros de trabajo, o incluso de sus familiares.
Según la ley, todo ciudadano o institución es un “órgano de apoyo” de los cuerpos de inteligencia y por lo tanto debe cooperar en la obtención de información; quienes incumplan esta obligación serán sancionados por atentar contra la seguridad y defensa de la nación. (Art. 16)
Todos los funcionarios del sistema de justicia deben “coadyuvar en el ejercicio de actividades de inteligencia y contrainteligencia”, poniendo así por encima de su rol específico el de ser ayudantes de los cuerpos de inteligencia. (Art. 17)
Y lo más increíble es que los métodos e instrumentos de obtención de información “…sólo deberán ser puestos en práctica por los órganos con competencia especial, en consecuencia toda actividad de esta naturaleza desarrollada por personas naturales o jurídicas, de derecho público o de derecho privado, nacionales o extranjeras, son de naturaleza ilícita y generan responsabilidad en los términos establecidos en la ley.” (Art. 19) Y el artículo 24 consagra la conversión del ciudadano al delator, al prever que los órganos de inteligencia podrán “requerir” que les suministre información, al mismo tiempo que le garantizan el secreto de esta condición.
Para quien haya conocido, ya sea por testimonios o por películas como “La vida de los otros”, las redes de espionaje de los países del socialismo real, esta ley no tiene ambigüedades: es un nuevo paso para la implantación de una dictadura totalitaria.
¿Será esta ley la oportunidad para crear una dinámica de resistencia en la población? ¿Será factible convocar un referéndum para derogarla, como ya proponen algunos? En la cultura venezolana, el delator es un “sapo” y su actividad “sapear”; esto ya dice mucho sobre la valoración que se tiene de este personaje en la cultura popular. Pero ¿Será esto suficiente para movilizarse contra esa ley? ¿Permitirán las instituciones controladas por el caudillo que la ley sea derogada por iniciativa popular?
Mientras tanto, para ayudar a conocerla y discutirla, se puede leer en una página anexa.

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La imagen que abre este blog es violenta y amenazante. Es la imagen que hoy tengo de mi país, aunque espero que algún día podré cambiarla por una de convivencia y entendimiento entre los venezolanos.

El objetivo de este blog es poner a la disposición de los usuarios algunos textos que he producido como parte de mi trabajo de investigación en el CENDES (Centro de Estudios del Desarrollo) de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. Formo parte de un equipo multidisciplinario que intenta moverse en la frontera entre la sociología, la ciencia política y la historia para comprender la compleja realidad de la Venezuela de hoy.

No soy neutral ni desapasionado, como podrán constatar los lectores, pero intento respaldar mis interpretaciones con los métodos aceptados en el ámbito académico. También intentaré analizar la coyuntura sociopolítica con cierta frecuencia, pero no con la regularidad de un columnista. Finalmente, espero que estos textos puedan de ser de alguna utilidad para investigadores y estudiantes que se interesen por la dinámica sociopolítica en Venezuela.

Luis Gómez Calcaño

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