El régimen populista en Venezuela

EL RÉGIMEN POPULISTA EN VENEZUELA: ¿AVANCE O PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA?
Revista internacional de filosofía política, ISSN 1132-9432, Nº 28, 2006 , pags. 5-46

Nelly Arenas
Luis Gómez Calcaño

INTRODUCCIÓN

El gobierno de Hugo Chávez ha llamado la atención del análisis político por sus características complejas y contradictorias que impiden ubicarlo fácilmente en casillas conceptuales preelaboradas. Dos conceptos aparecen predominantemente asociados al chavismo: populismo e izquierda. Pero esto no impide la presencia de otras etiquetas como militarismo, revolución, democracia radical, democracia participativa, nacionalismo.
Esta complejidad puede atribuirse, en parte, al carácter aluvional de las cambiantes alianzas que llevaron a Chávez al poder y lo mantienen en él: a partir de una logia militar y contactos con la izquierda radical de los años setenta y ochenta, el intento de golpe de 1992 da una tribuna pública al líder de los conspiradores, quien, después de rechazar los mecanismos electorales durante varios años, es convencido por nuevos aliados de la izquierda moderada de aprovechar esos mecanismos para crear una base de apoyo y eventualmente llegar al poder.
Alrededor de la figura crecientemente popular de Chávez se va constituyendo improvisadamente el “polo patriótico”, heterogénea mezcla que, alrededor de un núcleo de ex militares comprometidos desde sus inicios con el proyecto “bolivariano”, agrega partidos de izquierda tradicional, otros más “modernos” o reformistas, disidentes de los partidos centristas y diversas expresiones de la antipolítica que se presentan como frentes cívicos, evitando ser identificados como partidos políticos.
En esta pluralidad de actores que sólo tenían en común el proyecto de acompañar al líder en su marcha hacia el poder, habría sido difícil imponer un proyecto definido; por ello, tanto en la campaña electoral como en los primeros años de gobierno, los contenidos son ambiguos y hasta contradictorios: nacionalismo, lucha contra la corrupción, antipartidismo, antielitismo. Definida más por lo que niega que lo que propone, la ideología del chavismo inicial elude identificarse con una filosofía política o una doctrina universalista, para refugiarse en referencias anacrónicas a tres figuras del siglo XIX: Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora.
Sin embargo, la evolución del proceso sociopolítico ha ido produciendo una mayor definición del proyecto, que a partir de 2005 se manifiesta abiertamente como “socialismo del siglo XXI” , entendida esta palabra no en el sentido de la socialdemocracia, como reformas al capitalismo para promover la equidad, sino en un sentido explícitamente anticapitalista. En este sentido, no cabría duda del carácter de “izquierda” de Chávez y su gobierno; sin embargo, es necesario distinguir entre el discurso y las prácticas, que muchas veces pueden desmentir a aquél. Una de las características de la izquierda mundial en la actualidad es su denuncia de la globalización y del libre comercio, así como de la hegemonía de los EEUU. El discurso de Chávez se alinea con estas proposiciones, pero la dependencia del país de los ingresos petroleros impone mantener los lazos comerciales con el “Imperio” que denuncia.
Por otra parte, es necesario destacar que la izquierda venezolana no es unánime en su actitud hacia el chavismo. Si bien algunos partidos tradicionales como el Partido Comunista de Venezuela y el Movimiento Electoral del Pueblo, o desgajamientos de partidos de izquierda reformista, como Patria Para Todos o Podemos, son firmes aliados del gobierno, en la oposición coinciden marxistas radicales como Bandera Roja con socialdemócratas como el MAS. Finalmente, el propio partido de Chávez, el Movimiento Quinta República (MVR) tiende a ser más un seguidor de la palabra presidencial que un generador de doctrina. Una división semejante ocurre en los sectores intelectuales y académicos, donde tradicionalmente han predominado las ideas de izquierda: el apoyo a Chávez en este sector, lejos de ser unánime, es más bien relativamente reducido.

Por todas las razones expresadas, la caracterización del tipo de populismo y de izquierda a los que pertenecería el chavismo depende de un conjunto de variables que trataremos de analizar; después de examinar las complejas relaciones entre la izquierda y el chavismo en los últimos años, se tratará de identificar las características específicas de su tipo de populismo, tratando de estimar posibles direcciones de la dinámica sociopolítica del país.

¿Dos izquierdas?

En los últimos años se ha difundido la noción según la cual existen, al menos en América Latina, “dos izquierdas” (Castañeda, 2004; Petkoff, 2005), aunque los rasgos y los componentes de cada una no hayan sido establecidos sistemáticamente. Para Castañeda, los que aplican políticas “pragmáticas, sensatas y realistas” son los que “tienen raíces verdaderamente socialistas y progresistas”, como Ricardo Lagos, Lula da Silva y Tabaré Vásquez. Mientras los que surgen “de un pasado populista y puramente nacionalista, con pocos fundamentos ideológicos”, como Chávez, Kirchner y López Obrador, son menos modernizadores, más retóricos y menos preocupados por las formas de ejercer el poder (Id.). Por su parte, Petkoff sólo incluye en la izquierda arcáica o “borbónica” a Chávez y su mentor Fidel Castro, mientras Kirchner y López Obrador pasan el examen junto con los aprobados por Castañeda, esta vez como representantes de “un camino de reformismo avanzado” (Petkoff, 2005: 30).

Para ambos autores, Chávez queda claramente ubicado en la izquierda arcaica, populista y nacionalista, pero izquierda al fin. Ello lleva a preguntarse qué es lo que estos líderes tienen en común a pesar de sus diferencias, y puede recordarnos que siempre hubo “dos izquierdas”, que han adoptado diferentes expresiones: reformistas y revolucionarios, mencheviques y bolcheviques, socialdemócratas y leninistas. Estas divisiones pueden ser vistas en dos tipos de debate: en primer lugar, entre aquellos que, estando de acuerdo en que el capitalismo no puede ser reformado sino superado, difieren en cuanto a la forma y plazos de la superación: el debate sería entre el socialismo evolutivo y el revolucionario. Pero una segunda oposición es aquella entre quienes creen que el capitalismo puede ser corregido y mejorado en un sentido más igualitario, pero sin dejar de ser capitalismo, y los que insisten en que este orden social puede y debe ser dejado atrás. Esta segunda versión de la polémica predomina después del derrumbe del socialismo burocrático o “real”, que plantea serias dudas sobre la viabilidad de una alternativa al capitalismo, al menos en el corto y mediano plazo.

Esta situación hizo replegarse a los marxistas más tradicionales, ahora huérfanos de modelo social, pero estimuló a quienes buscaban nuevas vías para oponerse al capitalismo, o al menos a defenderse de sus efectos. La lucha contra el capitalismo adoptó la forma, menos intimidante, de lucha contra el neoliberalismo, y el proyecto socialista se difuminó, para convertirse en una mescolanza de ideas y proposiciones que sólo tenían en común su rechazo a la globalización, al capitalismo y a la democracia liberal, pero cuyo proyecto alternativo consistía en decir que “otra sociedad es posible”, sin especificar las bases de viabilidad de esa “otra sociedad” ni el camino político para alcanzarla.

Mientras tanto, los políticos de izquierda con ambiciones reales de poder aceptaron la inviabilidad actual de un proyecto alternativo al capitalismo, y se dedicaron a la compleja tarea de superar la crisis del Estado benefactor (lo que implicó muchas veces aplicar recetas “neoliberales”). La adopción del “sentido común” neoliberal por partidos y líderes de izquierda fue denunciada como una claudicación, y no dejaron de señalarse los efectos negativos de este “realismo” en términos de pérdida de garantías sociales y aumento de las desigualdades. Por su parte, estos socialistas o socialdemócratas en el poder alegan que la aplicación de ciertas medidas puntuales del recetario neoliberal —a veces inevitables para enfrentar serias crisis— no significa un compromiso ideológico con esa tendencia, y son necesarias para restablecer sobre bases más sólidas los logros, si no los métodos, del Estado benefactor.

Sin embargo, las críticas a los liderazgos pragmáticos, que han ido amplificándose en la medida en que las redes antiglobalizadoras crecen y ocupan mayores espacios mediáticos, no han logrado aún conformar la base para un proyecto alternativo de sociedad, como no sea una exigencia de mayor participación y democratización de todos los espacios, pero sin definirse claramente frente a la cuestión central: ¿Existe hoy en día un modelo viable de sociedad alternativo al capitalismo, pero que al mismo tiempo no desemboque en una dictadura burocrática como el socialismo real? Pregunta que se hace aún más urgente al constatar la deriva de socialismos burocráticos como el de China hacia un predominio cada vez mayor del mercado, sin que este camino vaya acompañado de una correspondiente democratización política.

Si tomamos estos dilemas como marco de referencia para el proceso político venezolano, veremos cómo el chavismo pasa por un proceso de radicalización, desde un proyecto ambiguo que pretende combinar elementos de mercado y Estado a la manera de la socialdemocracia, hacia una adhesión explícita a un modelo todavía no construido pero denominado “socialismo del siglo XXI”. Esta trayectoria no es independiente de la evolución de la izquierda venezolana, ya que estos cambios de orientación del gobierno de Chávez han incidido en su política de alianzas, como veremos a continuación.

Trayectorias de la izquierda venezolana

La izquierda en Venezuela, como en todo el mundo, es un espacio móvil y flexible, cuyas fronteras se desplazan siguiendo las coyunturas históricas y los flujos ideológicos mundiales.
Para fines de los años ochenta, la izquierda (incluso la modernizadora como el MAS) se había convertido en un actor casi simbólico en el sistema político venezolano; las limitaciones y costos del modelo de desarrollo se procesaban bajo la forma de alternabilidad entre los dos grandes partidos de centro, y no parecía haber potencial para fuerzas alternativas. La mayor parte de los partidos de izquierda entraban en alianzas para apoyar a los candidatos que percibían como “progresistas” aunque no tuvieran oportunidades reales de triunfar. Sin embargo, persistían ciertos referentes ideológicos que permitieron mantener durante estas dos décadas la vigencia de un discurso radical: ciertas trincheras culturales como grupos universitarios, círculos intelectuales y organizaciones de base (algunas de ellas armadas) en zonas populares conservaban la interpretación revolucionaria de la historia contemporánea de Venezuela, en la que el sistema democrático representativo —que gozaba, al menos hasta la década de los ochenta, de amplia legitimidad en la población— era concebido como la máscara de la dominación, y por lo tanto como ilegítimo. Estos grupos, aunque minúsculos, serían una reserva que se activó a medida que el gobierno de Chávez se fue radicalizando, proporcionando elementos de continuidad con la tradición revolucionaria.
En cierta forma se reproducía la división entre una izquierda reformista y modernizadora, representada sobre todo por el MAS, y una revolucionaria y aferrada a los dogmas marxistas; sin embargo, la diferencia es que la esperanza de que el MAS surgiera como una alternativa democrática para desplazar a los grandes partidos de centro chocó una y otra vez con la indiferencia ciudadana. Cuando el deterioro del modelo de desarrollo fue deslegitimando progresivamente a esos partidos, el MAS fue desbordado por nuevos actores políticos que se situaron a ambos lados del espectro ideológico: por la derecha, una agresiva tendencia tecnocrática, antiestatista y antipartidista; y por la izquierda, nuevas organizaciones que criticaban el enfoque gradualista y reformista del MAS, al que acusaban de ser un actor más del sistema (Ellner, 1992: 96).

El deterioro de la legitimidad del sistema político y la insatisfacción con los partidos gestores del Estado se manifestaba ante todo por medio del “voto castigo” con el que los electores oscilaban entre AD y COPEI, y una creciente abstención, pero no por la emergencia de nuevos partidos o movimientos capaces de desplazar a estas dos grandes organizaciones. Una de las escasas reformas introducidas en la década de los ochenta, a pesar de la resistencia de los sectores más tradicionales de los partidos, fue la descentralización. Ella implicaba la transferencia de responsabilidades y recursos a los estados y municipios, y sobre todo la posibilidad de que éstos eligieran a sus propios gobiernos. A partir de las primeras elecciones regionales, celebradas en 1989, los partidos MAS y La Causa R obtuvieron algunas gobernaciones y alcaldías. (Arenas y Mascareño, 1996).
A pesar de la ampliación de los actores políticos con acceso a espacios de poder local y regional, la desafección hacia el sistema político siguió creciendo. Dos hechos centrales ratificaron este proceso: los saqueos que se iniciaron el 27 de febrero de 1989, y la respuesta de adhesión pasiva que encontró en amplios sectores de la población el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.
Los sucesos de febrero y marzo de 1989 pueden ser vistos como la emergencia repentina de tensiones que se venían acumulando en el sistema político y en el modelo de desarrollo sin que las elites gobernantes ni las alternativas hubieran logrado válvulas de escape institucionales, políticas ni sociales. El Estado distribuidor de renta petrolera venía perdiendo eficiencia y cobertura, pero el modelo alternativo promovido por ciertas elites modernizadoras, centrado en la reorientación hacia el mercado y la reducción de las responsabilidades del Estado, encontraba fuertes resistencias incluso en buena parte de los grupos hegemónicos. El resultado fue una oscilación entre políticas estatistas y liberalizadoras que sucedían incoherentemente desde principios de los años ochenta, hasta que el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez se vio obligado a imponer un rígido programa de ajuste combinado con un intento de cambio estructural en la relación entre Estado, sociedad y economía.

La distancia entre partidos, instituciones y masas populares abrió para los grupos interesados en desplazar a AD y COPEI posibilidades que hasta entonces parecían casi utópicas: sujetos antes claramente identificados con esos partidos y las instituciones a ellos subordinadas se veían ahora “disponibles” para ser articulados en nuevos discursos y nuevos antagonismos.
Los principales beneficiarios del desprestigio de AD y COPEI fueron el ex presidente Caldera, quien, basándose en una defensa y justificación de los golpistas, y en la promesa de enfrentarse a los paquetes neoliberales, logró un segundo mandato; y el partido La Causa R, que recibió una importante votación para su candidato Andrés Velásquez, y un número de parlamentarios que nunca había sido logrado por los partidos de izquierda. Los otros tres partidos de esta tendencia, el MAS, el MEP y el Partido Comunista, apoyaron a Caldera principalmente por sus promesas de combatir al neoliberalismo, las cuales se verían desmentidas en 1997 ante una grave crisis financiera que obligó al gobierno a negociar un paquete de ajustes con el FMI.

Esta nueva decepción alimentó el desprestigio de los actores del sistema, el antipartidismo y la antipolítica. Molina (2001: 196) muestra, basándose en encuestas longitudinales, una declinación de las lealtades hacia los partidos principales. En 1973, los militantes o simpatizantes de AD, Copei y el MAS representaban un 45,9 % del total de electores; esta cifra fue declinando a 35,3% en 1983, 27,8% en 1993, 14 % en 1998 y finalmente 10,8 % en el año 2000.

La coyuntura atrajo a figuras que aspiraban capitalizar el rol de outsider para sustentar su ambición presidencial; dos de ellos, Henrique Salas Römer e Irene Sáez, representaban las corrientes modernizadoras y liberales que pugnaban por sustituir la dominación partidista por elites tecnocráticas; el tercero, Chávez, fue evolucionando lentamente desde su posición de rechazo radical al sistema hacia la participación electoral, estimulado por viejos líderes de la izquierda nacionalista como Luis Miquilena y José Vicente Rangel. A ese fin se constituyó en 1997 el Movimiento Quinta República (MVR), tomando como núcleo inicial la organización conspirativa MBR-200 , pero ampliándose con liderazgos civiles que se habían aproximado al movimiento desde 1992. La candidatura de Chávez creó debates y disensiones en los dos partidos más importantes de la izquierda: el MAS y La Causa R. En el primer caso, la mayor parte de la dirigencia, que inicialmente prefería otras opciones, terminó por inclinarse ante la presión de las bases, que simpatizaban entusiastamente por Chávez. Sólo una parte de la dirección prefirió apartarse del partido antes que respaldar esta opción (Petkoff, 2000: 81-84). En el segundo, ya antes de la candidatura se había producido una división que dio lugar a un nuevo partido, el PPT, que se inclinaría por Chávez, mientras que el tronco original decidió no apoyarlo (López Maya, 1997). Otros partidos menores, como el PCV y el MEP, también se inclinaron por Chávez, dando continuidad a la política de apoyar al candidato “más progresista” aunque su proyecto político y su ubicación ideológica no fueran del todo claras.
En suma, la izquierda repitió una vez más el “síndrome de delegación” que la lleva a depositar en un líder externo la tarea de impulsar los cambios que ella propone pero no ha sido capaz de alcanzar en forma autónoma; pero con una diferencia importante: esta vez no se trataba de apoyar a un disidente salido de las filas de los actores predominantes, sino a un verdadero outsider con ideas y programa borrosos e indefinidos (Gómez Calcaño y Patruyo, 2000). El aporte principal a las victorias de Chávez en 1998 y 2000 vino del MVR, organización nueva y sin otras bases ideológicas que la identidad con el líder, mientras que los dos partidos mayores de la izquierda, el MAS y el PPT, dieron un aporte secundario.

Las orientaciones de Chávez: del radicalismo a la moderación y de regreso

En el largo período de incubación de la intentona golpista de 1992, los conspiradores entraron en contacto con numerosos actores políticos clandestinos o semilegales, caracterizados casi todos ellos por su ideología marxista radical y revolucionaria (Garrido, 1999). Esto hizo que, al emerger el MBR-200 ya no como logia militar sino como movimiento político, buena parte de sus cuadros más entusiastas fueran revolucionarios radicales. Sin embargo, al acercarse el movimiento a la creación de un instrumento electoral para las elecciones presidenciales de 1998, algunos de estos grupos rompieron con el partido denunciando la derechización del movimiento y otras distorsiones del mismo, como el culto a la personalidad (Parker, 2001: 38, 39n). Este deslinde abrió el paso a las alianzas de Chávez con actores más diversos, incluyendo corrientes reformistas y centristas, así como empresarios y terratenientes.
El documento programático más importante del MBR-200 antes de su paso a la lucha electoral, denominado “Agenda Alternativa Bolivariana” no contenía alusiones explícitas al socialismo sino expresiones de resistencia al neoliberalismo y búsqueda de “equilibrios”: planteaba un sistema de economía mixta, en la cual el Estado se reservaría las industrias básicas estratégicas, el petróleo y la minería, mientras que los sectores de bienes y servicios esenciales y el financiero serían mixtos, siendo sólo fundamentalmente privada la gran industria (Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, 1996: 14). La orientación general del documento es la de reforzar las competencias del Estado por encima de los espacios del mercado, ya que éste será delimitado a áreas específicas y regulado en función de las metas del programa. Pero nada de esto es muy diferente de lo que han hecho los “reformistas avanzados” de Petkoff o los “pragmáticos y sensatos” de Castañeda. El enemigo no parece ser todavía el capitalismo, sino el “capitalismo salvaje” y el “fundamentalismo neoliberal” (Id.: 5-6). Sin embargo, el mismo Chávez, en su introducción al documento, deja ver que la agenda

…va mucho más allá, pues pretende constituirse en el puente por donde transitaremos hacia el territorio de la Utopía Concreta, el sueño posible. Es decir, la AAB ofrece una salida y echa las bases del Proyecto de Transición Bolivariano. Aquélla en el corto plazo y éste en el mediano, serán los motores para el despegue hacia el Proyecto Nacional ´Simón Bolívar`, cuyos objetivos se ubican en el largo plazo (Id.: 7).

Pero el contenido real de dicho “Proyecto Nacional” no fue precisado en esa ocasión, sino que se iría develando lentamente a medida que se radicalizaba el proceso. Más aún, como ha mostrado Camejo (2002) el programa de Gobierno presentado por el candidato Chávez en 1998 es todavía menos estatista, ya que plantea un equilibrio entre Estado y mercado, no excluye cierto grado de privatización y acepta la necesidad de insertarse competitivamente en el mercado mundial.
La relación del gobierno de Chávez con la izquierda (entendida tanto como ideología como conjunto de actores) puede ser examinada en lo que se reconoce generalmente como cuatro etapas: una que va desde la toma de posesión en febrero de 1999 hasta los conflictos que culminaron en el golpe del 11 de abril de 2002; una etapa de transición que llega hasta el paro nacional de diciembre de 2002 hasta febrero de 2003; una etapa de conflicto político intenso pero institucionalizado alrededor de la solicitud de referendum revocatorio, que culmina con la ratificación de su mandato en agosto de 2004; y finalmente una etapa de relativa estabilización y consolidación a partir de ese momento.
Como han destacado varios analistas, la heterogeneidad de la coalición que llevó a Chávez al poder impuso la coexistencia de un discurso agresivo hacia los adversarios con políticas económicas y sociales reformistas e incluso “neoliberales”, como se puede constatar al leer los dos primeros programas económicos del gobierno. Aunque el movimiento político MVR, su principal base de sustentación, era en el año 2000 el partido situado más a la izquierda de todos los grupos de la Asamblea Nacional, seguido de cerca por el MAS (Ramos, 2002), en ese momento componían al partido y la coalición grupos de izquierda reformista que se separarían más adelante, al radicalizarse el programa legislativo. Otra evidencia de la relativa moderación ideológica del momento fue el carácter de la Constitución aprobada en 1999, en la cual coexisten elementos estatistas y de mercado, participacionistas y liberales, centralizadores y descentralizadores. (Kelly, 2001; Marta Sosa, 2002; Salamanca y Viciano, 2004)
El primer indicio de la radicalización del gobierno se produce con la aprobación, en noviembre de 2001, de un conjunto de 49 decretos-leyes, sustentados en la habilitación que había recibido el Presidente por parte de la Asamblea Nacional, para legislar en asuntos considerados como de urgencia nacional. Algunas de las reformas fueron anunciadas por el gobierno como instrumentos de movilización social y política; este fue el caso de la Ley de Tierras, a la cual el Presidente se refería en sus alocuciones como un instrumento de expropiación contra los terratenientes. Al conocerse el contenido de las leyes, se despertó una serie de críticas desde diversos sectores que se consideraban afectados por ella. Aunque hubo algunos intentos formales de diálogo entre el gobierno y los empresarios, el fracaso de esta instancia reforzó la confrontación. Se produjeron diversas protestas, pero la movilización más importante fue el paro cívico del 10 de diciembre de 2001, convocado por FEDECAMARAS, que paralizó a la mayor parte de las empresas del país (Gómez Calcaño, 2005). El conflicto alrededor de estas leyes marcó un punto de ruptura a partir del cual se radicalizaron tanto los actores políticos como los sociales, hacia una confrontación suma-cero en la que la negociación se hizo, si no imposible, extremadamente difícil, hasta el punto de requerir intermediarios extranjeros (como el secretario general de la OEA, César Gaviria), y cada una de las políticas públicas se convirtió en un campo de batalla.
Las interpretaciones sobre el origen del conflicto, naturalmente, difieren. Para Molina (2003:193),
La aprobación mediante decreto ejecutivo y sin negociación social, que incorporara en ellas, [las leyes] al menos parcialmente, los planteamientos de los sectores sociales afectados llevó, a estos últimos, el mensaje de que estaba en camino de realización un proyecto político que consideraban contrario a sus intereses y que en la aplicación del mismo no iban a ser consultados y tomados en cuenta. Este hecho, sumado a la decantación de la coalición de gobierrno hacia el predominio de la izquierda autoritaria (…) terminó por convencer a los sectores empresariales, las clases medias y los dirigentes de la principal central sindical del país, de que el gobierno pondría obstáculos para el juego democrático; de modo que la opción de desplazarlo del poder en un futuro cercano por vía electoral aparecía no sólo lejana, tomando en cuenta el daño que suponían iban a sufrir en el camino, sino bastante incierta.

Aunque desde un punto de vista distinto, Ellner (2005:119-120) también destaca la importancia de los decretos-ley de la habilitante en la polarización y profundización del conflicto político:

A fines del 2001, Chávez sobrepasó la arremetida política reformista original de su gobierno al promulgar simultáneamente cuarenta y nueve leyes de contenido social y económico radical. Esta legislación abarcaba la reforma agraria, el control estatal de actividad (sic) petrolera, apoyo estatal para las cooperativas de trabajadores y la anulación de la privatización del sistema de seguridad social. Esta radicalización intensificó la polarización política, impulsando a los moderados del gobierno […] a unirse con la oposición con el único objetivo de sacar a Chávez del poder. […] La postura firme de la oposición radicalizó aún más a los Chavistas y cerró las puertas a cualquier tipo de negociación o acuerdo.

Los conflictivos procesos políticos de los años siguientes, como el fugaz derrocamiento del presidente y su regreso al poder, el paro nacional de 2002-2003, y el referéndum revocatorio que pretendió desplazar al gobierno por la vía electoral, se enmarcan en este clima de confrontación que incluyó enfrentamientos violentos y un predominio de la “política de la calle” (Patruyo, 2005). Otra consecuencia del conflicto fue la salida definitiva de la izquierda reformista, representada por el grupo que giraba alrededor de Miquilena y el MAS, lo cual creó un doble problema de definición: para ésta, la dificultad de encontrarse en alianza con sectores que siempre había combatido, como los gremios empresariales y las burocracias sindicales; y para el gobierno, la necesidad de demostrar que ocupaba por completo el campo de la izquierda y sus adversarios sólo podían ser de derecha.

Gradualmente se fueron imponiendo, con algunos retrocesos tácticos, los principales elementos programáticos iniciales del gobierno: fortalecimiento del Estado, control sobre la industria petrolera, ocupación de todos los poderes y sustitución gradual de la burocracia “de la cuarta república” por partidarios del régimen, creación de organizaciones sociales paralelas.

Sin embargo, la ubicación ideológica del régimen siguió siendo ambigua, en la medida en que no se tomaron medidas más radicales en el campo de la economía que el control de cambio y la expropiación de numerosos fundos agrícolas, mientras los socios extranjeros de PdVSA, así como los sectores comercial, financiero e importador se beneficiaban del considerable aumento de los precios petroleros a partir de 2003-2004. Ellner (2005: 111-142) caracteriza esta ambigüedad a partir de la distinción de dos tendencias en el chavismo: la de “transformación no-revolucionaria” y la de “oportunidad revolucionaria”, que se han opuesto en varios temas estratégicos, como el control sobre PdVSA, la creación de organizaciones sindicales y de base paralelas a las existentes, los derechos de propiedad, la valoración del régimen cubano, la interpretación de los programas sociales del gobierno, y la visión del pueblo como sociedad civil.

Es sólo en noviembre de 2004, después de las victorias en el referéndum revocatorio y en las elecciones regionales, que permiten a partidarios de Chávez controlar 21 de los 23 estados del país, que se vuelve a reflexionar explícitamente sobre el modelo de sociedad a alcanzar. En un largo discurso pronunciado ante los más importantes funcionarios del régimen, incluyendo a los gobernadores recién electos, el Presidente trazó el mapa estratégico para los próximos años. En él, aunque sin nombrarlo, aparece dibujado lo que unos meses más tarde será bautizado como “el socialismo del siglo XXI”:

El objetivo de largo plazo, en lo económico, nadie puede tener duda de ello, es trascender el modelo capitalista. El modelo económico capitalista es inviable, imposible, nosotros los líderes, sobre todo los líderes debemos tenerlo muy claro (Chávez, 2004: 26 ).

¿Es el comunismo la alternativa? ¡No! No está planteado en este momento, aquí están los grandes rasgos de la Constitución Bolivariana, del modelo económico social, la economía social, la economía humanista, la economía igualitaria. No nos estamos planteando eliminar la propiedad privada, el planteamiento comunista, no. Hasta allá no llegamos. No, nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro, el mundo se va moviendo. Pero en este momento sería una locura, quienes se lo plantean no es que están locos, no. No es el momento. […]En este instante, nosotros, a menos que queramos caer en utopía, debemos [sic] plantearnos la creación del nuevo sistema económico. ¡Eso no se hace en dos ni en cinco años, sería una mentira. (Id.)

Sin embargo, más allá de la referencia a la Constitución, que, como hemos visto, difícilmente podría ser llamada socialista, no se concreta cuál sería la estructura socioeconómica de ese modelo que trascendería al capitalismo. Al hablar del objetivo estratégico de “acelerar la construcción del nuevo modelo productivo, rumbo a la creación del nuevo sistema económico”, reconoce que es mucho más difícil avanzar en lo económico que en lo social y en este plano se limita a grandes generalidades, como promover la igualdad, dar poder a los pobres, consolidar las organizaciones de base como las “unidades de batalla endógenas”, o fortalecer la misión “Vuelvan Caras” (Chávez, 2004: 33-42).

Es sólo en febrero de 2005 cuando, en un entorno formal, el Presidente Chávez define por primera vez su proyecto como “socialista”. Después de una crítica a las consecuencias del neoliberalismo y el capitalismo, afirma:

Entonces si no es el capitalismo ¿qué?
Yo no tengo duda, es el socialismo. Ahora ¿qué socialismo, cuál de tantos? Pudiéramos pensar incluso que ninguno de los que han sido, aun cuando hay experiencias, hay logros y avances en muchos casos de socialismo, tendremos que inventárnoslo y de allí la importancia de estos debates y de esta batalla de ideas; hay que inventar el socialismo del Siglo XXI y habrá que ver por qué vías, muchas vías lo sabemos, lo táctico es tan variado como la mente de cada uno de nosotros (Chávez, 2005 a: 7).

La expresión “tendremos que inventárnoslo” no se debe tomar como resultado de una indefinición personal: en efecto, no hace más que reflejar la orfandad de proyecto de la izquierda radical desde que no puede ser invocado el socialismo real como modelo. En síntesis, si la identidad de izquierda pretende ir más allá que una simple preocupación por reformar el capitalismo para disminuir las desigualdades, a la manera de la socialdemocracia, y se propone realmente sustituir el capitalismo por otras relaciones sociales, tal parece que ni Chávez ni muchos de sus mentores hayan logrado imaginar esa “Utopía Concreta”.
Esta limitación del proyecto socialista quizás podría explicar el por qué los rasgos propiamente populistas del movimiento chavista adquieren tan destacada importancia. Pero ello no ha impedido la fascinación que en ciertos sectores nacionales e internacionales de la izquierda anti-globalizadora ejerce el gobierno de Chávez.
Esta empatía por los procesos populistas no parece ser nueva, a juzgar por el análisis que propone Arditi (2004: 64), según el cual :

Por el lado político de las disputas en torno al populismo, quienes destacan sus rasgos más inquietantes, tales como la naturaleza mesiánica de sus líderes, o la subordinación de los sindicatos al gobierno, alegan que el populismo sólo puede ser un fenómeno negativo. Otros, en cambio, se sienten atraídos por el parecido… entre el discurso igualitarista y movilizador del populismo y las reivindicaciones presentes en proyectos socialistas o de democracia radical. Por ejemplo… la invocación al pueblo, la pretensión de empoderar al hombre común … junto con el prejuicio antiliberal… permiten entender por qué en los años sesenta y setenta algunos sectores de la intelectualidad del tercer mundo —entre ellos intelectuales socialistas que reivindicaban el socialismo y el antiimperialismo— vieron el populismo como un fenómeno positivo.

Pareciera entonces que la comprensión del chavismo pasa más por el análisis del populismo que por el de la izquierda, ya que los actores de la izquierda ortodoxa de Venezuela no logran establecer un perfil propio e independiente que les permita discutir con el presidente y sus acólitos el carácter del proceso revolucionario y la dirección en la que se mueve: el “síndrome de delegación” se amplía desde el apoyo puramente electoral hasta la subordinación al proyecto personal del caudillo. Y por otra parte, la izquierda socialdemócrata o reformista que acompañó inicialmente al gobierno de Chávez no logra hacer distinguir su voz en la abigarrada alianza de la oposición. Como afirma Paramio (2006: 73) refiriéndose a América Latina: “[E]l principal problema de la izquierda democrática no es la competencia con el populismo, sino la falta de identidades partidarias de izquierda socialmente arraigadas y con credibilidad y coherencia en el plano de las ideas.”

En vista de este predominio de los rasgos populistas sobre los de “izquierda”, intentaremos ahora caracterizar el tipo de régimen que se ha venido conformando en Venezuela en los últimos ocho años, tomando en consideración los debates teóricos sobre el populismo y el neopopulismo en América Latina.

Chávez. Viejo y nuevo populismo

El gobierno de Chávez ha sido caracterizado como populista. En anteriores trabajos hemos mostrado como el mismo cumple con las características que típicamente han definido al populismo. Más aun, el gobierno chavista brinda un conjunto de rasgos que permiten tipificarlo como una combinación entre los viejos populismos y los nuevos, denominados neopopulistas por los académicos.
Efectivamente, atendiendo a la tipología que nos proporciona Bourricaud (en Ianni, 1975:60) sobre los llamados populismos históricos, podemos encontrar significativos parecidos entre éstos y el chavismo. Una dosis de antiimperialismo dirigida fundamentalmente contra los Estados Unidos; una concepción del desarrollo en sentido autónomo, exigencia de una participación de las fuerzas sociales que las oligarquías tradicionales habían excluido y una preferencia por las coaliciones, más que por la acción de clases en sentido marxista, son rasgos que encajan más o menos cómodamente en el gobierno venezolano.
Con respecto al primero de los rasgos, el antiimperialismo, Chávez ha desplegado en los últimos años un frente discursivo radical contra lo que el denomina el “imperio” norteamericano y su máximo exponente, el presidente George Bush. No obstante, esta confrontación con el presidente con Estados Unidos es de reciente data. Se inaugura una vez que las antiguas elites venezolanas fueran desplazadas del escenario y su poder amenazante se debilitó. De modo que en este caso estamos en presencia de lo que Laclau (2004: 192) ha denominado “significantes flotantes” para nombrar al fenómeno de inestabilidad de las fronteras y su “desplazamiento constante” en el proceso de fabricación de un exterior enemigo del pueblo, característicos de los populismos.

El segundo de los rasgos, el nacionalismo, es uno de los que mejor define al movimiento chavista. Su fuerte retórica antiestadounidense tiene sentido si se articula con la visión defensiva que éste tiene de la nación frente a la supuesta voracidad del imperio. En esta perspectiva, el nacionalismo en Chávez se presenta como una respuesta a un “proyecto transnacional que con el cuento de la globalidad pretende engullir toda idea de nación en todos los aspectos, incluso los militares” (Chávez en Blanco Muñoz, 1998:106). La concreción de esta idea defensiva de lo nacional ha estado asociada con la puesta en práctica de lo que el gobierno ha propuesto como núcleos de desarrollo endógeno, instrumentos alternativos al “esclavista” modelo del capital, como el propio presidente Chávez ha sostenido (en http://www.indy-mediapr.org 20-01-2005). No obstante, la economía venezolana ha mostrado en los últimos tiempos su fuerte condición de importadora, como lo demuestra el incremento en un 57% de las importaciones no petroleras en el primer trimestre de 2005 con relación al primero de 2004 (datos proporcionados por Guerra en Descifrad,o 2-06-2005:4).
Otro de los rasgos, la incorporación de los excluidos por el viejo sistema político, también forma parte del repertorio del régimen. Como en toda oferta populista, el discurso chavista se ha presentado como una segura posibilidad de redención de los más pobres. Pero esta cualidad redentorista de la promesa presente en Chávez, no se traduce en el reconocimiento de las masas como sujetos populares constituidos autónomamente frente al Estado; es decir, el pueblo no aparece como sujeto de derechos anteriores al Estado, tal como Valenzuela (1991), lo reconoce en los clásicos movimientos nacional populares latinoamericanos. Más aun, como el mismo Valenzuela insiste, el pueblo no logra constituirse desde sí mismo sino a través de la figura de un jefe carismático quien sintetiza al Estado y a la nación. Es esto lo que ocurre en el caso venezolano. El pueblo como entidad reivindicada es solo posible a través de la figura de Chávez, quien se asume como la voz de los oprimidos, como la voz del pueblo: “Yo trato y trataré siempre de hablar no por mí, sino por ustedes. Yo le pido a Dios que nunca me aleje yo de esa sintonía con el pueblo de Venezuela… ustedes guiarán el gobierno que no será el gobierno de Chávez ¡porque Chávez es el pueblo!” (en Bermudez y Martinez, 2000:11).
A partir de esta frase es posible desprender otro de los rasgos del populismo presentes en el gobierno de Chávez: la interpelación al pueblo en vez de a una clase en particular. La interpelación de Chávez no está dirigida a una clase específica en función de su lugar en la estructura social, sino a esa entidad abstracta donde se supone se sintetizan los intereses de la pleb y en la que se eslabonan diversas demandas particulares armando una cadena de equivalencias, como ha señalado Laclau (2004).
Así las cosas, la gama de apoyos sobre la cual se ha sustentado el poder del chavismo representa un conjunto social heterogéneo, que en el plano político partidista se ha materializado en una suerte de coalición de organizaciones de izquierda hegemonizadas por el partido de gobierno MVR, en el que confluyen militares, sectores medios, y grupos ligados a las actividades informales de la economía.
Pero Chávez también se emparenta con los nuevos populismos llamados neopopulismos, tal como hemos sostenido en otros trabajos (ver Gómez y Arenas 2002, Arenas 2001, Arenas, 2005a). En efecto, una revisión de los criterios sobre los cuales se asienta la conceptualización del neopopulismo, permite relativamente hacer el encaje del chavismo en éste. Así, el carácter de outsider que caracteriza a los liderazgos neopopulistas se replica también en el presidente. Venido del ejército, su trayectoria hasta el día del fallido golpe que protagonizara en febrero del 92, está exenta de toda ligazón con los partidos políticos venezolanos. Efectivamente, Chávez se hizo del poder al margen del sistema político tradicional venezolano. Otro de los rasgos adjudicados a los fenómenos neopopulistas, como es su entendimiento con estrategias económicas neoliberales, pueden encontrarse en el gobierno chavista muy a despecho de su discurso vehementemente antiliberal. Un conjunto de leyes como la de telecomunicaciones, apreciada por los expertos como la más liberal de América Latina; la ley que evita la doble tributación, que beneficia particularmente a los Estados Unidos, principal socio comercial de Venezuela, así como la ley sobre Promoción y Protección de Inversiones, estructuraron en el primer trienio de su mandato una arquitectura jurídica favorable al capital. Más recientemente, la conversión de las empresas petroleras transnacionales en socias del Estado para la explotación del mineral en calidad de empresas mixtas, hablan de una estrategia pragmática para la explotación del petróleo que se aleja de los principios nacionalistas radicales que se proclaman.
De acuerdo a Conniff (2003), los gobiernos neopopulistas han dejado de lado el intervencionismo estatal en el área económica y se han mostrado dispuestos a desprenderse de sectores organizados como los que conformaron los sindicatos de trabajadores y gremios empresariales, piezas claves en el despliegue de los populismos históricos como el que encarnó Perón en Argentina. Ninguno de estos dos elementos identifica la gestión de Chávez. Antes bien, la economía venezolana muestra cada vez más las señales de una gran disposición por parte del Estado para intervenirla: control sobre las divisas, las tasas de interés y los precios, son algunas de ellas. La Ley de Tierras es quizá la mejor muestra de esta disposición, toda vez que a través de la misma, se somete al sector agrario a una planificación centralizada reteniendo el Estado la propiedad sobre la tierra y no los campesinos como pudiera creerse. En síntesis puede concluirse que el gobierno de Chávez puede tipificarse como un gobierno populista que mezcla rasgos tanto de los populismos clásicos como de los nuevos.

Populista, sí ¿ pero de qué tipo?

Pero más allá de su calificación como populista, interesa en este trabajo aproximarnos al tipo de populismo que éste es. No basta con decir que el gobierno de Chávez es populista si al fin y al cabo, como sostiene Mires (2006:15), “toda práctica política es siempre populista.” Debemos apuntar hacia una caracterización que trascienda el calificativo puro y simple de populismo.
En otro trabajo hemos estado de acuerdo con quienes hablan del populismo como un estilo político. Sin embargo, siguiendo a Weyland nos parece que, más que un estilo, el populismo es una estrategia, toda vez que esta palabra delimita mejor el fenómeno. Una estrategia política “se enfoca en los métodos y los instrumentos para ganar y ejercer el poder… las estrategias políticas están caracterizadas por la principal base de poder que el actual gobernante o líderes que aspiran a ser gobernantes despliegan.” (Weyland, 2004: 31)
Esta precisión ayuda a comprender mejor el carácter del populismo chavista. Efectivamente, podemos decir que existe un “estilo” Chavez de gobernar, pero por encima de tal estilo debemos fijar nuestra atención en la estrategia que éste se ha fijado para ganar y ejercer el poder. En este sentido, a lo largo de su período de gobierno, Chávez y el chavismo han apelado a una variada gama de instrumentos y recursos que les han permitido la acumulación de cada vez mayores cuotas de poder.

La constituyente o la toma de todos los poderes

Celebradas las elecciones de diciembre de 1998 y consumado el triunfo de Chávez, este se dispuso a convocar el día de su toma de posesión, 2 de febrero de de 1999, a una Asamblea Nacional Constituyente, convocatoria que contó con el respaldo del 88,9 % de los venezolanos, según encuesta aplicada en febrero de 1999 (Gómez y Patruyo, 2000: 223).
Pero la Constitución vigente no contemplaba en su articulado la posibilidad de la Constituyente, lo que obligó a la Corte Suprema de Justicia a pronunciarse invocando el poder originario y soberano del pueblo, a quien le correspondería pronunciarse mediante referéndum consultivo (instrumento que tampoco estaba contemplado en la vieja Constitución) sobre si se convocaba o no dicha asamblea.
La Asamblea se constituyó en julio de 1999 y su producto, la novel Carta Magna, fue sancionada por consulta popular el 15 de diciembre de 1999, aunque con un índice de abstención muy alto.
Refrendada la nueva Constitución, la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) procedió a decretar un “Régimen de transición del poder público” el cual no se establecía en las disposiciones transitorias aprobadas conjuntamente con aquella, ni recogía el carácter participativo que la distingue. Dicho decreto contempló la designación provisional de altos funcionarios del Estado como los que compondrían el Tribunal Supremo de Justicia, el cual sustituiría a la Corte Suprema de Justicia, el Fiscal General, el Contralor General, el Consejo Nacional electoral, el Defensor del Pueblo y una Comisión Legislativa Nacional, la cual supliría provisionalmente a la Asamblea Nacional Constituyente. Todos estos nombramientos fueron realizados inconsultamente, “sin cultura pública y transparente como reclamaba la nueva Constitución” según señalara ex-post uno de los constituyentistas y reconocido académico venezolano, Ricardo Combellas (2002:25).
Esta Comisión, conocida popularmente como “Congresillo”, configurada por once constituyentes y diez ciudadanos cooptados por la ANC, fue dotada de amplísimos poderes, entre ellos el de legislar, violentándose de este modo las reglas del juego democrático, las cuales no reconocen facultades para legislar sino en aquellos que hayan sido elegidos por el pueblo. Con este decreto, la ANC “se comportó como los monarcas del absolutismo europeo de los siglos XVI y XVIII, legibus solutos, pues su voluntad crea el Derecho al que en ningún caso está sometida, dado que no lo estuvo a la Constitución de 1961 ni lo está a su propia creación, la Constitución de 1999” (Combellas en Idem). Esta percepción es compartida por Coppedge para quien “…cualquier institución con esos poderes se parece más a una junta revolucionaria que a una legislatura representativa. Cuando la ANC terminó sus funciones, no había un solo poder nacional, aparte del propio presidente Chávez que no hubiese sido nombrado por una institución que no fuese chavista en un 93%” (Coppedge, 2002:89).
A partir de este acto, Chávez logró acumular todo el poder posible. En la práctica esto se ha traducido en una pérdida de autonomía de los poderes con respecto al ejecutivo cuya operacionalidad ha estado sujeta a la lógica del proyecto político que encarna el presidente. En este sentido, es necesario apuntar los esfuerzos del régimen por mantener el control de los poderes en contra de toda probable disidencia.
No obstante, este control se ha visto también reforzado por prácticas que pudiéramos llamar antipolíticas de la oposición. Ocurrió así en diciembre de 2005, cuando los distintos factores organizados que adversan al gobierno decidieron no participar en los comicios, alegando un probable fraude por causa de su desconfianza en el poder electoral. El resultado fue el establecimiento de una asamblea monocolor, más sumisa aún al poder ejecutivo. De manera que en Venezuela resulta cuesta arriba hablar hoy de accountability horizontal, tal como esta se conoce para las democracias occidentales: el presidente no rinde cuentas ni su poder es sometido al contrapeso que ofrece el resto de los poderes.
Vocación de cierre social
El deseo de unicidad de lo social ha estado presente en algunos regímenes políticos en América Latina como el que encarnó Juan Domingo Perón en la Argentina de los años cuarenta. A través de la presencia del Estado personalizado en la figura del presidente, el populismo argentino intentó reunificar la nación a partir de una única razón y una sola voz, la del coronel Perón trasmutado en salvador de la patria.
Para Portantiero e Ipola (1981: 12), los populismos reales se caracterizan por la significativa presencia de una concepción organicista de la hegemonía, la cual encuentra su “complemento lógico en la mitologización de un jefe que personifica a la comunidad… es esta concepción organicista lo que hace que los antagonismos populares contra la opresión en ella insertos se desvíen perversamente hacia una recomposición del principio nacional estatal que organiza desde arriba a la comunidad enalteciendo la semejanza sobre la diferencia, la unanimidad sobre el disenso.”
Esta idea organicista de la hegemonía está presente en el gobierno de Hugo Chávez y se corresponde con lo que fue su proyecto original de sociedad, como lo han demostrado algunos de quienes han realizado la arqueología del movimiento bolivariano. Así, Arvelo Ramos (1998 ) muestra las distintas fracciones que coexistían en el seno de éste respondiendo a su talante democrático o no, distinguiendo tres grupos: el grupo A conformado por el chavismo democrático y popular desencantado con el estado de cosas; el grupo B, conformado por los partidarios de una dictadura militar plena; y el grupo C, constituido por los adeptos a la construcción de un partido leninista único. Hugo Chávez, según las fuentes de este investigador, estuvo más vinculado con los dos últimos, “no sólo por nexos políticos, sino también y principalmente por nexos conceptuales e ideológicos” (Palacios Pru en Arvelo Ramos, 1998:36). El modelo que orientó a Chávez y al resto de los comprometidos en la acción golpista del 4 de febrero de 1992, encaja en el grupo B, esto es, el de un “militarismo que en su forma central, desprecia y rechaza a los civiles y el cual, bajo la inspiración de los genios tutelares de Bolivar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez, aspira a una refundación ética de la política, bajo lineamientos fundamentalistas…” (Arvelo Ramos en Ibidem: 44). Por su parte, el grupo C también sostiene un proyecto antidemocrático de corte bolchevique. Era el grupo cuyos miembros proclamaban “su lucha para ser hombres nuevos” y, a diferencia de los militaristas puros, quienes se mostraban a favor del “golpe duro y seco” pensaban que el giro hacia la dictadura del partido único debía ser progresivo. De esta manera, el núcleo del Movimiento Quinta República, (MVR), era una organización constituida por lineamientos “rígidos y verticales”, predispuesta a ejercer un control de la sociedad a partir de “la organización de todo el pueblo en cada una de las instancias de la vida cotidiana” (declaración del MVR en Arvelo Ramos, Ibidem: 48 ). De la misma manera, el Frente Nacional Bolivariano, una de las organizaciones pioneras en la acción revolucionaria chavista, mostraba la importancia que éste le otorgaba a la idea de sociedad nacional como una sola voluntad en esta proclama encabezada con la firma del mismo Chávez: “Esa sociedad venezolana no logró constituir una homogeneidad nacional y aquel proyecto de nación quedó frustrado. El concepto de Voluntad General dejó de existir y con ella su cualidad moral de búsqueda del bien común que perseguía y la obligación que se tenía de anteponer éste al interés particular, grupal o partidista” ( en Parker, 2001:28. )
Esta vocación primigenia, a nuestro juicio, se ha mantenido en el chavismo y está en la base de sus pretensiones de unificar la sociedad bajo un solo patrón identitario, políticamente hablando. Es lo que puede deducirse de experiencias como las que se muestran en seguida.

Los círculos bolivarianos
En el marco de su proyecto revolucionario, Chávez ha intentado construir sus bases de poder a partir de organizaciones populares. Ya en el gobierno, este desiderátum tomó forma en el diseño de los conocidos Círculos Bolivarianos, organizaciones ideadas por el presidente en el año 2001 cuya sede oficial es el palacio de Miraflores. El jefe de Estado deviene así en el jefe de la sociedad organizada, reconstruyendo el corporativismo estado-céntrico hasta espacialmente, pues es en este lugar donde tiene asiento el poder ejecutivo, (Arenas y Gómez Calcaño, 2005). De acuerdo al Comando Supremo Revolucionario Bolivariano (s/f, p. 3), “Los Círculos Bolivarianos constituyen el sistema de organización básica del pueblo de Bolivar para activar y dirigir la participación de los individuos y comunidades en el proceso revolucionario con la finalidad de construir la sociedad y la nación libre, independiente y próspera que soñó el Padre de la Patria”. En esta definición se advierte claramente la intención de fraguar la armazón de una sociedad bajo la única lógica de la revolución, por lo que no resulta difícil concluir que la exterioridad, lo que está fuera de esa lógica no se reconoce como parte de la sociedad. Otra de las definiciones, esta vez en la voz editorial de un periódico oficialista, nos lo deja más claro:
“Círculo Bolivariano es la unidad organizativa principal del poder popular, la molécula básica de la cual parte la Venezuela Digna, la Venezuela bolivariana que estamos construyendo, y que será una realidad perceptible para todos, en la medida que su base social, el Soberano, vaya ejerciendo su derecho a decidir, ordenar, controlar, aportar, hacer la totalidad de la vida del país. ( Arenas y Gómez Calcaño, 2005:19); (acento de los autores).
La importancia de estas unidades en el proyecto chavista se desprende de la propia voz del máximo líder: “En todas partes debe haber Círculos Bolivarianos y deben construirse redes sociales de Círculos Bolivarianos, y varias redes sociales van conformando una corriente… que se va transformando como en un río. Las varias corrientes deben ir conformando las fuerzas bolivarianas… Es ese movimiento el que va a garantizar… la consolidación del proceso revolucionario” (Chávez a Harnecker, en Viloria, 2004:110).
A pesar de que estas organizaciones han ido perdiendo protagonismo en el discurso del presidente y probablemente en el mismo proyecto, puede deducirse de la experiencia una disposición a homogeneizar la sociedad en los moldes de la revolución chavista, como queda claro si revisamos los esfuerzos del gobierno por crear y ordenar el cuerpo social a su imagen y semejanza, como puede desprenderse de las acciones que siguen.
Las organizaciones paralelas
A lo largo de estos años el proyecto Chavista se ha encaminado a la apropiación de cada vez mayores espacios sociales. Tanto las principales organizaciones de la sociedad civil, así como instituciones neurálgicas de la vida social han sido blanco de su aspiración de disponer la escena sociopolítica en correspondencia con su visión.
La organización de los trabajadores
Los trabajadores agrupados en la Confederación de Trabajadores de Venezuela, CTV, fueron los primeros en soportar las arremetidas del gobierno con el propósito de despojar al gremio de toda legitimidad y promover federaciones alternativas (Gómez Calcaño, 2006:14). Después de desplegar sucesivas estrategias infructuosas dirigidas a tomar el control del movimiento sindical, el gobierno se dispuso a crear una central sindical paralela. De este modo fundó la Unión Nacional de Trabajadores (UNETE), en un intento por conformar lo que Iranzo y Patruyo (2001: 262), siguiendo a de la Garza, han denominado “corporativismo presidencialista”. No obstante, esta asociación, debido a su heterogénea composición y a rivalidades entre sus principales dirigentes, se ha enfrentado en algunas oportunidades a políticas laborales promovidas por el régimen (especialmente cuando organismos y empresas del Estado actúan en su condición de patronos), debatiéndose así entre su fidelidad al gobierno chavista y la necesidad de no aparecer frente a sus afiliados como íntegramente entregada a aquél (Gómez Calcaño: 2006). Algunos interpretan esta promoción de organizaciones paralelas como un medio para romper el dominio de las burocracias sindicales de la CTV sobre el movimiento laboral. Así, Ellner (2005) describe la pugna entre las corrientes que denomina “radical” y “moderada”, alrededor de la creación de sindicatos y centrales paralelos. Los primeros aprobaban esta estrategia, porque la consideraban “como un elemento esencial del ´proceso revolucionario`… los de la línea moderada… insistieron en que los chavistas trabajen dentro de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, dominada por Acción Democrática y sus sindicatos afiliados”(Ellner, 2005: 123). Pero aun después de acordada la constitución de la UNETE, la división entre estas dos perspectivas permanece y se expresa en pugnas que se desarrollan en diferentes niveles sindicales (Ellner, 2005: 128-131).
La organización empresarial
Los empresarios en Venezuela han estado históricamente asociados en la Federación Venezolana de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción, Fedecámaras. Esta organización jugó un papel muy importante en los pactos que dieron luz a la democracia, luego de derrocada la dictadura perejimenista en 1958. Múltiples razones que no vienen al caso en este trabajo, repercutieron para que esta asociación perdiera su fortaleza del pasado. Esta debilidad ha sido aprovechada por el gobierno para crear asociaciones empresariales paralelas como la Confederación Nacional de Agricultores por Venezuela, Confagan, organización que agrupa a los empresarios del campo, paralela a la vieja Fedeagro, o para impulsar y dotar de importantes recursos a Empresarios por Venezuela, Empreven, también de factura chavista. En ambos casos, los líderes de estas agrupaciones han mostrado públicamente su absoluta lealtad al proyecto del presidente. Esta simbiosis entre los nuevos gremios empresariales y el Estado evidencia un esfuerzo por desplazar a las antiguas elites empresariales y sus organizaciones asociativas. Desplazamiento que se lleva a cabo a fin de colocar en su lugar a otras nuevas, afines al proceso revolucionario.
La captura de espacios
Aparte de los intentos de formación de estructuras paralelas, el chavismo ha desarrollado importantes esfuerzos por hacer depender de su lógica a espacios sociales e institucionales como los medios de comunicación, la educación, la cultura, la Fuerza Armada, entre otros.
Los medios de comunicación
Terreno privilegiado para cualquier proyecto político que se proponga copar todas las esferas de la vida nacional es aquel que puede asegurar la difusión de su mensaje masiva y rápidamente. Los medios de comunicación están en capacidad de jugar un papel en ese sentido. De allí que el presidente Chávez ha desarrollado importantes esfuerzos por asegurarse un espectro cada vez más completo de vehículos de comunicación. Al récord de un promedio de 38 minutos diarios de alocución presidencial, debemos agregar la propiedad estatal de cuatro estaciones de televisión, un gran número de radios nacionales y comunitarias, centenares de publicaciones, páginas web y agencias internacionales de imagen (Pasquali en El Nacional,12-02-2006:A-9) a través de los cuales los medios públicos se han convertido en “implacables destilerías ideológicas del régimen” (Pasquali en entrevista realizada por Lucien, El Nacional, 25-02-2006:2).
Aunque los medios privados aún exhiben la fortaleza que les caracterizó siempre, algunos de ellos han optado por eliminar programas de opinión política conducidos por periodistas severamente críticos al régimen. y las amenazas de eliminarles las concesiones siguen arriesgando su existencia. Un caso precursor fue el acoso gubernamental, a fines de 1999, a la Cadena Capriles, uno de los grandes consorcios de prensa del país, para que destituyera de la dirección de uno de sus periódicos a Teodoro Petkoff, quien para el momento era un crítico relativamente moderado del gobierno.
La educación
La educación pública ha sido uno de los espacios más intervenidos. A partir de lo que se conoce como Proyecto Educativo Nacional se pretende la irreversibilidad del proceso revolucionario. De este modo, la escuela es concebida “como una sociedad en miniatura actuando dentro de los postulados de la nueva República bolivariana … la cual pasa a ser un eslabón del poder popular local” (Rey, 2001: 281 y 282). Es en este contexto que debe entenderse el anuncio del presidente de convertir en el año 2007 todas las escuelas públicas en escuelas bolivarianas ( 16-01-2006).
Pero no sólo a la educación primaria se la ha intentado encuadrar en los moldes del proyecto; también la educación media y superior han sido objeto del mismo. Los más de 1.129 recién creados liceos bolivarianos dan prueba de ello. De la misma manera que los empresarios del agro se juramentaron frente al presidente, los jóvenes dirigentes miembros del Consejo Nacional de Voceros de los Liceos Bolivarianos debieron comprometerse en acto público televisado a toda la nación en febrero de 2006 (con vestimenta roja, el color que distingue al chavismo), a defender el proyecto que lidera el presidente (ver http://www.minci.gov.ve ). Ya en junio de 2005, durante la inauguración de un plantel de este tipo, Chávez se había dirigido a un grupo de liceístas con las siguientes palabras: “…ustedes son la generación socialista del futuro… de ustedes es la patria que está naciendo, porque aquí estamos en presencia de un parto. Está muriendo un tiempo… y está naciendo una patria nueva…” (www.rnv.gov.ve/noticias). Y el ministro de educación, Aristóbulo Istúriz, unos meses más tarde, afirmaba que “el sistema de educación bolivariana persigue a un hombre nuevo, como decía el Ché…” (www.mre.gov.ve, 19-09-2005).
Además de esto, el esquema organizativo que el movimiento estudiantil tendrá en esos institutos ha sido conducido por el propio ministro, quien aseguró que el mismo sería presentado al primer mandatario. (prensa MED/ pag. Web RNV, 3-02-006 en memoria educativa.blogspot.com). Es decir, los estudiantes que ingresarán a estos centros lo harán con fórmulas organizativas previamente diseñadas por las autoridades gubernamentales, refrendadas por el presidente, bajo el pretexto de que, como ha señalado el ministro, las tradicionales organizaciones estudiantiles se agotaron (misma fuente supra). Esto significa que los estudiantes de los liceos bolivarianos, (que no solo pertenezcan a liceos públicos sino también privados, de acuerdo a declaraciones del ministro de Educación recogidas por El Nacional del día 3-10-2006:B14) se convertirán en potenciales militantes del movimiento chavista. De hecho, los dirigentes estudiantiles ya no se llamarán “delegados” como otrora, cuando eran electos por la comunidad estudiantil, postulados por organizaciones diversas, sino “voceros” (ver Gómez en http.//luisdelion.free.fr ), cuyo papel será el de asumir la vocería del proyecto. El acto de juramentación estudiantil replica las prácticas de las logias a las que son tan aficionados los militares, introduciendo un signo preocupante alrededor del adoctrinamiento que prefigura.
La educación universitaria tampoco parece escapar a esta lógica. La Universidad Bolivariana de Venezuela, creada por el gobierno en el año 2003, nace con la impronta ideológica del chavismo. Así, la apertura de carreras como las de derecho y comunicación social, era justificada por el ministro de Educación Superior del régimen de este modo: “Estamos pensando en la comunicación social alternativa y no en las grandes empresas. Queremos dotar de profesionales a los medios comunitarios. Creemos en la democratización de los medios para desarrollar el proceso revolucionario. Igual ocurrirá con derecho, en la cual enseñaremos la nueva legislación venezolana…” ( El Nacional, 28-03-006.A-9). Del mismo modo, las “Misiones” educativas que el gobierno ha adelantado han estado teñidas de la ideología chavista. Por ejemplo, uno de los objetivos de la Misión Sucre (dirigida a los bachilleres que no han logrado acceder a las universidades) es el “Fortalecimiento del movimiento estudiantil bolivariano y la base de apoyo de masa al proceso revolucionario en curso” (García Guadilla, 2005:195). De esta manera, la unidad curricular “Proyecto nacional y nueva ciudadanía,” que se inserta en dicha Misión, tiene como propósito “contribuir al proceso de construcción de esa nueva ciudadanía, en el marco de la nueva República…” (Ministerio de Educación Superior, 2004:9). Esta lógica obliga al estudiante a ubicarse sin remedio en las filas del gobierno; de lo contrario se arriesga a la exclusión.
Esta “nueva ciudadanía” deberá ser sembrada en los educandos a través del cuerpo de maestros venezolanos; de allí la importancia que el nuevo proyecto otorga a la formación con sentido revolucionario de los mismos. Por esta razón podemos encontrar en el básico curricular del Programa Nacional de Formación de Educadores, (s/f) unidades de estudio como “Pensamiento Político Latinoamericano y Caribeño”, entre cuyos objetivos se encuentra “valorar el pensamiento revolucionario latinoamericano a través de las ideas de Zapata, Pancho Villa, Ché Guevara, Marulanda Vélez…”; así como también analizar “el papel de la revolución Bolivariana, liderada por el Presidente Hugo Chávez Frías, en el proceso de transformación revolucionaria de América Latina, el Caribe y el mundo” (p.p 21 y 22).
La edición del calendario que rige el año escolar 2005-2006, incorporando nuevas fechas patrias tales como el 4 de febrero, día de “celebración de los 14 años de la Revolución Militar encabezada por el Teniente Coronel Hugo Chávez Frías contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, rebelión que cambió el destino de la República,” (texto del calendario registrado en El Universal, 13-11-2006:1-12), expresa claramente la intención de refundar la conciencia histórica del venezolano desde la más temprana educación.

Cultura
Importantes señales en este mismo sentido ha dado el régimen en lo que respecta al campo cultural. El presidente anunció, en julio de 2005, la Misión Cultura, la cual contará con 9.515 activadores por región con el propósito de llevar las raíces, ideas y costumbres culturales nacionales a todos los sectores del país. “Revolución que no desarrolle un proceso cultural no es revolución”, ha señalado Chávez para ratificar la importancia que concede a este programa ( El Nacional, 11-07-2005: A-2). El móvil de esta campaña no es otro que “la construcción por parte del nuevo estado bolivariano de la conciencia colectiva”, como ha señalado el alcalde mayor, Juan Barreto ( El Nacional, 24-07-2005.A-13), en perfecta sincronía con el resto de las misiones.
Pablo Antillano, periodista venezolano, encuentra en la palabra “monocultura” el vocablo que define la nueva situación la cual se resume en “Una sola cabecita, un bastón de mando, una cartilla de control ….” Y agrega que la “monocultura” se caracteriza por : la homogeneización del vestido, la militarización del lenguaje, el despotismo de lo político, el igualitarismo jurásico, la masificación del pensamiento y la acción, la omnipresencia y la devoción sin disidencia a la palabra unificadora del líder (en El Puente, documentos, 2006: 4).
Manuel Quintana Castillo, exponente de la plástica venezolana, quien se ubica en la línea ideológica del proyecto, resulta definitivo cuando reduce a la nada el destino que merece todo desalineado: “Yo creo que quien desconozca el actual proceso no es un ciudadano, sino un habitante ausente y un inquilino indeseable, por lo que mejor es pedirle desocupación” (en El Puente, documentos, 2006: 4). A pesar de que estas palabras no provienen de un miembro de algún órgano oficial, parecieran trasmitir sí un estado de ánimo sintonizado con la ausencia de pluralidad y tolerancia que ha caracterizado el discurso que se pronuncia desde el poder.
La Fuerza Armada
Esta lógica de cierre de lo social no estaría completa si no se incorpora el factor castrense, en vista de que el proyecto chavista tiene un componente fuertemente militarista. Ciertamente, la Fuerza Armada se ha erigido en actor protagónico alrededor del cual se nuclea el proyecto de la V República (Sucre Heredia, 2004:500). Así, el estamento uniformado tiende a estar presente cada vez en mayor proporción en las esferas de la vida del venezolano. Por ejemplo, los beneficiarios de las misiones educativas de las que habláramos, han sido considerados “fuentes primarias de captación” de las reservas militares, (General Arveláez en El Nacional 8-02-2006, memoriaeducativablogspot.com), cuerpo recientemente institucionalizado, que obedece directamente al presidente; del mismo modo, los núcleos de desarrollo endógeno, los cuales funcionan como unidades productivas locales, deberán, según el mandatario, “convertirse en un núcleo militar para la resistencia” (El Nacional, 18-01-2006.A-2). Pero la Fuerza Armada sobre la que debe descansar la revolución, no puede ser la misma del pasado. Se necesita ahora una que sea portadora y defensora de la nueva ideología, la que acompañará a la oferta y concreción del “socialismo del siglo XXI”, tal como Chávez ha rotulado más recientemente a su proyecto.
Esto es lo que se desprende de las palabras del mandatario cuando señala que “la Fuerza Armada está en el corazón mismo de la revolución” (en http://www.unionradio.com, 12-07-2005) o cuando clama por el nacimiento de lo que denomina “Nuevo Pensamiento Militar Venezolano”, aquel que debe actualizarse rebuscando en su pasado glorioso con el fin de “borrar todo vestigio de la inyección que nos hicieron… de la doctrina imperialista… Vamos a agarrar a Bolivar, ahí está el pensamiento militar venezolano, a Miranda, a Guaicaipuro…” (en Harnecker, 2004:50). Regresar a una suerte de Edad de Oro de las ideas militares es lo que puede desprenderse de la frase presidencial.
El populismo chavista: representación, síntoma y ¿reverso?

Estas acciones y discursos del gobierno revelan una vocación que pudiera colocar en riesgo la democracia venezolana. Con ellas el populismo chavista pareciera dirigirse hacia formas que ponen en entredicho su talante democrático.
Benjamín Arditi (2004(a): 66), propone pensar el populismo como “rasgo recurrente” de la política moderna que puede aparecer en espacios democráticos o no democráticos, examinando tres posibilidades en que el mismo es capaz de manifestarse. La primera es aquella en que el populismo aparece acompañando las formas mediáticas de la representación contemporánea, tanto en democracias emergentes como en las consolidadas, la cual sería conciliable con la institucionalidad democrática liberal.
La segunda de las posibilidades se expresa en el énfasis que el populismo puede colocar en los modos más turbulentos del intercambio y la participación política, manteniéndose al “acecho detrás de los procedimientos democráticos”, perturbando o renovando la política democrática. La tercera, opera como un “reverso” de la democracia, pues a pesar de que nace en el seno de esta actúa a modo de “antígeno” que la conduce por la vía del autoritarismo amenazando su propia existencia (en Idem).
A nuestro juicio, el chavismo, nacido de una experiencia democrática que fue paulatinamente debilitándose, dibuja estas tres posibilidades a lo largo de su trayectoria en el poder. Intentemos en seguida examinar una por una.

Sostiene Arditi que la primera modalidad coloca al populismo en la dimensión de los regímenes políticos en tanto que forma de representación inscrita dentro de la política democrática contemporánea. Sin embargo, las relaciones del populismo con ésta son ambiguas en varios sentidos. Uno de ellos es que los populistas se ven a sí mismos “menos como representantes que como portavoces del pueblo, es decir, como quienes portan las voces del pueblo sin modificarlas… también desconfían de las iniciativas autónomas que ‘empoderan’ a los ciudadanos para actuar por sí mismos. Esta oscilación ambivalente entre la glorificación del espíritu independiente del pueblo (ser sólo sus portavoces) y la apropiación instrumental de esa acción (encarnar al pueblo y hablar en su nombre) le brinda al populismo una coartada permanente… para crear confusión respecto a su posición acerca de la representación, la participación y la movilización” (las cursivas son del autor en Ibidem: 69).
El chavismo tipifica muy bien esta manera de ejercer o de concebir la representación. En efecto, Hugo Chávez actúa no como un representante del pueblo sino como su propia personificación. Pero al mismo tiempo, en esa fusión líder-pueblo, este último pierde su libre albedrío, su capacidad para desarrollar sus propias iniciativas, independientes del poder, sólo porque la línea divisoria entre el poder del Estado y la sociedad que se encarna aparece en el imaginario del líder demasiado delgada. Como hemos visto en el punto anterior, el chavismo ha pretendido monopolizar los espacios sociales sólo porque se entiende a sí mismo como la única vía de redención posible predestinada por la historia.
Pero Arditi va más allá y recurre al concepto de “democracia de audiencias” formulado por Manin para ampliar su razonamiento acerca de la representación populista. En ésta, señala, se produce una personalización de la relación entre candidatos y electores y estos últimos no escogen tanto una opción programática partidista sino una persona. Aquí el papel de los medios de comunicación, radio y televisión, es decisivo porque viabilizan la comunicación directa con los candidatos configurando una “inmediatez virtual” que sublima el vínculo representativo al “disimular la brecha que separa al pueblo de aquellos que actúan por ellos” (Arditi, p. 69)
Chávez es expresión de esta manera de representación que está presente en el populismo y en la política en las últimas tres décadas. Desde el momento en que apareció en las cámaras de TV responzabilizándose por los acontecimientos ligados al golpe de 1992, comenzó a forjarse frente al pueblo como líder que habla directamente con él. Su puesta en escena más tarde como candidato y, sobre todo, su desempeño como gobernante, no han hecho sino exacerbar su despliegue como figura mediática que está permanentemente en contacto con la población en la medida en que también es constante y avasallante, como se ha dicho, su presencia en los medios.
El populismo también puede comportarse como un “síntoma” de la política democrática. En este sentido, se “posiciona junto con otros movimientos radicales en los bordes más ásperos de la democracia.” (Arditi, Ibidem: 72). Como “síntoma” de la democracia, el populismo se comporta como “un elemento paradójico que pertenece a la democracia (participación, movilización, expresión informal de la voluntad popular) y a la vez impide que ésta se cierre como un orden político normalizado (procedimientos establecidos, relaciones institucionales, rituales reconfortantes).” En este sentido el populismo actúa, según el autor, como un “momento interno de las democracias liberales” al mismo tiempo que como “un elemento que perturba el espacio normalizado en el que se desenvuelve la política.” (Ibidem:73). Esto se debe, sigue argumentando, a que la política en la democracia representativa da más importancia a las mediaciones institucionales que al carisma; se vale de contrapesos estatutarios para poner a raya los poderes discrecionales de los líderes políticos y persigue los acuerdos a través de las negociaciones entre las elites. El populismo altera estas maneras al “montar su desafío sobre la cara redentora de la democracia. Como promesa de redención, la movilización populista ejerce presión sobre los presupuestos de la democracia representativa y apela a la movilización popular informal para lograr sus objetivos, incluso si ello violenta sus presupuestos” (Ibidem: 74). El populismo como síntoma, sostiene, rescata la idea de democracia de masas en contraste con la democracia formal. Esta modalidad, sin embargo, “tiene el potencial de renovar y a la vez perturbar los procesos políticos, sin que ello implique necesariamente rebasar el formato institucional de la democracia… en todo caso, resulta evidente que con ello el espectro comienza a distanciarse de la modalidad anterior, donde era una suerte de compañero de ruta de la representación liberal democrática en su forma mediática. Más bien aparece como una presencia inquietante y comienza a generar cierta incomodidad en la clase política, la prensa y la intelectualidad” (Arditi 2004(b) en: http://www.politicas.posgrado.unam.mx/revistas7191/art arditi.pdf)
Chávez y el chavismo se han comportado, a nuestro juicio, como síntoma del malestar que aquejó a la democracia venezolana hace varias décadas. Cuando los partidos no fueron capaces ya de atender y canalizar las demandas, sobre todo de sus sectores más depauperados, el síntoma se hizo presente a través de la figura carismática de Hugo Chávez. Las mediaciones institucionales ya de por sí deterioradas por la pérdida de su legitimidad terminaron entonces por desmoronarse, siendo ocupado su lugar por la del outsider militar. La movilización de masas que su liderazgo fue capaz de concretar invocando la redención de los pobres, justificó cualquier alteración o disturbio de las formas sobre las cuales se enriela la democracia liberal. Así, como vimos antes, la “delegación” que recibió el presidente Chávez de la población que le votó mayoritariamente justificó la concentración de poder en sus manos y el desconocimiento del derecho de las minorías en el juego político.
Esta conducta del gobierno de Chávez sugiere que Venezuela pudiera estarse encaminando hacia la tercera modalidad que identifica Arditi, aquella que se presenta como una “amenaza” a la democracia y nos remite a la “indecibilidad estructural” del populismo, pues el mismo tanto puede acompañar a la democracia como acosarla. En este sentido, el populismo se manifiesta como “reverso de la democracia.”
La promesa de redención puede contribuir a la renovación política “canalizando y potenciando la energía participativa proveniente del lado redentor de la política, pero como reverso, el populismo puede resultar peligroso para la práctica democrática… mientras la promesa podría perturbar el funcionamiento normalizado del proceso democrático, … cuando el reverso se vuelve dominante, (entonces) la democracia está lista para retirarse de la escena política” (Arditi, (a): 17 )
Ciertamente las muestras de intolerancia que ha mostrado Chávez con quienes supuestamente son enemigos de su proyecto, así como los intentos de captura de lo social en una sola lógica, hablan de un potencial riesgo de autoritarismo que pudiera derivar en formas políticas más confiscatorias todavía del juego democrático. Las intenciones de modificar la Constitución para garantizar la reelección indefinida presidencial mostrada por el presidente, bajo el supuesto de que “Venezuela sólo puede ser gobernada por Chávez” (entrevista al presidente hecha por Promar, 24-09-2006) introducen preocupantes signos con respecto al futuro de la democracia venezolana. No obstante, no estamos en capacidad de determinar cuándo este “lado inquietante” del chavismo pueda cruzar la línea y convertirse en su “reverso”. Esto será una cuestión de “juicio político” y no es susceptible de ser “establecido por mandato conceptual”, como sostiene Arditi (a:78 ) cuando se refiere al fenómeno en general. Por ahora sólo será posible aproximarnos a una caracterización del régimen con carácter hipotético, valiéndonos de patrones conceptuales como el que nos brindan Linz y Stepan. Es lo que haremos enseguida.

Chávez: la hipótesis autoritaria sultánica preservando algunos espacios democráticos

Si seguimos la tipología propuesta por Linz y Stepan (1996), para analizar los problemas de las transiciones y consolidación de las democracias, estaremos en capacidad de aproximarnos mejor a una tipificación preliminar y parcial del régimen chavista en atención a algunos de los rasgos identificados a lo largo de estas páginas. A pesar de que los autores analizan las dificultades de las transiciones y consolidación de la democracia, en el caso venezolano, el problema sería más bien el de su probable desconsolidación.
Linz y Stepan distinguen cuatro dimensiones que distinguen regímenes políticos: pluralismo, ideología, movilización y liderazgo. A partir de ellas, construyen cinco tipos ideales de regímenes políticos modernos, a saber: democracia, autoritarismo, totalitarismo, postotalitarismo y sultanismo.
Nuestra hipótesis de entrada es que el chavismo es un híbrido que combina elementos de la democracia, el autoritarismo y el sultanismo, mostrando tendencias que pudieran ubicarlo en lo que Linz (1987) ha denominado “pretotalitarismo,” para indicar una situación de quiebre de la democracia.
Efectivamente, el régimen chavista mantiene algunos de los principios que hacen posible la vida democrática, como por ejemplo la vía electoral, lo cual habla de la preservación de un cierto pluralismo político. No obstante, las “arenas” en las que debe desenvolverse una democracia para ser tal, de acuerdo a aquellos autores, aparecen desdibujadas en la Venezuela de hoy. Así la captura, como vimos, de los poderes públicos por el ejecutivo desvirtúa el Estado de derecho; las organizaciones de la sociedad civil como las empresariales y sindicales tradicionales se han visto diezmadas y no gozan de reconocimiento y legitimidad por parte del Estado, intentándose, como se dijo, crear otras paralelas fieles al régimen; la fractura del sistema político precedente derivó en una sociedad política débil que Chávez ha debilitado aun más, al no reconocer a los viejos actores como interlocutores válidos. De modo, pues, que muchos de los atributos que Linz y Stepan encuentran en regímenes no democráticos, como el autoritarismo y el sultanismo, pueden descubrirse en el chavismo con las particularidades del caso. De este modo, como en los regímenes autoritarios, en el chavismo el pluralismo político tiende a ser limitado toda vez que las expresiones opositoras se asumen como expresión del enemigo (generalmente encarnado en la “oligarquía” que debe abolirse porque representa intereses extranjeros que no son los del pueblo). El discurso dicotómico en el plano sociopolítico amigo-enemigo, anula pues el reconocimiento del otro, base del pluralismo y la tolerancia democrática. En cuanto a pluralismo económico y social, rasgo de los autoritarismos, el chavismo, gracias al manejo de los ingentes recursos petroleros de los cuales dispone, posee la capacidad para intervenir cada vez con más fuerza en los asuntos económicos, limitando las oportunidades en este sentido a los agentes nacionales, sobre todo a aquellos no afectos al régimen.
Por otra parte, el régimen chavista replica algunas de las características que tipifican al sultanismo como la de someter a los diferentes factores económicos y sociales a intervenciones “impredecibles y despóticas”. Es esto lo que ocurrió en noviembre de 2001, cuando, como ya se ha mencionado, el ejecutivo promulgó 49 leyes sin consultar a los actores afectados por los mismos, contrariando el espíritu participativo de la Constitución de 1999 y desatando la crisis de ingobernabilidad que se expresó en numerosas marchas y paros de protesta entre 2002 y 2003.
Así mismo, ningún grupo ni individuo en la sociedad, tanto civil como política, pareciera estar libre del poder sultánico del presidente. Sin embargo, este poder no se ejerce en forma visible y directa, sino teniendo como intermediarios a ciertos grupos organizados o las instituciones que han sido controladas por los partidarios del presidente. Los frecuentes ataques verbales del Presidente contra los medios privados han servido de justificación a manifestaciones de protesta y amenaza contra éstos e incluso de numerosas agresiones contra periodistas. Paralelamente, instituciones públicas como la autoridad impositiva (SENIAT) y el organismo regulador de las telecomunicaciones (CONATEL) someten a estos medios a frecuentes inspecciones, reparos y sanciones. Con esto se ratifica que el “imperio de la ley” y la institucionalización en Venezuela son poco densas. El control de los poderes en manos del ejecutivo, como se vio, facilita estas condiciones. De igual manera, la imbricación de lo privado y lo público también se manifiesta en el régimen y tiene su mejor expresión en el modo como el ejecutivo maneja las finanzas públicas. En noviembre de 2003, ante la resistencia del Banco Central a entregar parte de las reservas internacionales para dedicarlas al gasto público, el presidente planteó la polémica en forma pública con el fin de presionar al Banco, que terminó por ceder, contradiciendo su criterio técnico y jurídico.
Pero es en el plano simbólico que a nuestro juicio el gobierno de Chávez traduce mejor algunos rasgos sultánicos. Ciertamente éste ha manipulado arbitrariamente los símbolos nacionales obedeciendo al mandato del presidente. La bandera, el escudo y hasta el propio nombre de la república han sido alterados al gusto de Hugo Chávez. Así, desde 1999, Venezuela se llama República Bolivariana de Venezuela, por presiones del presidente a la Asamblea Constituyente.
La “glorificación” del máximo líder es otro de los rasgos sultánicos que se replican. Chávez aparece como el supremo guía del proceso revolucionario, el hombre dotado de excepcionales cualidades para dirigirlo. Las ciudades se han cubierto de vallas con su figura y se ha llegado hasta la utilización de niños para ensalzar su figura en actos oficiales televisados al país, emulando los actos que se celebran en Cuba en homenaje a Fidel Castro.
A pesar de que Chávez y el chavismo insisten en que sus acciones de gobierno están guiadas por el ideal bolivariano, éste aparece como un dispositivo ideológico sin contenidos reales, lo que indicaría la ausencia de una ideología “elaborada u orientadora” en este caso, tal como ocurre en los regímenes sultánicos, como sostienen Linz y Stepan. Empero, sí es posible encontrar intentos de legitimar iniciativas de importancia sobre la base del bolivarianismo. Así, los liceos y escuelas bolivarianas, a partir de los cuales se pretende uniformar la educación básica y media como puntal de la revolución, como viéramos en páginas anteriores, se legitiman bajo la idea de la doctrina libertaria de Simón Bolivar. No podemos saber en un estudio preliminar como éste, el grado de creencia en este ideal por parte de quienes lo portan, funcionarios o no, pero, en todo caso, el mismo aparece como una importantísima muleta simbólica que pudiera suministrar un poderoso sentimiento que cohesiona y da sentido identitario a los adeptos del presidente.
Con relación a las movilizaciones, en el chavismo las mismas pueden ser bajas o no, dependiendo de las necesidades coyunturales, aunque no exentas de “métodos coercitivos clientelísticos,” como por ejemplo los que se ejercen sobre los funcionarios públicos o sobre los clientes que forman parte de las numerosas misiones que el gobierno ha implementado, a los cuales se les exige participar en las mismas.
Por último, con respecto al liderazgo, el régimen chavista se caracteriza por la fuerza personalista y arbitraria del presidente. La manera como designa y despide a sus colaboradores puede ser buen ejemplo: los funcionarios por lo general se enteran de que están despedidos porque aparece en la gaceta oficial o por el anuncio que el presidente hace desde su programa Aló, Presidente cada domingo.
En cuanto a las carreras públicas, se observa que las mismas se desenvuelven en Venezuela cada vez más en función de la lealtad al proyecto revolucionario, respondiendo las designaciones importantes y medianamente importantes a este principio, el cual sirve de credencial insustituible.
Finalmente, aunque no está planteado un liderazgo dinástico, tal como Linz y Stepan reconocen en el sultanismo, las intenciones de reelección indefinida por parte del presidente hablan de una tendencia a la perpetuación de su poder que, de concretarse, eventualmente pudiera cristalizar un rasgo de este tipo.
En suma, la caracterización parcial que hasta aquí se ha hecho del chavismo nos permite rematar estas líneas insistiendo en que el populismo que encarna el presidente Hugo Chávez, parece estar girando hacia uno que pudiera revertir los haberes democráticos presentes en la sociedad venezolana desde hace varias décadas.

Conclusiones
Hemos tratado de interprestar al régimen chavista desde el punto de vista de su relación con la izquierda, por una parte, y el de su filiación populista, por la otra. Encontramos que el principal obstáculo para la caracterización del chavismo en el campo de las izquierdas no es exclusivo de este movimiento, ya que ese mismo campo en su conjunto vive en las últimas décadas procesos de disgregación y difuminación de su proyecto. Los límites entre la izquierda y el centro son, en algunos gobiernos progresistas latinoamericanos, difíciles de percibir. Mientras tanto, el anti-neoliberalismo y la anti-globalización sirven de cómodos paraguas frente a las incertidumbres que deja la quiebra del socialismo estatista, burocrático y autoritario. Por eso no es de extrañar la ambigüedad de las prácticas chavistas, sus vaivenes entre la radicalidad verbal y los acomodos pragmáticos, ya que, con un estilo muy particular, responden a los mismos dilemas de otros gobernantes menos coloridos; el dilema entre cumplir con promesas de redención, o al menos de inclusión, al tiempo que se debe enfrentar las complejidad de un mundo que difícilmente se pliega al pensamiento utópico y ni siquiera al reformador. Sin embargo, la tentación de volver a caminos ya recorridos que desembocaron en sociedades inviables, parece estar presente en algunos de los componentes del bloque que acompaña en el poder al presidente, y quizás especialmente en el mismo Chávez. Si a esto se agrega la sensación de omnipotencia producida por un flujo aparentemente inagotable de recursos provenientes del petróleo, se conforma el peligro de un intento de realizar la “utopía concreta” sin reparar en sus costos económicos, sociales y humanos.

El vacío de una reflexión actualizada desde la izquierda sobre proyectos viables que a la vez sean consecuentes con las grandes aspiraciones del pensamiento progresista, quizás ha contribuido al refuerzo de los repertorios populistas, que después de todo, tienen un sólido sustrato histórico cultural en nuestras sociedades. El populismo como respuesta inmediata, visible, mítica y paternal frente a pueblos “desamparados” (Pécaut, 1987) pareciera un camino ya hecho en el que se deslizan los liderazgos ansiosos de producir cambios profundos. Pero en esta pendiente se corre el peligro de la expansión sin límites de un liderazgo personalista que convierta a la estrategia de poder en un fin en sí mismo; ello dejaría en un segundo plano a los más modestos fines de la inclusión socioeconómica y el desarrollo de la ciudadanía, para emprender proyectos que oscilan entre el romanticismo y la megalomanía. A pesar de su discurso igualitario y de ampliación de la democracia, la deriva autoritaria del populismo es un riesgo siempre presente, en la medida en que su sujeto mítico, el pueblo único y unificado, fusionado con el líder, prescindan de las instituciones que deberían preservar los derechos de quienes aún pretenden mantener identidades diferenciadas de esa comunión mística.

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http://www.mv.gov.ve/noticias
http://www.mre.gov.ve
previamed/pag.webRNV,memoriaeducativa.blogspot.com
Gómez Lucy “Los niños de cartón piedra” en http://www.unionradio.com
http://www.ultimasnoticias.com.ve
BBCmundo.com
Aló Presidente Nº 150, desde Mucuchíes, Edo. Mérida, 18-5-2003, en: http://www.gobiernoenlinea.ve/docMgr/sharedfiles/Alo_Presidente_150.pdf
http://www.aporrea.or/dameletra
Video: “Entrevista al presidente Hugo Chávez Frías”. Promar Televisión. Barquisimeto, 24-9-2006

NOTAS

1) Investigadores del Área de Desarrollo Sociopolítico, Centro de Estudios del Desarrollo, CENDES, Universidad Central de Venezuela

2) En una interesante discusión sobre las tendencias de la izquierda en América Latina, Ellner (2005) percibe correctamente que el debate en este campo se ha orientado mucho más a las luchas contra el neoliberalismo y la globalización que a la promoción del socialismo o la sustitución del capitalismo. “De hecho, la izquierda ha dejado de defender el modelo altamente estadista (sic) asociado con la revolución Cubana, y de esa forma ha hecho énfasis en la importancia de las cooperativas y pequeñas y medianas empresas en el sector privado —como ha hecho el gobierno de Chávez” (Ellner, 2005: 43n) Y esta orientación tiene mucho que ver con la ausencia de un modelo viable y democrático de sociedad alternativa al capitalismo: “Aquellos que critican a Chávez por su ambigüedad doctrinaria pasan por alto el hecho de que en la época de la globalización, el movimiento anti-neoliberal (carente de las banderas tradicionales de la izquierda, tal como la nacionalización) no ha logrado formular con precisión objetivos y consignas en ninguna parte, falla que representa un desafío fundamental para la izquierda tercermundista” (Ellner, 2005: 61)
3) Al referirse a los intentos de partidos de izquierda por gobernar algunas ciudades latinoamericanas, como los casos de Porto Alegre, Montevideo, Caracas y otros, Goldfrank destaca que estos ensayos pueden ayudar a experimentar procesos de democratización del Estado ante la ausencia de un modelo alternativo de sociedad: “…neoliberalism provided the left with a common enemy that facilitated alliances across parties, between parties and social movements, and across countries. […] The parties on the left of the ideological spectrum have always held diverging views on capitalism and the role and size of the market, and anti-neoliberalism is beneficial as a rallying cry because it allows different ideological tendencies to downplay their disagreements, especially over the eventual economic model to be proposed. […] True, the left has not arrived at a new grand theory or utopian model to explain capitalism’s impending demise and what will replace it. Yet the city-level experiments with popular participation and inverting economic priorities described below represent important steps towards challenging the current orthodoxy of neoliberalism and liberal (or minimal) democracy. They also provide at least some elements for building a new democratic socialist project.” (Goldfrank, 2005: 6-8 )

4) Paradójicamente, muchos de los intelectuales que hoy promueven con ardor la doctrina neoliberal fueron en los años setenta militantes o simpatizantes del MAS.
5) La elección popular de los gobernadores estaba prevista en la Constitución de 1961, pero sujeta a un complejo mecanismo de ratificación que tardó casi tres décadas en ser activado, dada la resistencia de los partidos predominantes a perder espacios de poder.
6) La Causa R (partido formado por disidentes del PCV que en el momento de su división en 1970 prefirieron crear su propia organización y no entrar en el MAS) conquistó las alcaldías de Caracas y Ciudad Guayana, apoyándose en su fuerte base sindical en la zona. En ambos casos, los alcaldes implementaron políticas innovadoras de participación popular, que tuvieron más éxito en el segundo caso. Para un análisis crítico de la gestión de LCR en Caracas, véase, entre otros, Goldfrank (2004). Sobre las innovaciones de la gestión local en Ciudad Guayana, véase González (1999) y Vethencourt (1999).
7) Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, constituido en los años ochenta como organización conspirativa dentro de las Fuerzas Armadas, y de donde surgirían los oficiales golpistas de 1992.
8 ) Para un estudio detallado de los orígenes, organización e ideología del MVR, véase Pereira (2001)
9) Como es bien sabido, la expresión “Utopía Concreta”, original del filósofo marxista alemán Ernst Bloch, fue la forma eufemística en que algunas corrientes de izquierda renovadora de los años sesenta renombraron al socialismo para desligarlo de sus desagradables asociaciones con el totalitarismo, y a la vez reafirmar su viabilidad como proyecto.
10) Se trata del “Programa Económico de Transición 1999-2000”, y el “Programa Económico Año 2000”, elaborados por el máximo ente planificador del Estado. Para una discusión de estos planes y de las principales políticas económicas de este período, véase Gómez Calcaño y Arenas (2002: 46-50)
11) Molina (2003: 176) clasifica a los actores de la coalición hasta fines del 2001 como extrema izquierda, izquierda democrática, derecha democrática y derecha autoritaria. Para una muy completa discusión de la ambigüedad de la definición ideológica del chavismo y los diversos intentos de identificación de la misma, véase las pp. 178-182 del mismo artículo.
12) Entre las más importantes de las 49 leyes dictadas se encontraban la Ley de Tierras, Ley Orgánica de Espacios Acuáticos e Insulares, Ley General de Puertos, Ley de Reforma Parcial Especial de Asociaciones Cooperativas; Ley de Creación, Estímulo, Promoción y Desarrollo del Sistema Microfinanciero, Ley de Transformación del Sector Bancario, Ley Orgánica de Hidrocarburos y Ley de Aviación Civil.
13) Para Ellner, “[L]a estrategia de la oportunidad revolucionaria está a favor de una ´línea radical` o ´dura`, una respuesta rápida a los desafíos planteados por la oposición, la creación de estructuras paralelas, y una purga del sector público para mejorar la eficiencia y prevenir el sabotaje. La línea de la transformación no-revolucionaria, por su parte, favorece la consolidación de los logros existentes, la reducción de los niveles de conflicto y una línea moderada y gradual” (Ellner, 2005: 128 )
14) Aunque el texto dice “debemos”, creemos, por el contexto, que se trata de un error de transcripción y debería decir “no debemos”
15) Esta misión consiste en otorgar adiestramiento para el trabajo a adultos desempleados, con el fin de prepararlos para formar cooperativas que reciben un aporte inicial del Estado. Se supone que estas cooperativas y empresas de producción social deben ser núcleos generadores de nuevas relaciones de y en la producción.
16)Sin embargo, sí parece haber una sociedad que, al menos desde el punto de vista de la democracia, parece servir de modelo a Hugo Chávez:
“…a veces a uno tratan de acorralarlo, a mi preguntaban por allá, algún periodista, en algún país:
–Bueno, ¿usted es amigo de Fidel Castro?
–Sí, más que amigos somos hermanos.
–¿Por qué usted es amigo de un dictador?
Nadie se deje acorralar, una dictadura es otra cosa. Aquí hay un sistema de democracia revolucionaria, que es otra cosa, no es la democracia clásica occidental que nos impusieron, no, es una democracia revolucionaria, yo digo esto porque de cuando en cuando uno ve alguna gente buena, pero que en su buena fe son acorralados por alguna pregunta, algún buen periodista incisivo ¿no?, que en Cuba que hay una dictadura… hay una democracia desde abajo, no tengo y no tenemos ninguna duda en decirlo y hay que decírselo a los pueblos de América Latina para que nadie se deje manipular.” (Chávez, 2005b: 68 )

17) Incluyendo, quizás, la subordinación del caudillo nacional a otro caudillo regional defensor de la más cerrada ortodoxia.
18 ) Estamos hablando del período que se inicia con la victoria del presidente el referéndum revocatorio celebrado en agosto de 2004. Una oposición desmoralizada y desarticulada no lucía ciertamente como un peligro para el gobierno del presidente Chávez.
19)Este enemigo externo sin embargo tiene vida sólo en el plano imaginario; en el plano real, presenta una muy escasa sustancia por no decir ninguna si nos atenemos a las dimensiones de las relaciones comerciales entre Venezuela y los Estados Unidos. Así, según cifras del Departamento de Comercio de ese país, en la primera mitad de 2006, las exportaciones estadounidenses a Venezuela se incrementaron en un 36 %, mientras que las exportaciones venezolanas hacia ese país se elevaron en 16%. Como ha señalado el presidente del Venezuelan Bussiness Club, una asociación de empresarios venezolanos en el sur de Florida, “ … yo siento que las diferencias entre el gobierno del presidente Chávez y la administración del presidente Bush no son un obstáculo para las relaciones comerciales” (En Tal Cual, 19-09-2006:10). Estos datos nos recuerdan que a pesar de que el populismo necesita de un enemigo externo para sobrevivir, “el tercero incluido”, ya que este enemigo no sólo está afuera sino también adentro, “el populismo llega hasta aquí, solo hasta aquí… porque siempre necesitó convivir con el enemigo” (Martucelli y Svampa,1998: 259). El “tercero incluido” se ha materializado en los días de la campaña electoral de 2006 en el candidato de la oposición quien, en el discurso presidencial, no tiene entidad propia ya que personifica al imperialismo y su mejor exponente, el presidente Bush. De manera que la contienda electoral no es entre Chávez y el candidato de las fuerzas opositoras, sino entre él y el presidente de los Estados Unidos.
20) Oficialmente, los núcleos de desarrollo endógeno se conciben como “una forma de llevar adelante la transformación social, cultural y económica de nuestra sociedad, basada en la reconquista de las tradiciones, el respeto al medio ambiente y las relaciones equitativas de producción, que nos permita convertir nuestros recursos naturales en productos que podamos consumir, distribuir y exportar al mundo entero” (ver http://www.pdvsa.com7index.php?tpl)
21) Ellner afirma que, a diferencia de los populismos clásicos, que se apoyaban en partidos políticos fuertemente estructurados y estrechos lazos con el movimiento sindical, en el chavismo no se encuentran estos rasgos: “Los soportes organizacionales del chavismo eran débiles sobre todo porque el grueso de su respaldo se derivaba de los trabajadores no organizados de la economía formal e informal, quienes carecían de la experiencia organizativa de la mano de obra sindicalizada.” (Ellner, 2003:20)
22) Parker (2003), aunque tomaba en cuenta esta serie de leyes y otros elementos como las políticas sobre la deuda externa, consideraba que para ese momento iba emergiendo, entre incoherencias y contradicciones, “una alternativa creíble al neoliberalismo reinante” (Parker, 2003: 108 ).
23) De acuerdo a datos brindados por Maingón (2000), la cifra de abstención fue de 57%
24) De esta manera, cuando el ejecutivo se percató de que no gozaba del control absoluto del poder judicial en el año 2004, procedió a introducir desde el parlamento una reforma del Tribunal Supremo de Justicia, destinada a ampliar el número de magistrados y retomar de ese modo la ascendencia sobre ese órgano. Atendiendo a este objetivo, se amplió el número de magistrados de 20 a 32 asegurándose de que los escogidos fueran leales al chavismo. Así, el presidente de la comisión de postulaciones, Pedro Carreño, militar retirado, afirmaría que no estaban dispuestos a ceder espacios a la oposición en el Tribunal Supremo: “no nos vamos a meter un autogol… los electos son magistrados cuya filiación revolucionaria está garantizada” (en http.//infovenezuela.org/cap2). También la amenaza simbólica por parte de los partidarios del gobierno se ha hecho presente cuando la probabilidad de la disidencia se asoma en alguno de los poderes. Es lo que ocurrió con algunos diputados oficialistas de la Asamblea cuando mostraron sus críticas a la manera como se estaba conduciendo el gobierno del presidente Chávez. Entonces una soga fue colocada en la puerta principal del recinto asambleístico en señal de lo que les esperaba en caso de concretarse su disidencia.
25) Un análisis de la antipolítica en Venezuela es ofrecido por Patruyo, 2005
26) Este factor se contabiliza entre otros más que permiten hablar del gobierno de Chávez como expresión extrema de lo que O’ Donnell ha categorizado como “democracia delegativa”. En efecto, en una democracia de este tipo, quien gana las elecciones está autorizado para gobernar como crea conveniente, solo limitado por la realidad o el término de su mandato constitucional; el presidente es considerado como la encarnación de la nación; es fuertemente mayoritaria y por medio de elecciones limpias una mayoría autoriza a alguien a convertirse en la exclusiva corporeización de los intereses nacionales; los presidentes se conciben a sí mismos como figuras por encima de los partidos políticos y los intereses organizados; instituciones como los tribunales y las legislaturas son sólo estorbos que por desgracia acompañan a las ventajas domésticas e internacionales resultantes de ser un presidente democráticamente electo; las tendencias plebiscitarias son reconocibles en la mayoría de los países con democracias delegativas. (O’donnell, 1997:293)
27) Uno de los miembros del movimiento, Kléber Ramirez, se quejará duramente de la nóvel organización: “Se habla allí de una verdadera democracia participativa del pueblo y para el pueblo. Pregunto yo: ¡cuál democracia? De acuerdo con las observaciones hechas no llegamos a ellas y vendrán peores frustraciones. La estructura que allí se plantea es de un partido ortodoxo, verticalista, con centralismo democrático a lo leninista, mesiánico, puesto que lo plantean como única vía de salvación nacional…” (énfasis en el original) en Arvelo, p. 45.
28 ) Una de las acciones tomadas por el gobierno para este fin consistió en la convocatoria de un referéndum para consultar la opinión de toda la población sobre la destitución de la dirigencia sindical y la convocatoria a elecciones sindicales normadas y controladas por el Consejo nacional Electoral. Esto coloca al movimiento sindical, según Iranzo y Patruyo (2001:256), “bajo la absoluta tutela del Estado, dándole tratamiento de órgano público. Tales disposiciones se asientan sobre una tradición histórica de intervención del Estado en los asuntos sindicales, pero nunca se había llegado, ni de cerca, al carácter extremo de éstas”. Una visión detallada de cada una de las estrategias puede verse en Iranzo y Richter (2005)
29) Resaltamos el hecho de que Confagan nace juramentada por el propio presidente y que el máximo representante de Empreven haya solicitado al alto gobierno ser incorporado “en el nuevo estado social que incluirá al aparato estatal, a las grandes cooperativas y asociaciones civiles.” En Arenas, 2005 b:36
30) Con esto pareciera estarse conformando una suerte de corporativismo estatal como el que ha definido Schmitter en sus trabajos el cual “parece ser un elemento definitorio, si acaso no estructural del Estado neomercantilista, antiliberal, capitalista atrasado y autoritario” (1998:83)
31) La periodista Alma Guillermoprieto recoge muy bien el estado psicológico que esta presencia avasallante de Chávez produce en los venezolanos: “Incluso después de una visita de apenas dos semanas, uno puede comenzar a sentirse claustrofóbico en Venezuela; es como si todos allí vivieran adentro de la cabeza de Chávez, con algunos tratando de escapar entre aulliditos lastimeros” (la referencia se extrae de Torrealba, 2006:4 y el énfasis es de la autora). No por casualidad la periodista ilustra la situación aludiendo a una parte de la anatomía del presidente, su cabeza. En efecto, es tan patente la simbiosis entre la sociedad y el presidente que ella también recurre a la metáfora del cuerpo.
32) La significativa expansión de emisoras comunitarias se constata en las habilitaciones concedidas por CONATEL (el órgano del Estado que regula lo concerniente a las comunicaciones en el país) las cuales sólo en los años 2003 y 2004 otorgó 138 habilitaciones con relación a un total de 168 entre el año 2000 y 2005. (Torrealba, 2006:59)
33) Es lo que puede entenderse como una práctica de autocensura frente a los temores de represalias en atención a la Ley de Responsabilidad Social de la Radio y la Televisión (conocida en Venezuela como Ley mordaza). En efecto, los medios han sido acosados por el Estado por la vía de variadas medidas como multas, allanamientos, demandas etc.
34) Algunos apoyos “duros” del chavismo se han pronunciado sobre la necesidad de que el proyecto avance en este sentido, cancelando las concesiones radioeléctricas de las grandes televisoras y circuitos de emisoras privadas como etapa en el camino hacia su socialización (Gómez Freire, en WWW.aporrea.org/dameletra, 2006). El gobierno parece estar pensando en esta posibilidad a juzgar por las palabras del ministro de comunicaciones cuando dijera: “Quizás haya que revisar muy pronto esa situación de las concesiones” (en Pasquali, El Nacional, 12-02- 2006:2).
35) Los hechos son narrados en detalle e interpretados por Petkoff (2000: 139-152)
36) El mismo presidente admitió la ideologización educativa cuando señalara: “Hay que salirle al paso a esas personas que dicen que la educación debe desideologizarse… La educación que estamos creando, junto al pueblo, es una educación con ideas, humanista y al servicio del país. No al servicio de las individualidades o de las elites que formaron muchachos, y que siguen formando muchachos para explotarlos” (El Universal, 4-10-2006:1-6)
37) Y esta conciencia colectiva que se intenta implantar no quiere descarriados. La experiencia del poeta Leonardo Padrón en el Festival de Poesía celebrado en Colombia en julio de 2005, parece confirmarlo. Después de su llegada a Bogotá, los organizadores del festival le explicaron las presiones para apartarlo: “Ya solos me explican: hay problemas, hay llamadas de Venezuela, voces contrariadas, amenazas en clave de metáfora… Resulta que mi presencia desagrada a ciertas autoridades de la cultura oficial en Venezuela. Se me cataloga de adversario impenitente del régimen de Hugo Chávez. Se dice que soy un poeta reaccionario…La torpe ocurrencia de invitarme al festival tendría consecuencias nefastas: Venezuela retiraría el aporte de 50 millones de pesos para la realización del próximo festival y se desautorizaba a los directivos para anunciar a Venezuela como el país homenajeado del año entrante.” (en El Nacional, Papel Literario: 23-07-2005:3)
38 ) La identificación de la Fuerza Armada con la “revolución” ha sido reiterada por Chávez una y otra vez en tono de amenaza: “Por si acaso es bueno recordarle a quien haya que recordarle que esta revolución no es desarmada. Y no estoy hablando de las armas desde el punto de vista metafórico, de las armas de la palabra, de las armas de la idea. No, no, de las armas concretas, de fusiles, de tanques de guerra, de aviones y de hombres armados dispuestos a defenderla, a utilizarla, a eso me refiero concreta y claramente por si alguien estaría pensando por allí: No, que a Chávez hay que aplicarle al fórmula de Allende.”(Chávez, 2001)
39) Tal como ha advertido Fernando Mires (2004), uno de los peligros que afronta la democracia en la América Latina de hoy es el de la re-militarización del poder. El origen castrense de nuestros Estados nacionales invierte, como señala este autor, la formación ideal de diseño histórico de la nación: el ejército no emergió del Estado sino al revés; el Estado no surgió de la nación sino a la inversa. No fue la política la que dio lugar a los arreglos sobre los que se asentó la construcción de la nación, sino la guerra. De modo que cuando Hugo Chávez insiste en la necesidad de creación de un nuevo pensamiento militar sobre la base de las ideas y acciones de los próceres guerreros de los comienzos, está invocando al pasado prepolítico que nada tiene que ver con las conquistas democráticas de la sociedad.
40) Pécaut (1987:251), también comparte esta visión: “el populismo hace por primera vez del igualitarismo en América Latina un componente central de las representaciones políticas. Pero ese igualitarismo no pretende participar en la autonomización de la sociedad civil ni de la instauración de lo social a partir de sí mismo.”
41) Una buena muestra de este “síntoma” lo encontramos en las posturas de algunos representantes del chavismo como la diputada Iris Varela, quien desdeña crudamente el principio de respeto por la minoría, que da sentido a la democracia. Así, a propósito de la discusión sobre la reforma de la Ley del Banco Central y del Código Orgánico Procesal Penal, ante las críticas que a esos proyectos formularan los factores opositores que en ese momento hacían vida parlamentaria, la diputada señaló que : “No van a poder impedir las reformas que nos de la gana de hacer en este país, para eso tenemos la mayoría”. En http:/ /www.ultimasnoticias.com.ve. De este modo, esta representante del chavismo lesiona los principios democráticos al convertir el “poder de la mayoría” en “derecho de la mayoría”, (Dahl,1999:59).
42) En un mitin frente a sus seguidores, Chávez señaló que “la reelección en Venezuela será indefinida para que el pueblo diga cuando debe terminar el mandato de un presidente, es el pueblo el dueño de un país” (en BBCmundo.com, 2-09-2006)
43) Agradecemos a Carlos Waisman la sugerencia de explorar la hipótesis del sultanismo para el análisis del régimen chavista. No obstante, asumimos la completa responsabilidad por la forma en que la hemos desarrollado.
44) Destacaremos sólo aquellos rasgos que, a nuestro juicio, es posible identificar en el régimen de Chávez. Por autoritarismo los autores entienden un régimen con pluralismo político limitado y no responsable pero más amplio en lo con económico y social, espacio para una semioposición, sin una ideología elaborada, sin movilización política extensiva ni intensiva excepto en algunos momentos de su desarrollo, un líder o un pequeño grupo ejerce el poder dentro de normas poco definidas pero bastante predecibles, alguna autonomía en las carreras públicas y en los militares. En el sultanismo el pluralismo económico y social no desaparece pero está sometido a intervenciones impredecibles y despóticas, no hay ningún grupo, ni individuo en la sociedad civil y política o en el Estado, libre del ejercicio del poder despótico del sultán, no existe el imperio de la ley, hay baja institucionalizacion y alto grado de fusión entre lo privado y lo publico. En el orden ideológico, manipulación arbitraria de los símbolos, glorificación extrema del gobernante, no hay ideología elaborada u orientadora mas allá del personalismo despótico, no hay intentos de justificar iniciativas importantes sobre la base de la ideología, pseudo ideología que no es creída por nadie , ni por los funcionarios ni por los sujetos, ni por el mundo externo, la movilización manipulativa baja pero ocasional de tipo ceremonial con métodos coercitivos o clientelísticos, sin organización permanente, movilización periódica de grupos paraestatales que usan la violencia contra los grupos designados por el sultán. El liderazgo es altamente personalista y arbitrario, no hay limitaciones racional-legales, fuerte tendencia dinástica, no hay autonomía de en las carreras públicas, el líder no tiene que cargar con una ideología, la obediencia a los líderes se basa en el miedo intenso y las recompensas personales, el personal de estos proviene de miembros de su familia, amigos , asociados de negocios o de hombres directamente involucrados en el uso de la violencia para defender al régimen. Las posiciones en el entorno se derivan de la sumisión puramente personal al gobernante ( ver Ibidem tabla 3.1).
45) Según estos autores, una democracia consolidada requiere la presencia de cinco “arenas”: Estado de Derecho, sociedad civil autónoma, sociedad política con derecho de lograr y ejercitar el poder, burocracia profesional y apolítica, sociedad económica que provee medios de sustento a la sociedad civil y de recursos al Estado (Linz y Stepan, 1996: 7-15)
46)“´Esta es mi discusión con el BCV, y yo quiero hacerla pública —tengo tres meses en ella y no he podido avanzar ni un milímetro. Yo le dije a Diego Luis Castellanos [presidente del Banco Central] que iba a hacer pública esta discusión, si no llamo a referendo nacional, porque yo puedo llamar a referendo sin estar pidiendo firmas. Me faculta para ello la Constitución`, advirtió al sentenciar que ´no puede ser que porque ustedes no quieran se tranque una vía que está en la Ley del BCV`… ´De 21 millardos de dólares, yo a nombre del país, y sobre todo de los productores agrícolas, le pido al Banco Central de Venezuela un millardito de dólares. Si el Banco Central se sigue negando, yo voy a pensar en una acción judicial en el TSJ.`” (El Universal.com, lunes 10 de noviembre, 2003) En otra ocasión muestra su percepción del presupuesto público: “Si pero fijate, yo tengo unos realitos por ahí, tú sabes que yo siempre tengo por ahí unos realitos, y si ustedes me piden, me convencen, yo les quiero asignar unos recursos que tengo por ahí, bueno, son recursos del país, no son míos, pero que yo los aparto por ahí.” (Aló Presidente Nº 150, desde Mucuchíes, Edo. Mérida, 18-5-2003, en: http://www.gobiernoenlinea.ve/docMgr/sharedfiles/Alo_Presidente_150.pdf, p. 41.)
47) La manera como los niños venezolanos identifican las transformaciones operadas a los símbolos patrios queda clara en las frases de algunos de ellos consultados al respecto: “Chávez es la octava estrella. Es de él porque está gobernando al país. El lo dijo en su programa de televisión.” O esta otra: “dijeron que Chávez le puso otra estrella, así que tendremos dos banderas: una de siete, que es la auténtica; y otra de ocho, que es chavista” (El Nacional, 12-03-2006: B-18 ).
48 )En realidad, la “glorificación” del presidente se produce a través de dos discursos que se retroalimentan: uno, que lo proporciona él mismo a través de la narración de su propia epopeya personal, en cada oportunidad que se dirige a la nación, en lo que puede asimilarse como el tejido de una “gran autobiografía oral” (Barrera Tyszka, El Nacional, 11-09-2006: d-3); el otro, el que diseñan sus propios seguidores al dotarlo de capacidades extraordinarias: “Chávez es el padre del pueblo”, “primero está Jesucristo y después el Presidente”, o cuando afirman que el Presidente conjuga atributos de cada líder “que haya existido en la humanidad” (en Villarroel y Ledezma, 2005: 13).

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2 comentarios en “El régimen populista en Venezuela”

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